A Sano nunca le había gustado el obsequioso comerciante ni sus familiaridades, pero compraba en su establecimiento por lo mismo que los otros samuráis acomodados: entendía de caballos. Siempre escogía animales fuertes y sanos a los que entrenaba para que fueran monturas rápidas y fiables. Daba buen género por un precio razonable y nunca trataba de hacer pasar un caballo del montón por un pura sangre.
– Mi visita se debe a tu hija -dijo Sano-. Como responsable de la investigación de su muerte, es mi deber hacerte algunas preguntas. Pero antes, te ruego que me permitas expresarte mis condolencias.
Jimba se acercó enfurecido a la valla que delimitaba el picadero y le dio un puñetazo, maldiciendo entre dientes. Su habitual expresión jovial dio paso al enojo mientras contemplaba a un trío de mozos que preparaban a un caballo para un paseo de prueba con guarnición de batalla completa. Fijaron una silla de madera a su lomo y engancharon la brida. Sano, que ya había sido testigo del dolor colérico de los padres de la víctima de un asesinato, dijo:
– Haré todo lo posible por entregar el asesino de Harume a la justicia.
Jimba rechazó las palabras de Sano con un gesto de la mano.
– Vaya una cosa. Ella se ha ido y nada va a devolvérmela. En esa chica derroché diez años de dinero y trabajo duro. Cuando murió la madre, la saqué de Fukagawa y la crié yo mismo. Le puse ropa bonita, contraté a tutores para que le enseñaran música, caligrafía y modales. Percibí su potencial, ¿sabéis?; conozco a las hembras, ya sean yeguas o mujeres. Ja, ja. -Jimba sonrió con orgullo-. Harume era la más guapa de mis tres hijas. Creció muy bien, para el gusto de los hombres, si me entendéis. Salió a la madre. Era mi mejor oportunidad de acercarme a los Tokugawa.
Sano escuchó consternado el insensible panegírico del comerciante. Era obvio que Harume había sido para él no tanto el bienvenido legado de un romance condenado al fracaso como otro ejemplar de ganado al que entrenar y vender.
En el picadero, los mozos cubrieron al caballo con una barda y una testera de acero en forma de cabeza de dragón rugiente. Dos samuráis ayudaron al cliente a ponerse la coracina, las grebas y el casco.
– El verano pasado vinieron a comprar caballos dos de los asistentes personales del sogún -continuó Jimba-. Comentaron que buscaban concubinas para su excelencia. Le dije a Harume que les hiciera una demostración de lo bien que sabía hablar, cantar y tocar el samisén. Se la llevaron al castillo de Edo, ¡y me pagaron cinco mil
»Organicé una fiesta para celebrarlo. Harume tenía cualidades de buena reproductora, y si resultaba que en la cama se parecía en algo a su madre, bien podía darle un heredero a su excelencia. Aunque él sienta preferencia por los chicos, ja, ja. Ya me veía de abuelo del próximo sogún.
«Y con la riqueza, el poder y los privilegios que eso conlleva», pensó Sano. La codicia de Jimba le repugnaba. Pero el tratante de caballos no hacía sino seguir el ejemplo de muchos otros japoneses: mejorar su posición por medio de un enlace con los Tokugawa. ¿Acaso el magistrado Ueda no había casado a su hija Reiko con Sano con el mismo objetivo en mente? En aquella sociedad, las mujeres eran los bienes muebles de las ambiciones de los hombres. Reiko era inteligente y aguerrida, pero la gente siempre iba a medir su valor por su rango y su fertilidad. Sano empezaba por fin a comprender su frustración. Aun así, después de la noche anterior, esperaba más que nunca que Reiko acatase sus órdenes y se quedara a salvo en casa.
– Y ahora Harume está muerta. Ya no recuperaré mi inversión -dijo Jimba con expresión taciturna; se hundió sobre la valla. Después se volvió hacia Sano con un destello especulador en los ojos entrecerrados-. Ahora que lo pienso, tal vez me vaya bien que atrapéis al que mató a mi hija. ¡Le exigiré que me compense por mis pérdidas!
Sano ocultó la aversión que le inspiraba la actitud mercenaria del vendedor.
– Quizá puedas ayudarme a encontrar al asesino. -Después explicó el motivo de su visita-. ¿Cómo era Harume?
Cuando Jimba empezó a describirle su apariencia física, lo interrumpió:
– No, me refiero al tipo de persona que era.
– Como cualquier otra chica, supongo. -Jimba parecía sorprendido ante la idea de que Harume poseyera algún atributo aparte de los físicos. Después, mientras observaba a los mozos que aupaban al samurái a la grupa del caballo, sonrió al evocar algo-. Cuando la traje daba pena verla. No entendía que su madre ya no estuviera, ni por qué la separaba de todo lo que conocía. Y echaba de menos a sus amigos, los pilluelos callejeros de Fukagawa. No llegó a encajar del todo aquí.