Durante la visita, Ryuko dividió su concentración en dos partes, según un arraigado hábito. Con la más amplia se concentraba en la dama Keisho-in, en busca de indicios de que empezara a sentir frío o cansancio, anticipando su necesidad de halagos. Dado que su fortuna dependía de su relación, no podía permitirse contrariarla. Con el resto de su cerebro se observaba a sí mismo y supervisaba su actuación. Veía a un esbelto hombre santo con modestas sandalias de madera y un grueso manto de seda marrón sobre la túnica azafrán. Su mirada poseía una intensidad sabia y penetrante que había ensayado ante el espejo hasta que llegó a ser natural. Sus ademanes eran dignos; su voz, elegante y cultivada. No quedaba ni rastro de sus orígenes humildes.
Huérfano a los ocho años, Ryuko había llegado a Edo en busca de fortuna. Halló cobijo en el templo de Zojo, donde los sacerdotes lo habían alimentado, refugiado, vestido y educado. A los quince años había hecho los votos religiosos. Sin embargo, sus trágicas experiencias de juventud lo habían dotado de dos rasgos contradictorios que le impedían sentirse realizado con su vocación.
Ryuko odiaba la pobreza con toda la pasión abrasadora de su alma. Jamás olvidaría los rigores de la vida del campesino, el trabajo de sol a sol en los campos, la falta de comida y de esperanzas de una existencia mejor. Como joven sacerdote, Ryuko había trabajado sin descanso para aliviar los sufrimientos de los pobres de Edo. Solicitó donaciones y las repartió entre los necesitados. Su trabajo financiaba la atención a los huérfanos del templo de Zojo. Pronto se ganó una reputación de hombre de carácter desinteresado y misericordioso. Los menesterosos lo veneraban; sus superiores lo colmaban de alabanzas por mejorar la imagen de la secta. Mas otro anhelo movía a Ryuko. También recordaba cuando se postraba en el suelo al paso del daimio local. El caballero Kuroda y sus vasallos montaban caballos con magníficas gualdrapas. Tenían la cara rechoncha de la comida obtenida con el sudor de los campesinos. Pegaban a quien no lograse alcanzar su cuota de la cosecha. ¡Cómo los odiaba Ryuko! Y cómo envidiaba su riqueza y poder. Quería ser como ellos, en vez de un pobre campesino.
Aquel deseo creció durante sus primeros años como sacerdote. En Zojo -templo familiar del clan Tokugawa- tuvo todas las oportunidades del mundo para observar el esplendor que podía comprar el dinero. Budista devoto, Ryuko deseaba la iluminación espiritual que lo liberara de aquellas cuitas mundanas. Oró con mayor ahínco; redobló su tarea caritativa. Empleó su don natural para la política y trepó en el escalafón del templo. Sin embargo, todavía ansiaba más riqueza y poder.
Entonces conoció a la dama Keisho-in.
– Y esto será la sala de audiencias de su excelencia cuando visite las perreras -le dijo a su protectora.
– ¡Espléndido! -La dama Keisho-in se regocijó y dio vueltas con excitación de niña-. La benevolencia de mi hijo convencerá a la fortuna de que le dé un heredero. Queridísimo Ryuko, ¡qué sabio fuiste al recomendar la construcción de las perreras!
Cuando, después de demasiados años, Tsunayoshi seguía sin descendencia, éste había empezado a preocuparse por la sucesión de los Tokugawa. Ni él ni sus consejeros veían con buenos ojos la idea de designar a un familiar como siguiente dictador y ceder el poder a una rama distinta del clan. De ahí que la dama Keisho-in acudiese a Ryuko en busca de ayuda. Por medio de la oración y la meditación, había descubierto una solución mística para el problema. Tokugawa Tsunayoshi debía ganarse el derecho a un heredero expiando los pecados de sus ancestros mediante algún acto de generosidad. Puesto que había nacido en el año del perro, ¿qué mejor gesto que otorgar su protección a esos animales?
Por consejo de Ryuko, la dama Keisho-in había persuadido a Tokugawa Tsunayoshi de que proclamara los Edictos de Protección a los Perros, que favorecían la meta de Ryuko de fomentar el bienestar de los animales de acuerdo con la tradición budista. Cuando esta medida no produjo los resultados deseados por el sogún, Ryuko propuso un acto más drástico: el embellecimiento de la perrera. Se recaudaron fondos procedentes de varios daimio; los mejores carpinteros de Edo construirían la estructura. Ryuko estaba seguro de que el afortunado nacimiento de un heredero Tokugawa sería inminente, lo cual reforzaría la influencia de Keisho-in sobre Tsunayoshi, y por tanto la suya propia. Pero eso sería en el futuro. En el presente lo que Ryuko quería era asegurarse de que vivieran para verlo.
– Venid a descansar, mi señora. -Sentó a su protectora en un tocón, lejos de los escoltas que los esperaban-. Podemos observar los trabajos de la obra y disfrutar de un poco de conversación antes de volver al castillo.
La dama Keisho-in se acomodó con un resoplido de alivio.
– Ah, qué bien. Eres tan considerado, querido. Y bien, ¿de qué podemos hablar?