Había en la celda de Vlásov un tal V.N. Jomenko, de sesenta años, antiguo capitán del ejército cosaco y natural del Kubán. Era «el alma de la celda», si es que una celda de condenados a muerte puede tener alma: gastaba bromas, siempre con una sonrisa bajo sus bigotes, y no dejaba traslucir su amargura. Como tras la guerra ruso-japonesa lo declararon inútil para el servicio, se especializó en la cría de caballos. Más tarde trabajó para el consejo del zemstvo de la gubernia, y en los años treinta estaba empleado en la administración agraria de la región de Ivánovo como «inspector del fondo caballar del Ejército Rojo», es decir, en cierto modo debía procurar que los mejores caballos fueran reservados al Ejército. Lo habían encerrado y condenado a muerte porque había recomendado, con ánimo empecedor, que se castrara a los potros menores de tres años, con lo que «socavaba el potencial militar del Ejército Rojo». Jomenko envió un recurso de casación, pero pasados cincuenta y cinco días el jefe de bloque vino para decirle que no lo había dirigido a la instancia competente. Allí mismo, apoyándose en la pared, con un lápiz que le prestó el jefe de bloque, Jomenko tachó el nombre del organismo y anotó en su lugar el otro, como si se tratara de solicitar un paquete de cigarrillos del economato. Rectificada de tal guisa, la instancia siguió su curso otros sesenta días, de modo que Jomenko llevaba ya cuatro meses esperando la muerte. (Pero aunque hubiera tenido que esperar un año o dos, ¿acaso no aguardamos también todos nosotros durante años la venida de la guadaña? ¿No es nuestro mundo una celda de condenados a muerte?) Y al final, ¡fue
No eran pocos los indultos, y en muchos condenados crecía la esperanza. Pero Vlásov, que tenía en cuenta su causa en comparación con la de otros, y sobre todo su actitud ante el tribunal, creía que su caso era de los peores. Al fin y al cabo, a alguno tendrían que fusilar, y probablemente como mínimo a la mitad de los condenados. Así pues, contaba con que lo fusilarían y lo único a que aspiraba era a mantener la cabeza erguida cuando ocurriera. Habiendo recuperado y visto crecer ese arrojo propio de su carácter, resolvió que iba a mostrarse insolente hasta el final.
Y no tardó en presentarse la ocasión. Chinguli, jefe de la sección de instrucción del NKVD en Ivánovo, recorría un día la prisión cuando, no se sabe por qué (quizá porque gustaba de las emociones fuertes), ordenó que abrieran la puerta de la celda de Vlásov y se puso en el umbral. Tras hacer algunos comentarios, preguntó:
—¿Quién hay aquí del caso Kady?
Vestía una camisa de seda de manga corta, de las que acababan de aparecer por aquel entonces y a muchos todavía parecían femeninas. Además su persona, o quizás esa camisa, despedía un perfume dulzón que se esparcía por la celda.
Vlásov dio un ágil brinco, se puso en pie sobre la cama y gritó con estridencia:
—¡Fíjate, pero si tenemos aquí un auténtico oficial
¡Y dio en el blanco!
Chinguli se limpió el salivazo y retrocedió; pues no podía entrar en aquella celda si no era acompañado de seis celadores, y aún en ese caso, no se sabe si tenía derecho a ello.
Los borregos prudentes no deben comportarse así. ¿Y si resulta que este Chinguli tiene tu expediente sobre la mesa y que de él precisamente depende dar el visto bueno a tu indulto? En realidad, no podía ser casual que hubiera preguntado si había alguien del caso Kady. Quizás hasta había venido para eso.
Sin embargo, llega un momento a partir del cual uno siente repugnancia y ya no desea seguir siendo un borrego prudente. En ese momento se ilumina la mente del borrego y éste comprende, como el resto de la especie, que todos están destinados a perder la carne y la lana, y que no es ya la vida lo que pueden ganar, sino sólo un aplazamiento. Entonces se sienten deseos de gritar: «¡Malditos seáis todos, disparad ya de una vez!».
Durante los cuarenta y un días que Vlásov estuvo aguardando la muerte, se apoderó de él cada vez con mayor fuerza este sentimiento de rabia. En la prisión de Ivánovo le propusieron dos veces que firmara un recurso de gracia y las dos veces se negó.
Pero cuando llegó el día número cuarenta y dos, lo llevaron a un box y le comunicaron que el Presidium del TsIK de la URSS conmutaba la medida suprema por veinte años de reclusión, a cumplir en campos de trabajo correccionales, seguidos de otros cinco de privación de derechos civiles.
Vlásov, lívido, sonrió con una mueca e incluso tuvo ánimos para responder:
—Qué raro. Me condenaron porque no creía en la victoria del socialismo en un solo país. Pero parece que tampoco confía en ello Kalinin, si es que piensa que dentro de veinte años aún precisaremos de campos penitenciarios.