LUBOVA. -¿Qué veo? Nuestra difunta madre camina por el jardín. Lleva un traje blanco como la nieve. ¡Se ríe! ¡Sí; es ella!

GAIEF. -¿Dónde?…

VARIA. -Mamá, ¿qué dice?

LUBOVA. -En efecto, no hay nadie. Fue una alucinación… A la derecha, junto al pabellón, hay un arbolito que se asemeja a una mujer inclinada.

(Entra Trofimof, vestido con uniforme de estudiante. Usa anteojos.)

LUBOVA (sin apartar la vista de la ventana). -El jardín es verdaderamente encantador. ¡Cuántas florecillas! ¡Y qué bien se destacan en el cielo azul!

TROFIMOF. -Lubova Andreievna… (Ésta vuelve la cabeza.) Vengo únicamente a saludarla, y me iré en seguida. (Besa la mano a Lubova Andreievna.) Se me ordenó esperar hasta ya entrada la mañana; pero me faltó paciencia.

LUBOVA (observándole con sorpresa). - Usted es…

VARIA (emocionada). -Es Pietcha Trofimof.

TROFIMOF. -Pietcha Trofimof, el preceptor de su Grischa. ¿Tanto he cambiado? (Lubova le abraza y llora.)

GAIEF. -Basta, Lubova, basta.

VARIA (llorando). -Yo le dije a usted, Piet- cha, que águardase hasta mañana.

LUBOVA. -Mi pobre Grischa, hijo mío… Grischa, mi adorado hijo…

VARIA. -¿Qué hacer, mamá? Es la voluntad de Dios.

TROFIMOF (con ternura). -La vida es así…

LUBOVA (sollozando). -¡Pobre hijo mío! ¡Ahogado! ¿Por qué?… Mas (Volviendo a la calma.) yo profiero exclamaciones y hablo a gritos, y Ania duerme. No hagamos ruido. Pero vamos a ver, Pietcha, ¿por qué ha cambiado usted tanto? ¡Y envejecido!

TROFIMOF. -En el vagón, una mujer me adjudicó los epítetos de «sarnoso», «arisco».

LUBOVA. -Cuando yo le conocí, era usted un niño. Un estudiantillo joven. Y ahora, lleva usted anteojos como un profesor, y la cabellera le clarea. ¿Es usted todavía estudiante, Trofi- mof? (Se dirige hacia la puerta.)

TROFIMOF. -Probablemente lo seré toda mi vida.

LUBOVA (besando a su hermano y luego a Varia). -Ea, vámonos a dormir… (A su hermano.) Tú también has envejecido.

PITSCHIK (siguiendo en pos de ella). -En fin, vámonos a dormir. ¡Oh, mi gota! Yo me quedaré hoy en esta casa. Lubova Andreievna, mi buena amiga, yo quisiera recibir mañana… doscientos cuarenta rublos.

GAIEF. -Lo que es eso, no lo deja de la mano.

PITSCHIK (lastimero). -Doscientos cuarenta rublos…; necesito pagar las contribuciones.

LUBOVA. -No tengo dinero, amigo.

PITSCHIK. -Pero yo se lo restituiré en seguida, mi buena amiga…; la suma es tan insignificante…

LUBOVA. -Bien, Leónidas se lo entregará a usted. Escuche, Leónidas, entréguele doscientos cuarenta rublos.

GAIEF. -Sí; puede contar con ellos. (Irónicamente.) ¡Que espere sentado!

LUBOVA. -¿Qué le vamos a hacer? Entregárselos; si los necesita con urgencia…; él los devolverá.

(Lubova Andreievna, Trofimof, Pitschik y Firz se van. Quedan en la estancia Gaief, Varia y Yascha.)

GAIEF. -Decididamente, mi hermana no ha perdido la costumbre de tirar el dinero. (A Yascha.) Apártate un poco, hueles a gallina.

YASCHA. -Leónidas Andreievitch, siempre será usted el mismo.

GAIEF (a Varia). -¿Cómo? ¿Qué ha dicho?

VARIA (a Yascha). -Tu madre ha llegado del campo. Te espera desde anoche en el departamento de los criados, y quiere verte, Yascha.

YASCHA. -Me importa poco.

VARIA. -Tú eres un inconsciente.

YASCHA. -¿Quién le impide volver mañana? (Vase.)

VARIA. -Mamá no ha cambiado. ¡Siempre la misma! Si de ella dependiera, ya hubiera despilfarrado lo que le resta. Su manía es regalar, gastar, distribuir dinero sin ton ni son.

GAIEF. -Sí; en efecto… (Después de una pausa.) ¿A qué buscar remedios contra una enfermedad incurable? Yo me esfuerzo por comprender. Yo creo disponer de muchos medios, de muchos, lo cual equivale a decir que no dispongo de ninguno. Excelente medio sería el heredar. Heredar, ¿de quién? Yo no vislumbro ninguna herencia en perspectiva. Convendría también que Ania contrajese matrimonio con alguien muy rico. Muy útil nos será, tal vez, ir a Yaroslaf y probar suerte cerca de nuestra tía, la condesa. Nuestra tía es enormemente rica; es, además, de una bondad extraordinaria. Yo la quiero mucho. Será necesario que le hablemos, que se lo confesemos todo, aun apoyándonos en circunstancias atenuantes…

VARIA (a media voz). -Ania está en la puerta.

GAIEF. -¡Qué diablo! ¡Es sorprendente! Hay algo extraño dentro de mi ojo derecho… Empieza a dolerme…

(Ania entra.)

VARIA. -¿Por qué no duermes?

ANIA. -No puedo.

GAIEF. -¡Ay pequeña! (Besa las manos y la cara de Ania.) Hija mía (lloriquea), tú no eres mi sobrina; tú eres mi ángel, tú lo eres todo para mí. Créeme, tú eres lo que yo más quiero.

ANIA. -Lo creo; todo el mundo le estima a usted y le respeta. Pero en ciertas ocasiones convendría que no hablase usted tanto. ¿Qué ha dicho usted, hace poco, a propósito de mamá, de su hermana? ¿A qué venían esas palabras?

GAIEF. -Tienes razón, Ania. (Coge las manos de Ania y se cubre con ellas su propio rostro.) Es terrible; Dios mío, sálvame. Es verdad. Hablo más de lo debido. Mi discurso ante el viejo armario, ¡qué tonto! No me di cuenta de ello sino cuando lo terminé.

VARIA. -Verdaderamente, tío, debe usted echarse un nudo a la lengua. Cállese. Así está bien.

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