Pasado el mediodía, había aún cierta animación en la celda. Venía el jefe de bloque —el sombrío Tarakánov o el amable Makárov— y les ofrecía papel para instancias, les preguntaba si querían —el que tuviera dinero— encargar tabaco del economato. Uno no sabía si tomar esas preguntas por demasiado sarcásticas o por excesivamente humanas: ¿o es que querían aparentar que no eran condenados a muerte?

Los condenados arrancaban el fondo de las cajas de cerillas, les pintaban puntos y jugaban al dominó. Vlásov se desahogaba contando historias de la cooperativa, que siempre resultaban de lo más cómico. (Son relatos que valen la pena y merecen ser expuestos aparte.) Yákov Petróvich Kolpakov, presidente del Comité Ejecutivo del distrito de Súdogda, que se había hecho bolchevique en el frente, en la primavera de 1917, se pasaba sentado decenas de días sin cambiar de posición, la cabeza recogida entre las manos, los codos sobre las rodillas y siempre mirando hacia el mismo punto de la pared. (¡Seguro que recordaba la primavera de 1917 como un tiempo alegre y fácil! Pero a algunos —a los oficiales— también los mataban entonces.) Le irritaba la verborrea de Vlásov: «Pero ¿cómo puedes...?». «¿Y tú qué, te estás preparando para ir al Cielo?», le espetaba Vlásov, con su acento del norte, pronunciando las «o» muy abiertas hasta cuando hablaba rápido. «No tengo pensada más que una cosa, y es decirle al verdugo: ¡Tú solo! Ni los jueces ni los fiscales. Tú solo eres culpable de mi muerte. ¡Y ahora intenta vivir con este peso sobre tu conciencia! ¡De no ser por vosotros, los verdugos voluntarios, no habría sentencias de muerte! ¡Y después que me mate, el canalla!»

Kolpakov fue fusilado. También lo fue Konstantín Serguéyevich Arkádiev, ex responsable agrario en el distrito de Alexandrov (región de Vladímir). En la despedida de este hombre hubo algo que les resultó especialmente duro. En mitad de la noche vinieron por él seis carceleros, le metieron prisa sin andarse con monsergas, mientras que él, un hombre afable y bien educado, manoseaba su gorra, dándole vueltas para demorar el momento de salir, de dejar a las últimas personas que vería en este mundo. Cuando pronunció el último «adiós», casi había perdido por completo la voz.

En el primer momento, cuando señalan a la víctima, los demás respiran aliviados («¡no soy yo!»), pero tan pronto como se han llevado al condenado, apenas pueden sentirse mejor que él. Durante todo el día siguiente, los que quedan no sentirán deseos de hablar ni de comer.

Gueraska, [236]el mozo que había hecho destrozos en el soviet rural, era el único que no había perdido su apetito y sueño abundantes; como buen campesino había sabido adaptarse hasta a un lugar como aquél. Daba la impresión de que no acababa de creerse que fueran a fusilarlo. (Y no se equivocaba: le conmutaron la pena por diez años.)

Otros, en cambio, encanecían en dos o tres días, ante los ojos de sus compañeros de celda.

Cuando uno espera la muerte durante tanto tiempo, acaba por crecerle el cabello, y por esta razón a los de la celda los llevan a cortarles el pelo y a tomar un baño. Hasta en la cárcel la vida sigue su curso, nada sabe de sentencias.

Si alguno dejaba de hablar de manera coherente o perdía la facultad de comprender, permanecía, a pesar de todo, en esa misma celda común esperando su suerte. Y al que se volvía loco en la celda de los condenados, loco lo fusilaban.

No fueron pocos los indultos. Precisamente en aquel otoño de 1937 se implantaron por primera vez desde la Revolución las penas de quince y veinticinco años, que en muchos casos reemplazaron a las ejecuciones. También conmutaban a diez años, e incluso a cinco.En el país de las maravillas también son posibles tales prodigios: anoche merecías la pena capital, pero hoy por la mañana te cae una sentencia de juguete; y como ahora eres un delincuente menor, cuando llegues al campo penitenciario tienes muchas posibilidades de quedar dispensado de escolta.

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