Luego venía el tema de la ideología. ¿Por qué habían empezado a empecer? A causa de una ideología hostil. ¿Y por qué ahora confesaban todos a una? Pues también por motivos ideológicos, ¡habían quedado subyugados (en prisión) por un Plan Quinquenal entrado ya en su tercer año, con su faz llameante entre altos hornos! En sus últimas declaraciones, piden ciertamente que se les conserve la vida, pero para ellos esto ya no es lo más importante. (Fedótov: «¡No hay perdón para nosotros! ¡El acusador tiene razón!».) En el quicio de la muerte lo más importante para estos extraños acusados es convencer al pueblo y a todo el mundo de la infalibilidad y clarividencia del Gobierno soviético. Ramzin, encomia de forma particular «la conciencia revolucionaria de las masas proletarias y de sus guías», que «han sabido abrir a la política económica caminos incomparablemente más seguros» que los científicos, y que han calculado con mucho más acierto los ritmos de desarrollo económico. Ahora «he llegado a comprender que es necesario dar una zancada adelante, que hay que dar un salto,
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19que hay que tomar al asalto...» (pág. 504), etcétera, etcétera. Lárichev: «La Unión Soviética no puede ser vencida por un mundo capitalista en decadencia». Kalínnikov: «La dictadura del proletariado es una necesidad inevitable ...Los intereses del pueblo
Así, gracias al esfuerzo de estos ocho hombres uncidos a un mismo yugo, se alcanzaron todos los fines del proceso:
1. Todo lo que no anda en el país, el hambre, el frío, la carencia de ropa de abrigo, el caos y la estulticia patente, se carga en la cuenta de los ingenieros-empecedores.
2. Se intimida al pueblo con la amenaza de intervención extranjera y se le dispone para nuevos sacrificios.
3. Se destruye la solidaridad entre los ingenieros, la intelectualidad queda atemorizada y dividida.
Y para que no quede la menor duda sobre este tercer objetivo del proceso, Ramzin proclama una vez más, con gran precisión:
«Quisiera que, como resultado de este proceso contra el Partido Industrial, se pudiera poner punto final de una vez por todas... al
Lo mismo dice también Lárichev: «Esta casta debe ser
¿Cómo iban a fusilar a quienes tanto habían puesto de su parte? Primero se dictó sentencia contra el principal de ellos: pena de muerte, conmutada acto seguido por diez años de cárcel. (Y a Ramzin lo mandaron a organizar una «sharashka»* de ingenieros termodinámicos.)
Así se escribió durante décadas la historia de nuestra intelectualidad, desde el anatema de los años veinte (recuerde el lector: «no son el cerebro de la nación sino la mierda», «aliada de los generales negros», «agente a sueldo del imperialismo») hasta el anatema de los años treinta.
¿Cabe asombrarse de que la palabra «intelectualidad» se haya consolidado en nuestro país como un insulto?
¡He aquí cómo se fabricaban los procesos judiciales públceos! La inquieta mente de Stalin había alcanzado por fin su ideal. (Ya les hubiera gustado algo así a esos envidiosos de Hi tler y Goebbels, pero los muy chapuceros se cubrieron de ridículo con su incendio del Reichstag...)*
Se había conseguido un patrón, un espectáculo que podía mantenerse en cartel muchos años y repetirse incluso cada temporada, según indicara el Gran Director. Y en esto que tuvo a bien ordenar que la próxima función fuera dentro de tre meses. Queda poco tiempo para ensayar, los plazos son precipitados, pero no importa. ¡Pasen y vean! ¡Sólo en este teatro Todo un estreno.
Proceso contra el Buró Central de los mencheviques