Así pues, envuelto en ese primer misterio que era su regreso al país, aparecía un segundo enigma: una sentencia que no era a muerte (la cual Búrtsev explica así: a Savínkov le habían hecho creer que dentro de la GPU existían corrientes opositoras dispuestas a aliarse con los socialistas, y que acabarían poniéndolo en libertad y confiándole algún papel activo; por esto llegó a un acuerdo con los jueces de instrucción). Después del juicio, permitieron a Savínkov... enviar cartas abiertas al extranjero, entre otras a Búrtsev, y en esas cartas Savínkov intentaba persuadir a los revolucionarios emigrados de que el régimen soviético se sostenía en la voluntad popular y que era inadmisible combatir contra él.
Pero en mayo de 1925 estos dos misterios se vieron eclipsados por un tercero: sumido en la depresión, Savínkov se arrojó por una ventana no enrejada a un patio interior de la Lubianka sin que los ángeles custodios de la GPU hubieran sido capaces de agarrarlo y detenerlo. Sin embargo, por lo que pudiera ser (para que no tuvieran tropiezos en su carrera), Savínkov les dejó una carta eximitoria en la que explicaba el por qué de su decisión. Estaba escrita con tanta sensatez y coherencia, era tan fidedigna y tanto se ajustaba al estilo y a la palabra de Savínkov, que todos quedaron convencidos de su autenticidad, de que nadie que no fuera Savínkov habría podido redactar aquella carta y de que éste había puesto fin a su vida tras tomar conciencia de su quiebra política. (Hasta una persona tan sagaz como Búrtsev no vio en todo este asunto más que una traición de Savínkov, sin que la autenticidad de la carta ni del suicidio le plantearan duda alguna. Hasta el acto más perspicaz tiene sus limitaciones.)
Y nosotros, los cretinos, los presos llegados más tarde a la Lubianka repetíamos como crédulos loros que las mallas metálicas en cada hueco de escalera de la Lubianka se habían instalado a raíz de que Savínkov saltara al vacío. Hasta tal punto nos subyugaba esa bella leyenda que olvidábamos una cosa: ¡la práctica de los carceleros es internacional! Mallas como aquéllas las había ya en las prisiones estadounidenses a principios de siglo, ¿cómo podía ir a la zaga la técnica soviética?
En 1937, en uno de los campos de Kolymá, justo antes de morir, el antiguo chekista Arthur Schrübel contó a uno de sus compañeros que él fue uno de los cuatro hombres que arrojaron a Savínkov al patio de la Lubianka por la ventana del cuarto piso. (Lo cual no se contradice con lo que relata actualmente la revista
Y el segundo enigma, el de la sentencia desproporcionadamente clemente, queda aclarado por el tercer misterio, mucho mas rudimentario.
Se trataba de un rumor sin confirmar, pero había llegado hasta mí y yo, a mi vez, lo transmití en 1967 a M.P. Yakubóvich, quien exclamó con ese brío juvenil que conservaba, y con brillo en los ojos: «¡Ya lo creo! ¡Concuerda! ¡Y yo que no había querido creer a Bliumkin porque me parecía que se estaba pavoneando!». Esto es cuanto pudimos aclarar: a finales de los años veinte, Bliumkin contó a Yakubóvich, de manera estrictamente confidencial, que él había escrito la supuesta carta postuma de Savínkov por encargo de la GPU. Según ha podido saberse, mientras Savínkov estuvo preso, Bliumkin tuvo libre acceso permanente a la celda de aquél y le «distraía» por las tardes. (¿Presintió Savínkov que era la muerte quien lo visitaba con frecuencia, una muerte zalamera y cordial en la que no era posible advertir signos de fatalidad?) De este modo Bliumkin pudo captar de Savínkov su manera de pensar y de expresarse, hasta llegar a sus últimos pensamientos.
Habrá quien se pregunte: ¿Y por qué arrojarlo por la ventana? ¿No habría sido más sencillo envenenarlo? Quizás es que mostraron el cadáver o creyeron que podría hacerles falta.