un artículo según el cual no sostuvieron negociaciones de ninguna clase con Ramzin ni con Lárichev, que no saben nada de ningún «Partido Industrial», y que lo más probable es que las declaraciones de los acusados hayan sido arrancadas mediante tortura. Bueno, y vosotros ¿qué tenéis que decir a esto?

¡Dios mío! ¡Cómo se indignan los acusados! ¡Sin respetar los turnos de palabra, piden todos que se les deje hablar cuanto antes! ¿Qué ha sido de aquella atormentada resignación con la que durante día a día han estado humillándose a sí mismos ya sus colegas? ¡Su indignación contra los emigrados se desborda! ¡Arden en deseos de hacer una declaración por escrito dirigida a los periódicos! ¡Una declaración colectiva en defensa de los métodos de la GPU!(¿Qué? ¿No me dirán que no queda bonito? ¿Que no es una verdadera perla?)

ramzin: ¡Nuestra sola presencia en esta sala demuestra que no hemos sido sometidos a torturas ni suplicios!

¿De qué serviría torturar si después la víctima no estuviera en condiciones de comparecer ante el tribunal?

fedótov: Mi estancia en prisión me ha resultado provechosa,y no sólo a mí... Hasta me siento mejor en prisión que en libertad.

ÓCHKIN: ¡Y yo! ¡Yo también me siento mejor!

Fue necesaria toda la nobleza de Krylenko y Vyshinski para renunciar a esa carta colectiva. ¡Porque la habrían escrito! ¡La habrían firmado!

Y por si aún hay alguien que albergue alguna duda, Krylenko nos brinda una muestra de su brillante lógica: «Supongamos, aunque sólo sea por un segundo, que estas personas estén mintiendo, pero entonces ¿por qué las han arrestado precisamente a ellas?y ¿por qué de pronto todos ellos se han decidido a hablar?»(pág. 452).

¡Oh, la fuerza del intelecto! Ni en mil años se les había ocurrido a los acusadores: ¡El hecho mismo de la detención ya es prueba de culpabilidad! Si los acusados fueran inocentes, ¿por qué los habrían detenido? ¡Y si los han detenido, señal de que son culpables!

Y realmente: ¿por qué se han decidido a hablar?

«¡Dejemos al margen la cuestión de la tortura! Planteemos mejor la cuestión psicológicamente: ¿Por qué confiesan? A lo que yo contesto: ¿y qué otra cosa les queda?»(pág. 454).

¡Qué cierto es! ¡Qué psicológico! Quienes hayan estado encerrados en este establecimiento, hagan memoria: ¿y qué otra cosa quedaba?

(Ivanov-Razúmnik relata [216] 18que en 1938, cuando compartió celda con Krylenko, en Butyrki, el lugar de Krylenko estaba bajo los catres. Puedo imaginármelo muy vivamente [yo mismo me vi obligado a meterme allí debajo]. Los catres son tan bajos que sólo sobre la barriga puede uno arrastrarse por el sucio piso asfaltado, pero al principio, el novato no da con la postura adecuada e intenta meterse a gatas. Puedes llegar a meter la cabeza, desde luego, pero el trasero no entra y se te queda ahí fuera levantado. Creo que para el Fiscal Supremo debió de ser especialmente difícil encontrar la postura adecuada, y que debió de permanecer mucho tiempo con el trasero, aún no enflaquecido, erguido, a mayor gloria de la justicia soviética. Pecador que soy, me imagino con malsana alegría ese trasero atascado bajo el catre, y la estampa hasta cierto punto me consuela mientras escribo la larga crónica de estos procesos.)

Es más —desarrolla su argumento el fiscal— si todo esto fuera verdad (lo de las torturas), no se comprende qué puede haberles inducido a esta confesión unánime, a coro, sin divergencias ni desacuerdos. A ver, ¿ dónde habrían podido llegar a tan gigantesco consenso? ¡Ya saben que no podían comunicarse entre sí durante la instrucción del sumario!

(Unas páginas más adelante, un testigo superviviente nos dirá dónde...)

No voy, ahora, a revelar al lector en qué consiste el famoso «enigma de los procesos de Moscú de los años treinta» (primero causó intriga el propio «Partido Industrial», y luego el enigma se centró en los procesos contra los máximos dirigentes del partido). Ahora le toca al lector explicármelo a mí.

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