La amabilidad del anciano hizo que a Kushida se le saltaran las lágrimas.

– ¿Cómo ha podido pasar esto, Yohei? -se lamentó.

– El destino a menudo hace cosas extrañas. Quizá os castigue por los pecados de vuestros ancestros.

Después de horas de introspección, Kushida no podía culpar ni al destino ni a sus ancestros de los males que su propia historia, sus propias acciones, habían ocasionado. Retrocediendo veinticinco años, veía la escuela donde había aprendido el arte de la lanza. Oía la voz de su maestro:

– Tenéis que canalizar toda vuestra energía hacia el desarrollo de la habilidad en el combate -ilustró el sensei Saigo a su clase-. No disipéis vuestras fuerzas en la improductiva autoindulgencia. En las comidas, dejad de comer antes de haberos llenado; dejad que el hambre agudice vuestros sentidos. Absteneos del licor y el entretenimiento frívolo, que embotan la mente y debilitan el cuerpo. Sobre todo, resistíos a la tentación de satisfacer vuestros deseos carnales. La lanza es vuestra virilidad. A través de ella os realizaréis.

El joven Kushida anhelaba ser un gran lancero. Por tanto, siguió con entusiasmo las enseñanzas de Saigo. Un día, cuando tenía doce años, descubrió un libro de shunga en el estudio de su padre. En el frontispicio aparecía la ilustración de una bella mujer desnuda en plena cópula con un amante samurái. A Kushida lo embargó una desconocida y oscura excitación. Instintivamente se llevó las manos al interior de su quimono. Sus dedos emprendieron un movimiento que jamás habían aprendido. La excitación culminó en un éxtasis cegador, seguido de culpa y angustia. Había caído en la autoindulgencia sobre la que les había advertido Saigo, había sacrificado la disciplina por el placer.

Cuando confesó su fechoría, el sensei le asignó un suplemento de práctica de combate y sesiones de meditación. Al principio Kushida sucumbió con frecuencia a sus impulsos físicos, pero con el tiempo llegó a superar sus malos hábitos. Se sumergió en el naginatajutsu, adquirió una habilidad extraordinaria y permaneció célibe. Aun trabajando en compañía de las mujeres del sogún, podía aguantar días, incluso meses, sin pensar en el sexo.

Y entonces la dama Harume llegó al castillo de Edo. Aquel día, él estaba de guardia. Cuando Chizeru se la presentó, tuvo la impresión de haberla visto antes; con su cara vivaracha y sus formas voluptuosas, se parecía a la chica del shunga que le había provocado su primer orgasmo. El deseo reprimido explotó en su interior y se concentró en la dama Harume, que lo había devuelto a la vida.

Aturdido por la lujuria, Kushida no había advertido el peligro. Decidió que no había nada de malo en mirar sin más a una mujer. Así había empezado a espiar a Harume. Pronto dejó las prácticas de combate. Por las noches se estimulaba hasta el clímax fantaseando con ella. Cobró conciencia de lo solitario de una vida consagrada en exclusiva al bushido. La realización completa, descubrió, requería también la unión con una mujer.

Hizo acopio de valor y le confesó a Harume sus sentimientos en una carta. Al ver que ella no respondía y empezaba a rehuirlo, se persuadió a sí mismo de que era tímida o estaba asustada. Tenía algo precioso que ofrecerle: un corazón que jamás había pertenecido a otra mujer; un cuerpo sin mácula de pasadas aventuras amorosas. ¿Cómo podía no apreciar ese presente? De modo que dio el drástico paso de declararle su amor a la cara. Pero la dama Harume lo rechazó. Sus palabras aún retumbaban en su cabeza:

– ¿Por qué sigues molestándome? Al ver que no contestaba a tus estúpidas cartas, tendría que haberte quedado claro que no quiero nada contigo. -El asco deformaba su bello rostro-. Debes de ser tan idiota como feo. ¿Quieres que escape contigo? ¿Que me suicide contigo por amor para que pasemos juntos la eternidad? -Soltó una carcajada-. Eres indigno de respirar siquiera el mismo aire que yo. Ahora vete y déjame en paz. ¡No quiero volver a verte en mi vida!

Humillado y furioso, Kushida no se había limitado a sacudir y amenazar de muerte a la concubina, como había reconocido ante el sosakan-sama. Le había doblado el brazo por detrás de la espalda, le había tapado la boca cuando intentó gritar en busca de socorro y la había arrojado a una habitación vacía. Allí le había arrancado el quimono y la había obligado a tumbarse. Quería matarla, en aquel preciso instante; pero antes iba a poseerla.

Harume le plantó cara. Le mordió en la mano y, cuando cedió un poco, le dio una patada en la ingle. Mientras él se doblaba en muda agonía, Harume rompió a reír. Como si pretendiese agravar el dolor, le dijo:

– Ya tengo un amante. Soy suya para siempre. Pronto llevaré un tatuaje que proclame mi amor por él, en este cuerpo que tanto deseas.

Entonces salió corriendo.

Перейти на страницу:

Похожие книги