(Mientras voy anotando estos argumentos, sus palabras siguen retumbando en mis oídos: estamos ante un caso, muy poco frecuente, en que es posible, por así decirlo, obtener explicaciones «postumas» de alguien que tomó parte en dicho proceso. Yo diría que es tanto como si Bujarin o Rykov nos estuvieran explicando el motivo de su enigmática sumisión en el juicio: la misma sinceridad, la misma entrega al partido, la misma debilidad humana, la misma falta de sostén moral para la lucha, debido a la carencia de una postura independiente.)

Y en el proceso, Yakubóvich no sólo repitió con docilidad esa gris sarta de mentiras —la más alta cumbre de la fantasía de Stalin, de sus aprendices y de los atormentados acusados—, sino que representó su inspirado papel como había prometido a Krylenko.

La denominada delegación en el extranjero de los mencheviques (en esencia, la cúpula de su comité central) hizo público en Vorwártssu distanciamiento de los acusados. En el artículo se decía también que aquello era una vergonzosa comedia judicial montada sobre las declaraciones de agentes provocadores y de unos infelices acusados a los que se había intimidado. Se afirmaba asimismo que la aplastante mayoría de los acusados hacía más de diez años que habían abandonado el partido y nunca se habían reincorporado a sus filas. Que en el proceso se mencionaban sumas ridiculamente grandes, que ni siquiera el partido entero había dispuesto nunca de tanto dinero.

Y Krylenko, después de dar lectura al artículo, rogó a Shvernik que permitiera a los acusados hacer declaraciones (la vieja técnica de tirar de todos los hilos a la vez, como en el proceso contra el «Partido Industrial»). Y todos declararon. Y todos defendieron los métodos de la GPU en contra del comité central menchevique...

¿Qué recuerda hoy Yakubóvich de aquella «réplica» suya y de su última palabra? Pues que no habló meramente por atenerse a la promesa dada a Krylenko, que no se puso en pie sin más, sino que se levantó con ímpetu, llevado por un arrebato de indignación y elocuencia. ¿Indignación contra quién? Él, que había conocido torturas, que se había abierto las venas y había estado más de una vez a las puertas de la muerte, estaba ahora sinceramente indignado, ¡no contra el fiscal! ¡No contra la GPU! ¡No! ¡Contra la delegación en el extranjero! ¡Ahí está la inversión de la polaridad psicológica! Rodeados de seguridad y confort (desde luego, comparado con la vida en la Lubianka incluso el más mísero exilio se antoja cómodo), aquellos desvergonzados tan pagados de sí mismos, ¿cómo podían no compadecerse de quienes habían quedado aquí, entre tormentos y sufrimientos? ¿Cómo podían renegar de ellos con tanto cinismo y abandonar a estos desgraciados a su suerte? (Su réplica fue enérgica y un gran triunfo para los que habían montado el proceso.)

Al contarme esto en 1967, la voz de Yakubóvich seguía temblando de rabia contra la delegación en el extranjero, por su perfidia, su renuncia, su traición a la revolución socialista, lo mismo que ya les había reprochado en 1917.

Durante nuestra conversación no disponíamos de las actas taquigráficas, pero más tarde las conseguí y pude por tanto leerlas: ¡En ese proceso Yakubóvich afirmó públicamente que la delegación en el extranjero les había dado consignas de empecimientopor encargo de la Segunda Internacional! Y manifestaba su cólera contra ellos con palabras retumbantes. Pero resulta que el artículo de los mencheviques del extranjero no había sido desvergonzado ni autocomplaciente; al contrario: en él se compadecían de las desgraciadas víctimas del proceso, si bien puntualizaban que hacía tiempo que ya no eran mencheviques, y ésa era la pura verdad. ¿A qué se debía, pues, la obstinada cólera de Yakubóvich? ¿Y cómo podrían los mencheviques extranjeros nohaber abandonado a los acusados a su suerte?

Nos gusta descargar nuestra cólera contra los débiles, contra quienes no pueden responder. Es la naturaleza del hombre. Y siempre surgen de manera espontánea argumentos para demostrar que tenemos razón.

Por su parte, Krylenko dijo en su discurso de acusación que Yakubóvich era un fanático de la idea contrarrevolucionaria, ¡y pidió para él la pena de muerte!

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