Cuando Sano se lo explicó, su rostro amable se ensombreció de pesar.

– Qué tragedia. Aun así, tal vez Harume disfrutó de una vida mejor y más larga que si se hubiera quedado en Fukagawa para ser un «ave nocturna» como su madre.

Sano jamás se había parado a pensar en las pocas ocupaciones disponibles para las mujeres. En aquel momento, con alarmante claridad, fue consciente de la estrecha gama de posibilidades de sus vidas: esposa, criada, monja, concubina, prostituta, mendiga. Había honor -y era posible que felicidad- en el matrimonio y la maternidad, pero ni siquiera esas alternativas abrían las puertas a la independencia, la erudición, las artes marciales, la aventura o los logros que hacían que la vida valiera la pena para los hombres. Pensó con inquietud en Reiko, luchando por sobrepasar los confines de la cultura japonesa, y en sus esfuerzos por contenerla. Los hombres establecían las reglas. Él mismo formaba parte de un sistema que había decretado la limitada existencia de su esposa.

Y de la dama Harume.

No era aquélla una reflexión exactamente agradable. Le dio las gracias al sacerdote y salió del templo. Aunque lamentaba el tiempo perdido en aquel viaje, no podía evitar sentir que había aprendido algo importante para el caso, y también para su agitado matrimonio.

El distrito de Bakurocho estaba al noroeste del castillo de Edo, entre el barrio mercantil de Nihonbashi y el río Kanda. Fue feria de caballos incluso antes de la fundación de la capital de los Tokugawa, y suministraba monturas a los treinta mil samuráis de Edo. Sano cabalgó por calles embarradas, entre criadores de caballos que arreaban a sus mercancías. Aquellas bestias lanudas y multicolores habían viajado desde los remotos pastos del norte para acabar siendo vendidas en los establos de los comerciantes de Bakurocho. En una regia mansión habitaban los administradores de los Tokugawa, que cuidaban de las tierras del sogún. Las rústicas tabernas acogían a los funcionarios de provincias que estaban de paso por la ciudad para comprar caballos o hacer negocios con los administradores. El famoso campo de tiro con arco servía de tapadera para un burdel ilegal. Bajos edificios de madera albergaban puestos de comidas, salones de té, un taller de guarnicionero y una herrería donde hombres fornidos martilleaban herraduras. Los porteadores acarreaban balas de heno mientras los barrenderos eta recogían estiércol. Sano giró por la tienda de un fabricante de bardas y desmontó frente a los establos de Jimba, cuya puerta estaba adornada con el emblema de un caballo al galope. Un asistente salió corriendo e hizo una reverencia.

– Buenos días, sosakan-sama. ¿Buscáis una montura nueva?

– He venido a ver a Jimba -anunció Sano.

– Por supuesto. Pasad.

El asistente cogió las riendas de su caballo y abrió la marcha hacia el interior del complejo de establos más grande de Bakurocho. La hermosa mansión familiar de los Jimba estaba coronada por varios tejados a dos aguas; tenía dos pisos de prístinas paredes de yeso blanco, ventanas de celosía y balcones con barandilla; las dependencias del servicio estaban al fondo. «A un mundo de distancia del suburbio de Fukagawa que viera nacer a Harume», pensó Sano. ¿Le habría resultado difícil adaptarse? Frente a la mansión se extendía el picadero. A su alrededor había muñecos de paja colgados de postes. A través de las puertas abiertas de las caballerizas se veía a los mozos que cepillaban a los animales. El asistente condujo a Sano a un compartimento donde tres samuráis contemplaban un semental gris rodado. Un hombre corpulento vestido con un quimono marrón y pantalones anchos lo sostenía por la cabeza.

– Se ve que está sano por el estado de su boca -dijo Jimba separando los labios para mostrar la enorme dentadura. Sus gruesos dedos se movían con la soltura que da la práctica. Cuando Sano se acercó, alzó la vista; su cara se iluminó al reconocerlo-. Ah, sosakan-sama. Me alegro de volver a veros.

A sus más de cuarenta años, Jimba parecía tan vigoroso como sus animales. Su cuello, como una gruesa y nervuda columna, soportaba su cabeza cuadrada. Su pelo, peinado hacia atrás desde las entradas y trenzado en la nuca, tan sólo presentaba unas pocas hebras canosas. Sano no discernía en sus rasgos toscos y su tez morena ningún parecido con la dama Harume.

Jimba sonrió, enseñando tres incisivos rotos: un recordatorio permanente de que una vez un caballo había podido con él.

– Felicidades por vuestro matrimonio. ¿Listo para ampliar vuestro clan? Ja, ja. ¿Qué puedo hacer por vos? -Dejó al asistente a cargo del cierre de la venta y acompañó a Sano por las hileras de compartimentos-. ¿Un buen caballo de carreras, tal vez? Para impresionar a vuestros amigos del castillo de Edo. Ja, ja.

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