Ryuko estudió su familiar semblante y aspiró su habitual olor a perfume, a humo de tabaco y a edad provecta. Llevaban tanto tiempo juntos… Había memorizado sus necesidades, sus hábitos, sus preferencias, toda la información esencial para conservar su favor. Pero ¿hasta qué punto conocía de verdad a la mujer más poderosa de Japón? Con una nostalgia agudizada por los peligros del momento, recordó el día en que se habían conocido.
Tokugawa Tsunayoshi acababa de acceder al cargo de sogún, y la dama Keisho-in había acudido al templo de Zojo a orar por un largo y próspero mandato para su hijo. Vio a Ryuko entre los sacerdotes congregados para rendir homenaje a la madre de su señor. Su fea y avejentada cara adquirió una expresión de deleitoso desconcierto, una reacción que Ryuko suscitaba a menudo entre las fieles que admiraban a los sacerdotes guapos. Detuvo su procesión hacia la sala del templo y le pidió que se presentara. Se había encaprichado con él, como le pasaba con otros jóvenes que satisfacían su necesidad de compañía y de sexo. Lo convirtió en su guía espiritual privado y lo trasladó del templo de Zojo a unos aposentos en el castillo de Edo para que ella pudiera disponer de su consejo siempre que fuera necesario. La dama Keisho-in los colmó de regalos a él y a su orden religiosa. El complejo del templo creció en magnificencia; sus habitantes prosperaron. Keisho-in seguía al pie de la letra las recomendaciones de Ryuko, a menudo convenciendo al sogún para que hiciera lo mismo. El dinero salía a espuertas de las arcas de los Tokugawa para financiar filiales del templo y obras de caridad. A Ryuko, la relación con una mujer fea que le llevaba veinte años le parecía un precio muy bajo.
Ni amaba ni deseaba a su señora, pero fomentaba su antojo por él. Renunció a su vida monástica y se convirtió en su amante. Aguantaba sus cambios de humor y sus exigencias; halagaba su vanidad. Por debajo del desprecio que le inspiraba su estupidez, una profunda sensación de camaradería lo unía a la dama Keisho-in. Los dos eran plebeyos que habían ascendido a alturas impensables. Y le estaba realmente agradecido por haberle conferido todo lo que necesitaba: riqueza y poder; realización espiritual y la oportunidad de hacer el bien.
Con este acuerdo mutuamente satisfactorio habían pasado una década juntos. Ryuko esperaba que aquel estado de cosas se prolongase de forma indefinida. Keisho-in, saludable para tratarse de una anciana, no parecía en peligro de muerte inminente. Tokugawa Tsunayoshi era lo bastante joven para ejercer de sogún muchos años más, cosa que probablemente haría si no surgía un heredero. Pero después del asesinato de la dama Harume, el futuro parecía incierto. Ryuko sabía lo rápido que las fortunas podían ascender y caer en el bakufu; en ocasiones, un mero rumor bastaba para destruir una vida. Las pesquisas del sosakan-sama suponían una grave amenaza para la dama Keisho-in. Y la amenaza tenía tentáculos, como un pulpo, que podían estirarse y estrangular a cualquiera de sus allegados, incluyendo a Ryuko.
– Mis fuentes me cuentan que el sosakan Sano se está esforzando a conciencia en la investigación del asesinato de la dama Harume -dijo Ryuko, entrando con cautela en materia. Tenía que ser muy cuidadoso al manejar a la dama Keisho-in-. Hay detectives por todo el Interior Grande. Hirata tiene pistas sobre la fuente del veneno. El teniente Kushida está bajo arresto, pero todavía no ha sido acusado de asesinato. Parece que Sano no busca una salida fácil. Más bien está confirmando su reputación de buscar la verdad sin atender a las consecuencias.
Ryuko hizo una pausa. Y, dado que Keisho-in rara vez respondía a las insinuaciones sutiles, añadió una advertencia más clara:
– Bajo estas circunstancias uno debería tomar precauciones.
– Oh, sí, Sano es un detective estupendo -dijo la dama Keisho-in, ajena al mensaje-. Y me gusta el joven Hirata. Creo que yo también le gusto. -Soltó una risilla.
Podía ser tan frívola, ¡incluso en un momento como ése! Ryuko ocultó su impaciencia.
– Mi señora, la investigación de Sano podría revelar información perjudicial para… mucha gente. Nadie está a salvo de su escrutinio.
– Dices las cosas de un modo que no puedo entender -protestó Keisho-in-. ¿De qué estás hablando? ¿Quién está en peligro?
Su falta de luces lo obligaba al discurso llano.
– Vos, mi señora -dijo Ryuko a regañadientes.
– ¿Yo? -Los ojos legañosos de Keisho-in se abrieron de sorpresa. Estaba claro que no había pensado cómo podía afectarla la investigación. Después sonrió y le dio unas palmaditas a Ryuko en el brazo-. Agradezco tu preocupación, querido, pero no tengo nada que temer de Sano ni de ningún otro.
Ryuko estudió confuso su cándido semblante. Después de todos aquellos años se consideraba un experto en leerle el pensamiento, pero en ese momento era incapaz de distinguir si le decía la verdad.
– Vuestra relación con la dama Harume era…, digamos…, menos que inocente -le recordó.