Krylenko guardó silencio. Por tanto era verdad. (Volved a hojear las actas del proceso contra Oldenborger e imaginad el acoso que sufrieron los ingenieros. Y para rematar, la frase: «a muchos otros los mataron».)

Así pues, el ingeniero es culpable de todo, aun antes de cometer falta alguna. Y si alguna vez, en efecto, se equivoca —a fin de cuentas, es un ser humano, ¿no?— acaba siendo despedazado, a menos que sus colegas encubran su error. ¿Cómo van a tenerles en cuenta ellosla sinceridad? Por tanto, ¿se ven forzados quizá los ingenieros a mentir a los jefes del partido?

Para restablecer la autoridad y el prestigio de la profesión, los ingenieros necesitaban ciertamente unión y apoyo mutuo, pues todos estaban amenazados. Sin embargo, para alcanzar esa unión, no se requerían asambleas ni carnets. Como sucede siempre que se produce un entendimiento entre personas inteligentes, que razonan con lógica, bastaban unas pocas palabras lanzadas en voz baja, quizás hasta fortuitamente. Las votaciones eran del todo superfluas. Sólo las mentes mediocres necesitan de resoluciones y de la vara del partido. (¡Esto era lo que de ninguna manera podían comprender ni Stalin, ni los jueces de instrucción, ni toda esa taifa! Nunca habían experimentado relaciones humanas parecidas, [jamás se había visto nada semejante en toda la historia del partido!) Esta unidad entre los ingenieros rusos en el seno de un enorme país analfabeto venía de muy antiguo y durante muchas décadas había resistido cualquier embate. Ahora, al darse cuenta de ello, el nuevo régimen se sentía alarmado.

Y llegó el año 1927. ¿Qué había quedado de la sensatez de la NEP? Quedó bien patente que toda la NEP había sido un cínico engaño. Se empezaron a proponer proyectos delirantes e irreales para alcanzar de un salto la superindustriali-zación, se dieron a conocer planes y objetivos imposibles. En tales condiciones, ¿qué debía hacer la sensatez colectiva de los ingenieros, la cúpula de ingenieros del Gosplán y del Consejo Supremo de Economía Nacional?* ¿Someterse a la locura? ¿Hacerse a un lado? A ellos poco les importa: sobre un papel puede escribirse cualquier cifra, pero «a nuestros camaradas, que trabajan en el terreno de lo concreto, jamás les será posible realizar lo que se les exige». Por lo tanto, había que intentar moderar dichos planes, someterlos al control de la razón y suprimir por completo los proyectos más descabellados. Los ingenieros tenían que contar, por así decirlo, con un Gosplán propio que paliara la estupidez de los dirigentes en propiointerés de la clase en el poder (esto es lo más gracioso) y también de toda la industria y el pueblo, pues ello permitiría obstaculizar toda decisión ruinosa y recuperar los millones tirados por la ventana. Tenían que defender la calidad, que es «el alma de la técnica», en medio del clamor general que no hacía sino hablar de la cantidad, del plan y el superplán. Y educar a los estudiantes en este espíritu.

Éste era el sutil y delicado lienzo de la verdad.

¿Pero cómo expresar esto en voz alta en 1930? ¡Si ello conducía al paredón!

¡Y al mismo tiempo, era demasiado poco, demasiado imperceptible para provocar la ira de las masas!

Por eso era necesario repintar este consenso de los ingenieros —tan tácito como redentor para toda la nación— con óleos mas burdos de conjura empecedora e intervención extranjera.

Así pues, con este cuadro falsificado se nos brindó una imagen de la verdad descarnada, ¡y falta de propósito! Toda la labor del director de escena se viene abajo: a Fedótov se le escapa algo acerca de noches de insomnio (¡!) durante los ocho meses que ha pasado en prisión; y también acerca de cierto alto funcionario de la GPU que le ha estrechado la mano(¿?) hace poco (así pues, ¿habían llegado a un pacto: haced bien vuestro papel, que la GPU mantendrá su palabra?). Y los testigos, aunque su papel es muchísimo menos importante, empiezan a mostrarse confusos.

KRYLENKO: ¿Formaba usted parte de ese grupo?

El testigo KIRPOTENKO: Asistí a las reuniones dos o tres veces, cuando se trató sobre la intervención extranjera.

¡Esto es justo los que necesitamos!

KRYLENKO: (animándole):¡Continúe!

KIRPOTENKO (tras una pausa):Aparte de esto, no sé nada más.

Krylenko le apremia, intenta hacerle recordar.

KiRPOTENKO (cortante):Aparte de la intervención extranjera no sé nada más (pág. 354).

Y luego, durante un careo con Kupriánov, los hechos ni siquiera concuerdan. Krylenko se enfurece y grita a los ineptos acusados: «¡Pues entonces, hagan porque sus respuestas coincidan!»(pág. 358).

Pero en el entreacto, entre bastidores, todo vuelve a la normalidad. De nuevo cada acusado pende de su respectivo hilo y queda a la espera de que tiren de él. Y Krylenko tira de los ocho a la vez: los industriales emigrados han publicado

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