Siempre ansiosa por complacer, Akiko ayudó a Shigeru a entrar a escondidas en las dependencias de las mujeres para que pudiera verlas desvestirse y bañarse. El se estimulaba mientras ella montaba guardia. Akiko adivinó que Shigeru debía de haber reparado en su fijación por Kaoru y que los había seguido hasta el establo aquella noche, donde había disfrutado al observar la agresión en lugar de detenerlo. También sabía que Shigeru se había dado cuenta de las ventajas de desviar su devoción hacia él. Mas nunca admitió que él la estuviera utilizando. Lo amaba; lo necesitaba. Por tanto, tenía que hacer todo lo necesario para conservar su amistad.

Pasaron ocho años. Cuando Akiko maduró, la terrorífica perspectiva del matrimonio se cernió sobre ella. No soportaba la idea de dejar a Shigeru, de vivir con un desconocido que tocara su cuerpo. La agresión le había causado daños físicos permanentes: el periodo le acarreaba calambres agónicos; tal vez nunca pudiera concebir niños. Sin embargo, ese posible defecto no iba a salvarla. Ni una palabra de su lesión había sobrepasado los confines de su familia directa; sus padres no querían echar a perder sus posibilidades de un enlace ventajoso.

Entonces murió el padre de Shigeru, y él se convirtió en daimio. El clan había aplazado su matrimonio con la esperanza de unirse con algún poderoso clan samurái, pero el bajo linaje de los Miyagi no atrajo a casaderas que valieran la pena; en consecuencia, el clan decidió consolidar sus activos casando a Shigeru con una joven de su propia familia. La rama de Akiko era la que le seguía en la línea sucesoria, y ella, la hija mayor. Shigeru se casó con su prima.

Akiko no cabía en sí de gozo. Viviría definitivamente bajo la protección de un esposo que no le impondría sus atenciones físicas.

– El matrimonio no tiene por qué cambiar las cosas entre nosotros -le dijo Shigeru-. Sigamos como siempre y ya está.

Modificaron la casa para adecuarla a sus gustos. Shigeru envió a la mayoría de los familiares y vasallos a sus posesiones de la provincia de Tosa. Akiko despidió a casi todas las sirvientas. Cuando no estaban inmersos en la búsqueda de gratificación sexual para Shigeru, preferían la poesía y la música a los placeres de sociedad. Durante los meses que Shigeru pasaba en Tosa cada año, Akiko se consumía de añoranza. Como esposa de un daimio, perdió parte de su miedo a los hombres y cobró cierto aire de autoridad, pero sólo se sentía de verdad segura, o feliz, cuando Shigeru estaba con ella.

En aquel momento, la dama Miyagi oyó que se aceleraba la respiración de su marido; se lo imaginaba tocándose con mayor fuerza y velocidad. Cuando Copo de Nieve la miró, dio la señal de que empezase el juego amoroso. Copo de Nieve se abrió de piernas en el suelo. Gorrión se puso a cuatro patas y se acercó a ella hasta situarse encima. Sepultó la cara en la entrepierna de Copo de Nieve y comenzó a lamer y chupar con grandes aspavientos. Copo de Nieve gimió y se retorció. Agarró a Gorrión por las nalgas y colocó su femineidad sobre la boca. El caballero Miyagi gruñía y boqueaba. La dama Miyagi sabía que se acercaba su éxtasis. Su corazón rebosaba de gozo.

Aunque ella jamás hubiera experimentado el placer físico, podía compartir el de su esposo. La recíproca necesidad había forjado entre ellos un vínculo espiritual. Incluso sin sexo, ella se sentía plenamente realizada en su matrimonio; no necesitaba tener hijos. Que el sobrino de Shigeru lo sucediera como daimio. Sus almas estaban unidas como los dos cisnes de su divisa familiar, una pareja autosuficiente… o eso se decía ella a sí misma. Hubo un tiempo en que tenía su unión por eterna, invencible. Entonces, una noche de la pasada primavera, Harume entró en sus vidas.

Aquel día el caballero y la dama Miyagi estaban en un embarcadero, contemplando los fuegos artificiales que estallaban por encima del río Sumida, entre la ruidosa muchedumbre que celebraba el inicio de la temporada de navegación. Shigeru había señalado a Harume entre el séquito del sogún. Tomando a la chica por una diversión inocua más, la dama Miyagi les había procurado un encuentro. ¿Cómo podía haber previsto que Harume perforaría el punto débil de su matrimonio? Descubrir que el romance había dado un vuelco que podía apartarla de Shigeru la había puesto enferma de verdad; había vomitado en plena calle. Harume había supuesto una amenaza no sólo para su seguridad, sino para su existencia en sí. La dama Miyagi se congratuló de la muerte de Harume. Volvía a estar a salvo. Shigeru no necesitaba saber lo que había estado a punto de pasar.

Sin embargo, la amenaza no había muerto por completo con la dama Harume. Su espectro atormentaba a la dama Miyagi, dispuesto a levantarse de nuevo. Y la sombra de un nuevo peligro, en forma de investigación de asesinato, se extendía sobre su vida. Ni siquiera la noticia del arresto del teniente Kushida la había tranquilizado.

Перейти на страницу:

Похожие книги