ANIA. -Si se callara usted, se encontraría mejor, mucho mejor.
GAIEF. -Ya me callo. (Besa las manos de ambas jóvenes.) Pero mirad…, acerca del asunto en cuestión… El jueves fui al tribunal; estábamos entre amigos, y nos pusimos a charlar. Pa- réceme que será posible efectuar un préstamo para el pago de las contribuciones.
VARIA. -¡Si Dios quisiera ayudarnos!
GAIEF. -El martes volveré allá. (A Varia.) No te apures. (A Ania.) Tu mamá hablará con
Lopakhin; él no se negará si es ella quien le pide prestado. Cuando tú hayas descansado bien, te irás a Yaroslaf, a casa de tu abuela la condesa. Con seguridad, se podrán satisfacer los intereses. Y nuestra finca se habrá salvado. ¡Respiro! No permitiré nunca, ¡oh, nunca!, que nos la vendan en pública subasta.
ANIA (con calma). -Tú eres bueno. Tu bondad me tranquiliza.
FIRZ (entra súbitamente). -Leónidas Andreievitch, ¡váyase, váyase ya a dormir!
GAIEF. -En seguida… Firz, puedes retirarte. Vámonos a dormir. (Besa a sus sobrinas.)
ANIA. -¿Y tú? ¿Todavía charlarás?
VARIA. -¡Callaos ya!
FIRZ (volviendo atrás). -Leónidas Andreievitch, yo me retiro.
GAIEF. -Y yo. (Vase, seguido por Firz.)
VARIA. -Parece que estoy algo más tranquila. (Varia se retira, llevándose consigo a Ania. A lo lejos óyese el caramillo de un pastor. Trofimof atraviesa la sala, y viendo a las dos jóvenes, se detiene. Varia y Ania parecen muy fatigadas. Varia, apoyando ligeramente su cabeza sobre el hombro de Ania, murmura, medio dormida:) Vamos…, vamos.
TROFIMOF (contemplando el grupo). -¡Sol mío! ¡Primavera mía!
Segunda parte
En el campo. Antigua capilla, ruinosa, abandonada, con paredes cubiertas de musgo. Cerca de la capilla, un pozo. Esparcidos por el suelo, restos de viejas tumbas. Un banco de madera roído por el tiempo. Camino que conduce a la finca de Lubova Andreievna. Bosque de tilos. A la izquierda comienza el jardín de los cerezos, en el ángulo del cual existe un pabellón o glorieta. En perspectiva, postes telegráficos, marcando una línea de ferrocarril. A lo lejos, a través de la neblina, el panorama de una pequeña ciudad, con sus cúpulas y campanarios. Se aproxima el ocaso. Carlota, Gaief y Dunias- cha están sentados en el banco. Junto a ellos, Epifotof tañe la guitarra, ejecutando un aire triste. Todos aparecen pensativos. Carlota está con equipo de caza, y la escopeta descansa entre sus rodillas.
CARLOTA. -Yo no tengo pasaporte, yo ignoro mi edad. Figúrome que soy todavía joven. En mis tiempos de infancia, mi padre y mi madre recorrían las ferias, dando representaciones; yo brincaba como un diablillo, y hasta daba saltos mortales. Así aprendí y practiqué el oficio de titiritera. A la muerte de mis padres, una señora alemana me tomó en su casa y me educó. Crecí. Me convertí en aya. Pero ¿qué soy yo en realidad? No lo sé. ¿Quiénes fueron mis padres? ¿Estaban casados? (Saca del bolsillo un pepino y lo come ávidamente.) Yo no sé nada, nada, de lo que fueron mis padres y de lo que yo soy. (Pausa.) Me devoran las ganas de hablar con alguien, y nadie tiene interés en escucharme.
EPIFOTOF (cantando al son de la guitarra):
Yo me burlo de todo el mundo. ¡Qué me importan los amigos y
los enemigos!
¡Qué cosa tan agradable expresar los propios sentimientos en música!
DUNIASCHA (empolvándose el rostro). - Canta, canta…
EPIFOTOF. -La vida es una eterna canción.
CARLOTA. -(tomando su escopeta). Tú, Epifotof, eres muy completo, muy sabio; pero me inspiras miedo. ¡Todos los sabios se me antojan tan imbéciles!
EPIFOTOF. -Carlota, piense usted de mí lo que quiera. Pero debo decirle que la suerte no me ha sido propicia. (Llegan Lubova Andreiev- na y Lopakhin.)
LOPAKHIN. -Ahora bien; urge decidirse. El tiempo vuela. La cuestión es bien sencilla. Déme usted su consentimiento, y yo me las arreglaré para realizar el negocio de las parcelas. ¿Sí, o no?
LUBOVA. -Malos augurios corren por acá.
GAIEF. -La línea férrea va a ser puesta en explotación. Ello constituirá una gran comodidad.
LOPAKHIN. -Una palabra, Lubova, una simple respuesta. ¿Sí, o no?
GAIEF (bostezando). -¿Responder? ¿A qué?
LUBOVA (examinando su portamonedas). - Ayer me quedaba aún bastante dinero. Hoy, muy poco. Mi pobre Varia, hay que economizar. Danos de comer a todos sopas de leche. Los criados se contentarán con un plato de guisantes. ¡Y decir que yo gasto mi dinero tontamente!
(Deja caer el portamonedas, del cual salen, rodando por el suelo, algunas piezas de oro.) ¡Ea! Ya veis cómo ruedan.
YASCHA (que llega en este mismo momento). -Déjeme; voy a recogerlas una por una. (Las recoge.)
LUBOVA. -Gracias, Yascha.
GAIEF. -¿De qué te ríes, Yascha?
YASCHA. -Yo no puedo escuchar la voz de usted sin reír.
LUBOVA (a Yascha). -¡Vete de ahí!
YASCHA (entregándole el portamonedas). - Me iré.
LOPAKHIN. -Derejanof, el ricachón, desea comprar vuestra propiedad; piensa tomar parte en la subasta.
LUBOVA. -¿Por dónde lo sabe usted?
LOPAKHIN. -Lo he oído decir en la ciudad.
GAIEF. -La tía de Yaroslaf prometió enviarnos fondos. Cuándo los enviará, Dios lo sabe.