A Bujarin no le agradaban ni Kámenev ni Zinóviev, y cuando los juzgaron por primera vez, después del asesinato de Kírov, manifestó a sus íntimos: «¿Y por qué no? Esa gente es así. Por algo será...». (La fórmula clásica de todo hijo de vecino aquellos años: «Por algo será... En nuestro país no encierran a nadie porque sí», ¡en 1935 en boca del principal teórico del partido!) El segundo proceso contra Kámenev-Zinóviev, en el verano de 1936, se lo pasó de caza en la cordillera del Tian-Shan, sin enterarse de nada. Al bajar de las montañas, supo por los periódicos en Frunze de la sentencia de muerte para ambos y vio unos artículos que referían las demoledoras declaraciones que los dos habían formulado contra Bujarin. ¿Corrió a detener el castigo? ¿Advirtió al partido de que se iba a cometer algo monstruoso? No, se limitó a enviar un telegrama a Koba: que detuviera la ejecución de Kámenev y Zinóviev para... que Bujarin pudiera tener un careo con ellos y demostrar su inocencia.
¡Demasiado tarde! A Koba le bastaba con el sumario. ¿Para qué necesitaba careos con personas de carne y hueso?
Sin embargo, tardaron bastante en echarle el guante a Bujarin. Éste se quedó sin
¡Buscaba todavía el contacto cordial de Stalin!
Mientras, su
Después de tantos años distribuyendo papeles, Koba sabía de antemano que
Ya antes de todo esto, hacía tiempo, cuando Stalin había amenazado con expulsarlo del partido (¡a todos ellos los
¿Qué era lo que más temía Bujarin en los meses que precedieron a su detención? Se sabe con toda certeza: ¡Que le expulsaran del partido! ¡Quedarse sin el partido! ¡Seguir ceon vida pero excluido de sus filas! Y en este rasgo de Bujarin ( de todos ellos!) apuntaló el querido Koba su juego desde que él mismo se erigió en el Partido. Bujarin (¡y todos ellos!) no tenían
¡Eran demasiadas prioridades para poder gozar de independencia!
En esencia, a Bujarin se le había reservado el papel estelar por lo que no podían permitirse cabos sueltos ni omisiones en el trabajo preparatorio que el Director iba a realizar con él también había que permitir que el tiempo hiciera su labor) que el protagonista se metiera en el papel. Incluso el mandarlo a Europa a por los manuscritos de Marx ese último invierno fue algo previsto como una necesidad, no sólo como indicio externo que corraborara una trama de acusaciones por contactos en el extranjero, sino de manera que aquella libertad sin objeto, propia de una gira teatral, anunciara aún más inexorablemente su regreso a la escena principal. Y ahora, los negros nubarrones de las acusaciones, aquella larga e interminable espera que precedía al arresto, el mortificador letargo entre cuatro paredes, minaban mejor la voluntad de la víctima que la presión directa de la Lubianka (de la que tampoco iba a librarse: se pasaría ahí un año).