Charlie había dicho que sí. Forzosamente tuvo que haberlo dicho. O, por lo menos, había dicho que sí en lo tocante a la fase siguiente, debido a que percibió un leve movimiento de alivio a su alrededor, y, luego, con su consiguiente desencanto, nada más. En el hiperbólico estado de ánimo en que se encontraba, Charlie había imaginado que una platea rebosante de público iba a levantarse rindiéndole una salva de aplausos. Sí, y el agotado Mike hundiría la cara en sus flacas manos y lloraría abiertamente. Y Marty, comportándose como el viejo que a fin de cuentas había demostrado ser, la cogería por los hombros con sus gruesas manos -hija mía, pequeña- y oprimiría su cara erizada de picantes pelillos contra su mejilla. Los jóvenes, sus admiradores de suaves pasos, romperían filas para congregarse a su alrededor y tocarla. Y Joseph la oprimiría contra su pecho. Pero en el teatro de la realidad la gente no se comportaba así, al parecer. Kurtz y Litvak se dedicaban a ordenar papeles y a meterlos en las carteras. Joseph hablaba con Dimitri y con la chica sudafricana, Rose. Raoul se dedicaba a llevarse los restos del té con pastelillos azucarados. Sólo Rachel parecía estar pendiente de lo que le pasaba a la nueva recluta. Tocó el brazo de Charlie y la llevó hacia el descansillo, a un lugar en el que, según dijo Rachel, podría tumbarse cómodamente. Las dos muchachas no habían llegado aún a la puerta cuando Joseph pronunció en voz baja el nombre de Charlie. Joseph la miraba con pensativa curiosidad.
Como si las palabras en sí mismas fueran enigmáticas, Joseph repitió:
- Buenas noches, Charlie.
Con una dolorida sonrisa que bien hubiera podido representar el telón final, Charlie supuso:
- Lo mismo te deseo.
Pero la sonrisa de Charlie no fue el telón que al bajar da fin a la obra. Mientras Charlie seguía a Rachel a lo largo del corredor, tuvo la sorpresa de descubrir que se encontraba en el club londinense de su padre, camino del anexo destinado a las señoras, en donde almorzaría. Charlie detuvo sus pasos, y miró alrededor en un intento de hallar el origen de su alucinación. Y entonces lo oyó. Era el incesante sonido menudo de un teletipo, expulsando las hojas con las últimas cotizaciones de bolsa. Charlie aventuró que quizá proviniera de un cuarto con la puerta entornada. Pero Rachel la empujó hacia adelante, antes de que Charlie tuviera tiempo de confirmar sus sospechas.
Los tres hombres habían vuelto a la habitación con aspecto de sala de estar, desde la cual la parlanchina máquina teletipo les había convocado como si de un cornetín se tratara. Mientras Becker y Litvak miraban, Kurtz, inclinado sobre la mesa, descifraba, con aire de suma incredulidad, el más reciente, el más imprevisto, el más urgente telegrama estrictamente privado enviado desde Jerusalén. Situados a espaldas de Kurtz, los otros dos hombres podían ver la mancha de sudor que se extendía sobre su camisa como una sangrante herida. El operador de la radio se había ido, despachado por Kurtz tan pronto el texto en clave procedente de Jerusalén comenzó a salir impreso. El silencio imperante en la casa era absoluto, y sólo lo quebraba el sonido de la máquina. Si cantaban pájaros o si pasaba tránsito rodado, no lo oían. Sólo percibían los sonidos de comienzo y terminación del teletipo.
Kurtz, para quien jamás nadie trabajaba demasiado, dijo: -En mi vida te he visto trabajar mejor, Gadi.
Kurtz había hablado en inglés, que era el idioma en que llegaba el mensaje de Gavron. Kurtz siguió:
- Magistral, con altas miras, incisivo…
Arrancó una hoja y esperó a que la siguiente quedara impresa. Dijo: -Es cuanto una muchacha a la deriva puede esperar de su salvador. ¿No es así, Shimon?
La máquina volvió a funcionar. Kurtz dijo:
- Algunos de nuestros colegas de Jerusalén ponen en tela de juicio el que yo te haya seleccionado. Entre ellos, el señor Gavron. El señor Litvak, aquí presente, también. Pero yo no. Yo siempre tuve confianza.
Kurtz musitó una leve maldición y arrancó la segunda hoja. Kurtz volvió a hablar:
- Este Gadi es el mejor hombre con quien he tratado jamás, les he dicho. Tiene corazón de león, cabeza de poeta; sí, éstas fueron mis propias palabras. Una vida de violencia no le ha endurecido, dije. ¿Cómo se las arregla esa mujer para manejar a Gadi?
Kurtz volvió la cabeza, inclinándola a un lado, en espera de que Becker le contestara. Becker dijo:
- ¿No te has dado cuenta todavía?
Si Kurtz se había dado cuenta o no, no estaba dispuesto a decirlo. Terminado el mensaje, giró hacia la derecha, en su silla giratoria, manteniendo las hojas en posición vertical, ante su vista, para que la luz, situada a su espalda, diera en ellas. Pero, cosa rara, fue Litvak el primero en hablar. Y Litvak dio rienda suelta a un tenso y estridente estallido de impaciencia que pilló de sorpresa a sus dos colegas. Farfulló:
- ¡Dínoslo! ¿En dónde ha ocurrido? ¡Han puesto otra bomba! Kurtz meneó lentamente la cabeza, y esbozó una sonrisa por primera vez desde que llegó el mensaje. Dijo: