LOPAKHIN. -¿Cuánto? Cien, doscientos, mil.

LUBOVA. -Diez o quince mil. Eso vendrá muy bien.

LOPAKHIN. -Excúseme por lo que voy a decir. Yo no he visto jamás personas más negligentes y ligeras que ustedes, personas tan nulas, tan negadas en lo que se refiere a los negocios. Se les advierte en ruso, de una manera explícita y clara, que su propiedad será puesta en venta, y ustedes como si tal cosa.

LUBOVA. -¿Qué debemos hacer? Dígalo.

LOPAKHIN. -Yo se lo estoy diciendo, en todos los tonos, todas las mañanas, todos los días, y ustedes aparentan no entender mi lenguaje. Su jardín de los cerezos y toda su finca deben ser transformados en terreno de datchas. Esto debe ser realizado sin tardanza, con la mayor prontitud posible. El día de la subasta se aproxima. ¿Comprende? Si se decide a arrendar la tierra para las datchas, podrá salvarse. Yo no sé ya cómo repetirlo; métase bien en la cabeza la idea de que no hay otro medio de salvación.

LUBOVA. -Siempre las datchas y los datch- nik. ¡Qué vulgaridad!

GAIEF. -Soy enteramente de tu opinión.

LOPAKHIN. -Voy a llorar, a gritar, a desmayarme. Me atormentáis demasiado. Me voy, me voy lejos de aquí…

LUBOVA (deteniéndole). -No se vaya usted. Acaso haya modo de arreglar algo.

LOPAKHIN. -¿Se le ha ocurrido alguna idea?

LUBOVA. -Se lo suplico, no se aleje… Su presencia nos consuela. He gastado más de lo que debía. Mi marido murió, y quedé tan joven y tan sola… Cometí una grave falta casándome por segunda vez… En ese río se ahogó mi único hijo, mi pobre Grischa. Loca de dolor me fui al extranjero para no volver a ver más ese río fatal. Entonces cerré los ojos a la realidad y huí en busca de nuevos horizontes, y mi segundo marido me siguió; era un ser grosero, que me trataba sin piedad. Compré la «villa» cerca de Menton porque él había caído enfermo y necesitaba un clima templado, y por espacio de tres años no tuve reposo, ni de día ni de noche. Este año último, la villa fue vendida por reclamación de mis acreedores. Me instalé en París. Mi segundo marido, el infame, robóme lo que pudo, y me abandonó, para irse con otra. Traté de envenenarme… Luego me asaltó el ansia de regresar a mi país. ¡Dios misericordioso, no me castigues más! (Saca de su bolsillo un telegrama.) He aquí que el miserable me suplica que vuelva cerca de él y que le perdone. (Rompe el telegrama.)

(A lo lejos, óyese una música.)

GAIEF. -Es nuestra célebre orquesta judía: cuatro violines y un contrabajo.

LUBOVA. -Habría que invitarlos para una pequeña fiesta.

LOPAKHIN. -La historia de usted me interesa; siga su relato.

LUBOVA (a Lopakhin). -Y usted, ¿por qué no se ha casado? Ahí está nuestra Varia, buena muchacha, excelente por todos conceptos.

LOPAKHIN. -Sí.

LUBOVA. -Laboriosa, sencilla, y que, además, siente por usted cierto cariño.

LOPAKHIN. -No digo que no; Varia es una buenísima muchacha.

GAIEF. -Se me propone un empleo en un banco; sesenta mil rublos por año.

LUBOVA. -No digas majaderías.

FIRZ (con el abrigo de Gaief). -Tenga la bondad de ponerse el abrigo. Temo que se resfríe.

GAIEF. -¡Me aburres, hombre!

FIRZ. -No importa.

LUBOVA. -Firz, ¡cómo has envejecido!

FIRZ. -¿Qué desea la señora?

LOPAKHIN. -La señora dice que tú has envejecido.

FIRZ. -En efecto, mi vida es ya larga. Nuestro padre no había nacido aún cuando ya me querían casar. (Ríe.) Entonces nos emanciparon de la servidumbre. Yo era el jefe de camareros, y no quise aprovecharme de mi libertad. Me quedé como estaba, ni más ni menos; seguí sirviendo fielmente a mi amo… (Pausa.) Me acuerdo muy bien. Todos mis camaradas rebosaban de gozo; todos estaban contentísimos. ¿De qué? Ellos mismos no lo sabían.

LOPAKHIN. -¡Oh! Antes se estaba mucho mejor. Había latigazos… ¡Qué delicia!

FIRZ (que no había entendido bien las anteriores frases). -Sin duda; los mujiks andaban entonces con los propietarios, y los propietarios con los mujiks; mientras que ahora cada cual anda por su lado.

GAIEF. -¡Cállate ya! (A Lopakhin.) Mañana intentaré en la ciudad pedir fondos prestados.

LOPAKHIN. -Sépalo usted de antemano. Fracasará usted. No se podrá pagar la contribución. Es inútil forjarse ilusiones.

(Llegan Trofimof, Ania y Varia.)

LUBOVA. -Siéntense ustedes.

LOPAKHIN. -Nuestro estudiante perpetuo está siempre con las jóvenes.

TROFIMOF. -Cosa es ésta que no te atañe.

LOPAKHIN. -Pronto tendrá cincuenta años, y todavía estudia.

TROFIMOF. -Tú, en cambio, eres una plaga social.

LOPAKHIN. -Yo trabajo desde por la mañana hasta la noche. Levántome de la cama a las seis, y antes, si es preciso. Nunca me falta dinero: el mío o el de los demás. Alrededor de mí observo a los hombres y veo cómo se desenvuelven. Es preciso trabajar. Trabajando, compréndese cuán reducido es el número de las personas honradas. A veces, cuando no puedo conciliar el sueño, me pongo a pensar: «Dios mío, tú nos has deparado los grandes bosques, los inmensos campos, los horizontes profundos; y, en nuestra calidad de habitantes de esta tierra enorme y prodigiosa, nosotros debiéramos ser gigantes…»

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