Lo acompañó entusiasmada y salieron a la cálida noche veraniega. Cogida de la fuerte mano de Kaoru, sentía una creciente emoción que no alcanzaba a comprender. La llevó a los establos. Los caballos se agitaron al oírlos llegar. El corazón de Akiko dio un vuelco cuando Kaoru la condujo a un compartimento vacío, donde la luna que entraba por la ventana abierta iluminaba el suelo cubierto de paja. Los ojos de Kaoru brillaban con una extraña intensidad.
– ¿Me quieres, Akiko-chan?
– Eh… Sí. -Retrocedió, nerviosa.
Kaoru le cerró el paso hacia la puerta, sonrió y le acarició el pelo.
– No tengas miedo. -Le recorrió el cuerpo menudo con las manos-. Tan joven. Tan hermosa.
Se le escapó un gemido gutural.
– Qui… quiero volver a casa -dijo Akiko, encogiéndose ante su contacto.
Él le desató la faja y le arrancó el quimono. Se abalanzó sobre ella, jadeando como un perro.
– ¿Qué haces,
Atrapada entre él y la paja, Akiko olió su sudor entremezclado con el intenso hedor a estiércol de caballo. Le apestaba el aliento a licor. Forcejeó, y Kaoru le dio un bofetón.
– No te resistas -bramó con voz áspera-. ¡Esto es lo que estabas pidiendo, y ahora lo vas a tener!
Cuando le separó las piernas, Akiko sintió el golpe de su rígida entrepierna. Gritó aterrorizada. La paja le arañaba la piel; su peso la aplastaba. Había oído historias de niñas campesinas, e incluso de parientes de su sexo, violadas por hombres de su clan, pero jamás se había imaginado que pudiera pasarle a ella. Volvió a gritar:
– ¡Socorro!
Kaoru le dio otra bofetada, más fuerte.
– Cállate o te mato.
Después la penetró.
Akiko sintió un dolor abrasador entre las piernas, como si la hubieran atravesado con una espada. Con cada nueva acometida el filo se le hundía más adentro. Akiko estaba cegada por la agonía; sollozaba en silencio. Los caballos se encabritaban y piafaban. La tortura siguió y siguió. Después Kaoru dio un grito. Se retiró y el dolor mitigó. A través de las lágrimas, Akiko lo vio levantarse de encima de ella.
– Oh, no -dijo él, al ver sus manos, su ropa y la paja. Estaba cubierto por una sustancia oscura. Akiko entrevió que era sangre: la suya-. Si le cuentas esto a alguien, te mataré -dijo Kaoru con voz tomada por el pánico-. ¿Me entiendes? ¡Te mataré!
Más tarde, Akiko tuvo vagos recuerdos de yacer desfallecida entre la paja hasta que alguien la encontró por la mañana; de médicos que la obligaban a tragar una amarga medicina. Al cabo de un tiempo se recuperó, pero no del todo. Entre las piernas y en la parte baja de su vientre, donde una vez sintiera placenteros hormigueos durante sus fantasías románticas, el tejido de cicatrización había borrado la sensibilidad.
El tío Kaoru se quedó en la mansión. Akiko jamás dio parte de lo que le había hecho. Si alguien lo suponía, nadie lo castigó nunca. Akiko pasaba los días escondida a solas en su dormitorio con las persianas bajadas. Después, Kaoru partió de repente hacia la provincia de Tosa. El alivio aligeró el peso del terror del que era prisionera. Salió al jardín por primera vez en dos meses. Mientras estaba allí plantada, parpadeando al sol, alguien se puso a su lado.
– Hola, prima.
Dio un respingo involuntario al oír una voz masculina. Después reconoció a su primo de dieciséis años, Shigeru, primogénito del daimio. Aunque los dos habían convivido en la mansión toda su vida, apenas lo conocía: el futuro señor de la provincia de Tosa estaba demasiado ocupado para perder el tiempo con niñas. Akiko vio que aquel esbelto joven de pose abandonada y ojos y boca suaves y húmedos carecía de la brutalidad masculina que tanto temía, pero su rango la intimidaba.
– Vi lo que pasó en el establo. Se lo dije a mi padre, y él echó al tío Kaoru -dijo Shigeru, y le dedicó una sonrisa pícara y obsequiosa-. Pensé que te gustaría saberlo.
Akiko estaba abrumada por la gratitud. Sin que se lo pidiera, la había ayudado cuando a nadie más le importaba. A partir de aquel momento, consagró su vida a Shigeru. Ella necesitaba alguien al que adorar; él necesitaba devoción incondicional. Se hicieron inseparables, y él pasó a ser el beneficiario de su amor. Bajo su protección, Akiko estaba a salvo de otros hombres. El le confiaba sus pensamientos más íntimos: su aversión por la responsabilidad; sus sueños de una vida tranquila consagrada al placer. Y jamás trató de tocarla. Pronto descubrió su pasatiempo favorito: espiar a las mujeres.