Y no fue sólo ese día cuando Yakubóvich sintió asomar a sus ojos una lágrima de agradecimiento, sino que en el día de hoy, después de recorrer muchos campos y más de un izoliator,continúa agradeciendo a Krylenko que no lo humillara, que no lo agraviara ni ridiculizara en el banquillo de los acusados, sino que lo hubiera llamado acertadamente fanático(aunque de una idea contraria a la que profesaba en realidad) y que hubiera exigido un simple y noble fusilamiento que pusiera fin a todos sus sufrimientos. El propio Yakubóvich, al pronunciar sus últimas palabras, se mostró de acuerdo: «los crímenes que he confesado (él le daba una gran importancia a este acertado giro: "que he confesado"dando a entender a todo quien tuviera oídos la diferencia con "que he cometido")son dignos de la pena suprema, ¡y no pido clemencia! ¡No pido por mi vida!». (A su lado, en el banquillo, Grohman exclamó aterrado: «¿Se ha vuelto usted loco? ¡No tiene derecho a hacer esto, piense en sus compañeros!».)

Bueno, ¿no era esto un verdadero hallazgo para la fiscalía? [220] 22

¿Y acaso no quedan suficientemente explicados los procesos de 1936-1938?

¿Acaso no fue justo este proceso el que dio a Stalin la certeza y seguridad de que podía acorralar completamente a sus mayores enemigos —esos charlatanes— y escenificar con ellos un espectáculo igual?

* * *

¡Perdóneme el indulgente lector! Hasta ahora mi pluma ha ido escribiendo sin zozobra y no se encogía mi corazón, de tal suerte que nos hemos deslizado por esta época con despreocupación, pues estos quince años se encontraban bajo una infalible protección: ora la de la legítima revolución, ora la de la legitimidad revolucionaria. Pero en adelante va a sernos más doloroso, ya que como recordará el lector —y como nos han explicado decenas de veces, empezando por Jruschov—, «hacia 1934 se empezaron a infringir los principios leninistas de la legalidad».

¿Cómo vamos a entrar en este abismo de ilegalidad? ¿Cómo vamos a vadear este amargo trecho de río?

Por otra parte, dada la celebridad de los acusados, estos juicios estuvieron a la vista de todo el mundo. No fueron pasados por alto, se escribió sobre los mismos, fueron objeto de interpretaciones. Y seguirán siéndolo. Nosotros nos limitaremos a rozar sólo algunos de sus enigmas.

Una reserva, aunque de poca relevancia: las actas taquigráficas publicadas no coinciden plenamente con lo que se dijo en los procesos. Un escritor que disponía de pase y figuraba entre el público escogido tomó unas notas rápidas y pudo convencerse más tarde de esta falta de coincidencia. Tampoco escapó a los corresponsales lo ocurrido con Krestinski, cuando fue preciso anunciar un receso para ponerlo de nuevo en la senda de las declaraciones acordadas. (Me imagino que ocurriría de la siguiente manera: antes del proceso se compuso una tablilla de emergencia. En la primera columna iría el nombre del acusado; en la segunda, qué procedimiento aplicar durante el receso si se había salido del guión en el juicio; en la tercera, el chekista responsable de aplicar el procedimiento en cuestión. Y si Krestinski se aturullaba, ya se sabía de antemano quién debía acudir a él y qué debía hacer.)

La imprecisión de las notas taquigráficas, sin embargo, no altera el cuadro ni supone disculpa alguna. El mundo contempló asombrado tres obras de teatro seguidas, tres suntuosos y costosos espectáculos en los que importantes líderes del intrépido partido comunista, que había aterrorizado y vuelto del revés al mundo, se presentaban ahora como abatidos y dóciles chivos balando todo cuanto les habían ordenado, escupiendo sobre sí mismos, humillando servilmente sus personas y sus convicciones y confesando unos crímenes que de ningún modo podían haber cometido.

Nunca se había dado nada igual en la Historia desde que el hombre tiene memoria. Resultaba especialmente asombroso en contraste con el reciente proceso contra Dimitrov en Leipzig: Dimitrov había respondido a los jueces nazis como un rugiente león, mientras que aquí, los camaradas de esta misma inflexible cohorte ante la que temblaba todo el mundo, los más importantes de ellos, aquellos a los que llamaban la «guardia de Lenin», comparecían ahora ante el tribunal empapados por sus propios orines.

Y aunque desde entonces pudiera creerse que ya se han aclarado muchas cosas (con especial acierto por parte de Arthur Koestler), el enigmasigue siendo moneda corriente.

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