– A vuestro hijo no lo complacen las responsabilidades de ser sogún -dijo Ryuko, evitando la cuestión de si Tokugawa Tsunayoshi gobernaba en realidad el país-. Le gustaría más volcarse en la religión o el teatro. -«O en los jovencitos», pensó Ryuko sin llegar a decirlo. La dama Keisho-in se negaba a admitir la preferencia de su hijo por el amor masculino-. Con el nacimiento de un heredero, la sucesión habría quedado garantizada. Su excelencia podría haberse valido de ello como excusa para abdicar de su dignidad y nombrar a un consejo de regentes que dirigieran el gobierno hasta la mayoría de edad del chico.
Esa predicción sobre el comportamiento del sogún era compartida por muchos miembros astutos del bakufu, pero los rasgos de la dama Keisho-in se juntaron en un mohín de testarudez.
– ¡Eso es ridículo! Mi hijo es un caudillo abnegado. No se retirará hasta que la muerte se lo lleve de este mundo. Y no necesita un consejo para llevar el gobierno mientras tenga a su madre a su lado. Me quiere y confía en mí.
Sin embargo, Tokugawa Tsunayoshi también confiaba en Sano; Ryuko había observado cómo la influencia del sosakan crecía con cada día que pasaba. Incluso el más leve indicio de sospecha podía poner en peligro la relación de Keisho-in con el sogún, que temía y aborrecía la violencia. Si llegaba a pensar que su madre podía ser una asesina, tal vez le diera la espalda y buscara otra mujer que hiciera las veces de madre y confidente; probablemente la dama Ichiteru. La taimada concubina había recuperado su favor tras la muerte de Harume; ya había engendrado dos hijos, si bien nacieron muertos; y era seguro que aprovecharía la coyuntura para mejorar su posición.
¿Y qué pasaría entonces con Ryuko?
– Os lo ruego, mi señora -insistió-. Suponed por un momento que hubiera un heredero y que vuestro hijo se retirase. ¿Quién dispondría de mayor influencia sobre el consejo regente? ¿Vos, la madre del antiguo sogún retirado, o la madre del próximo?
La voz meliflua de Ryuko se tornó áspera con la agitación; se inclinó sobre Keisho-in y la cogió de las manos.
– Si Harume no hubiese muerto, podríais haber perdido vuestra posición como dirigente del Interior Grande, vuestros privilegios, vuestro poder. El sosakan Sano se dará cuenta de ello tarde o temprano, si es que no se lo ha imaginado ya. ¡Os arriesgáis a ser su principal sospechosa!
Al otro lado del claro, un roble enorme cayó al suelo con estrépito. Sus ramas oscilaron y crujieron: los estertores de un gigante. Los campesinos empezaron a serrar y acarrear el cadáver del árbol. Mientras la dama Keisho-in lo observaba, su rostro adquirió una expresión astuta y calculadora que Ryuko nunca había visto con anterioridad. Parecía verdaderamente inteligente. Ryuko sintió la mano gélida de la consternación en sus entrañas. ¿Por fin se daba cuenta de lo precario de su situación? ¿O siempre lo había sabido?
La dama Keisho-in alzó lentamente la vista hacia Ryuko. De un tirón, le indicó que se pusiera de rodillas hasta que sus caras casi se tocaron. De la suya había desaparecido todo rastro de afable estupidez.
– Dime, querido -dijo taladrándolo con la mirada-. ¿Te preocupa tanto la investigación del asesinato por mí o por ti? ¿Te has metido en algún lío?
Las palabras, emitidas en una nube hedionda de aliento a tabaco y dientes podridos, flotaron sobre Ryuko. El estupor lo desorientaba. Le vino a la mente un campo de batalla tras la guerra, el olor de la carroña transportado por el viento. A pesar de todos sus desvelos por la causa de la caridad y la difusión de la espiritualidad, en su vida se habían producido incidentes que manifestaban su codicia, su ambición y su crueldad. ¿Y si Sano los descubría? Seguramente sospecharía que Ryuko había asesinado a Harume por Keisho-in, para protegerla a ella y, al mismo tiempo, su posición. Pero, a la vez que se imaginaba ante el verdugo, el artero político que llevaba dentro veía un modo de aprovechar la situación en beneficio propio.
– Sí, mi señora -dijo, inclinando la cabeza como si realizase una confesión vergonzosa. No era mentira. Había ideado y ejecutado complots concebidos para secundar sus intereses y los de Keisho-in, con o sin su aprobación. Se preguntaba cuánto sabría o supondría ella sobre él, y hasta qué punto su mala memoria la habría permitido olvidar cosas que habían hecho juntos. Si lo acusaban del asesinato de la dama Harume, ¿lo sacrificaría Keisho-in para salvarse ella?-. Temo que el sosakan Sano descubra lo que he hecho.
Para su gran alegría, Keisho-in reaccionó exactamente del modo que había esperado. Lo envolvió en un abrazo asfixiante y declaró: