(A este asesino de millones no podía caberle en la cabeza que en el último instante el corazón del Asesino —que aún lo era más que él— no albergara solidaridad alguna para con él. Como si Stalin se hallase sentado en la sala, Yagoda le pidió clemencia directamente a él, con aplomo e insistencia: «¡A usted recurro! ¡Dos grandes canales he construido para usted ! » . Cuenta uno de los presentes que, en aquel momento, tras una pequeña ventana del primer piso de la sala, en la penumbra, como tras una muselina, se encendió una cerilla, y mientras ésta alumbraba pudo verse la sombra de una pipa. Quién haya estado en Bajchisarái recordará este refinamiento oriental: en la sala de sesiones del Consejo de Estado, a la altura del primer piso, había unas ventanas cubiertas con planchas de hojalata en las que se habían practicado diminutos orificios y tras las cuales discurría una galería sin iluminar. Desde la sala nunca era posible adivinar si había alguien tras la ventana. El Kan permanecía invisible y era como si estuviese presente en cada reunión del Consejo. Dado el declarado carácter oriental de Stalin, me siento muy inclinado a creer que estuvo observando las comedias en la sala de Octubre. Me resisto a admitir que se privara de semejante espectáculo, de semejante placer.)

En realidad, toda nuestra perplejidad se debe a que seguimos viendo a estos individuos como personas fuera de lo común. Lo cierto es que cuando se trata del sumario habitual de un ciudadano del montón no vemos ningún enigma en por qué se denigra tanto a sí mismo y a los demás. Lo aceptamos como algo comprensible: el hombre es débil, el hombre da su brazo a torcer. Pero de antemano tomamos por superhombres a Bujarin, Zinóviev, Kámenev, Piatakov e I.N. Smirnov, y sólo de esto, en el fondo, proviene nuestra perplejidad.

Cierto que, en esta ocasión, a los directores de escena parece costarles más trabajo la selección de los actores que cuando se trataba de procesos contra ingenieros: si entonces tenían cuarenta barricas donde elegir, ahora el elenco es poco numeroso, todo el mundo conoce a los actores principales y el público desea que sean precisamente ellos quienes salgan a escena.

¡Mas pese a todo hubo una selección! De entre los designados, los más perspicaces y resueltos no se entregaron, sino que se suicidaron antes de su detención (Skrypnik, Tomski, Gamarnik). Sólo se dejaron arrestar los que querían vivir.¡Y con los que quieren vivir se puede hacer lo que se quiera! Sin embargo, hubo entre ellos quienes se comportaron de manera distinta durante la instrucción del sumario, se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo, se obstinaron y perecieron en silencio aunque sin deshonor. Por algo no presentaron en el proceso público a Shliapnikov, Rudzutak, Postyshev, Enukidze, Chubar, Kosior, y al propio Krylenko, aunque sus nombres habrían adornado mucho aquellos procesos.

¡Presentaron a los más débiles! Hubo, pese a todo, una selección.

Los seleccionados tenían menos empaque, pero en contrapartida el bigotudo Director conocía muy bien a cada uno de ellos. Sabía que eran todos seres débiles y conocía además la debilidad de cada uno en particular. En esto estribaba su siniestra superioridad, el rasgo maestro de su psicología y el mayor logro de su vida: saber ver la debilidad de las personas en el plano más bajo de su ser.

Y también a aquel que, pasado el tiempo, aparece como la mente más elevada y brillante de todos los líderes deshonrados y fusilados —N.I. Bujarin (al que, evidentemente, dedicó Koestler su inteligente investigación)—, Stalin lo veía por dentro, como si fuera transparente, también en el plano más bajo, en el que el hombre se une con la tierra, y lo tuvo largo tiempo bajo su garra mortal, jugando incluso con él como con un ratoncito, aflojando a veces la pata. Bujarin había redactado de cabo a rabo nuestra Constitución en vigor (sin vigor), tan agradable al oído. Retozaba alegremente por encima de las nubes y pensaba que se la había jugado a Koba:* le había endosado una Constitución que le obligaría a suavizar su dictadura. Pero ya estaba cogido en las fauces de la fiera.

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