Entonces veinte años parecían una eternidad. Lo curioso es que iba a haber necesidad de ellos aún pasados cuarenta.
12. Tiurzak [237] 35
¡Ay, qué buena palabra rusa esa de
Cuando contemplamos en conjunto los usos y costumbres del penal ruso, la vida de esta institución durante los últimos noventa años, pongamos por caso, no vemos un asta, sino dos: los de «Naródnaya Volia», los populistas, estrenaron el asta por la punta, por la parte que se clava, ahí donde el golpe resulta más punzante, aunque lo recibas en el esternón; luego todos los contornos fueron redondeándose, suavizándose hasta que sólo quedó una base roma; aquello ya no parecía un asta ni mucho menos, era más bien un espacio abierto y velludo (estamos a principios del siglo XX). Pero bien pronto (a partir de 1917) empiezan a insinuarse las aristas de un segundo hueso. La nueva asta se deja adivinar cuando palpamos por la abertura, cada vez que oímos «¡No está permitido!», [238]y empieza a crecer, se estrecha y se afila hasta que se convierte en cuerno, para clavarse de nuevo, en 1938, en esta cavidad situada encima de la clavícula, en la base del cuello: ¡Tiurzak! Y desde entonces, una vez al año, suena un bordón en la noche, como si una campana tañera desde su lejana atalaya: ¡TON-N-N!... [239] 36
Si completamos esta parábola valiéndonos de las vivencias de un recluso de Schlisselburg
Más tarde, el asta va perdiendo punta poco a poco y se ensancha: aparece el pan blanco, té con azúcar por raciones; y si había dinero se podía comprar algo más; tampoco fumar estaba prohibido; se colocaron cristales transparentes; el cuarterón de la ventana puede estar abierto continuamente, las paredes pintadas de colores más claros; y de pronto también libros, que podían retirarse de las bibliotecas de San Petersburgo mediante suscripción; los huertos estaban separados por verjas, de modo que los reclusos podían charlar entre sí, e incluso dar o escuchar conferencias. A estas alturas los presos comenzaban a exigir: ¡Dadnos más tierra, más! Y se parcelaron dos espaciosos patios para dedicarlos al cultivo. ¡Pronto tuvieron cuatrocientas cincuenta variedades de flores y hortalizas! Y hubo quien hasta empezó colecciones científicas. Se montó un taller de carpintería, de herrería, se ganaba dinero, se compraban libros, incluso sobre política, [240] 37y se recibían revistas del extranjero. Y podían mantener correspondencia con los familiares. ¿Y qué hay del paseo? Pues tanto como les apeteciera, como si querían estarse todo el día.
Y poco a poco, recuerda Figner, «ya no era el celador el que nos increpaba, sino nosotras a él». En 1902 uno de los vigilantes se negó a dar curso a una queja de Figner y ella