Apenas le interesaba. La necesitaban. La conocían del derecho y del revés. Conocían su fragilidad y su pluralidad. Y a pesar de esto, todavía la querían, la necesitaban. La habían secuestrado a fin de rescatarla. Después de su navegación sin rumbo, se encontraba con la línea recta de aquella gente. Después de todos sus sentimientos de culpa y de todas sus ocultaciones, recibía su aceptación. Después de todas sus palabras, la actuación de aquella gente, su sobriedad, su celo de clara mirada, su autenticidad, su verdadera lealtad, todo lo cual venía a llenar la vaciedad que se abría y chillaba en su interior, como un aburrido demonio, desde siempre, en tanto podía recordar. Era como una pluma en una tormenta, pero, de repente, con pasmado alivio, aquella gente actuaba como un viento impulsor.

Charlie reposó, y dejó que la llevaran, que la asumieran, que se apoderaran de ella. Charlie pensó: «Gracias a Dios, una patria al fin.» Le dijeron: «Interpretarás el papel de ti misma, pero más exageradamente.» Sí, pero ¿cuándo no había interpretado el papel de sí misma? «Serás tú misma, con todos tus falsos alardes, si es que podemos expresarlo así.» Y Charlie pensó: «Expresadlo como queráis.»

Sí, escucho. Sí, lo entiendo.

Habían dado a Joseph el puesto de máxima autoridad en la mesa, en medio. Litvak y Kurtz estaban sentados a uno y otro lado de Joseph, quietos como lunas. Joseph tenía la cara hinchada en los lugares en que Charlie le había golpeado. Sí, tenía una cadena de pequeñas hinchazones a lo largo de su quijada izquierda. Al través de las persianas, peldaños de luz se proyectaban sobre las tablas del suelo y sobre la mesa plegable. Dejaron de hablar.

Charlie le preguntó:

- ¿No ha decidido todavía?

Joseph meneó negativamente la cabeza. La oscura barba de veinticuatro horas marcaba las partes cóncavas de su cara. La luz pendiente del techo revelaba la telaraña de las arrugas alrededor de sus ojos.

Charlie dijo:

- Vuelve a hablarme de la utilidad.

Charlie percibió que el interés de aquellos hombres se tensaba como una cuerda. Litvak tenía sus blancas manos cruzadas ante sí, v contemplaba a Charlie, con la mirada muerta, aunque extrañamente irritada. Kurtz, entrado en años y profético, tenía su cara surcada cubierta de polvillo de plata. Y junto a las paredes, los jóvenes, estaban devotos e inmóviles, como si hicieran cola para recibir la primera comunión.

En un tono impersonal, del que había eliminado todo matiz de teatralidad, Joseph explicó:

- Dicen que salvarás vidas, Charlie.

¿Advirtió Charlie en el tono de las palabras de Joseph cierta renuencia? Si así fue, sólo sirvió para dar mayor gravedad a sus palabras. Joseph siguió:

- Dicen que devolverás los hijos a sus madres y que contribuirás a dar la paz a las gentes pacíficas. Y que mujeres y hombres inocentes vivirán, gracias a ti.

Charlie preguntó:

- ¿Y tú qué dices?

Joseph contestó con voz deliberadamente apagada:

- ¿Y por qué crees que estoy aquí? Para cualquiera de nosotros, lo que hacemos puede ser una labor de sacrificio, una expiación de la vida. Y, para ti… Bueno, quizá tampoco sea tan diferente, para ti.

- ¿Y en dónde estarás?

- Estaremos lo más cerca de ti que podamos.

- Me refería a ti, a Joseph, en singular.

- Estaré cerca de ti, como es natural. Este será mi trabajo.

«Y esto será sólo mi trabajo», decía Joseph. Ni siquiera Charlie pudo interpretar erróneamente el significado de las palabras de Joseph.

Con voz suave, Kurtz intervino:

- Joseph estará siempre contigo, Charlie. Joseph es un excelente profesional, realmente excelente. Por favor, Joseph, háblale del factor tiempo.

Joseph dijo:

- Disponemos de muy poco tiempo. Todas las horas son importantes.

Kurtz seguía sonriendo, como si esperase que Joseph siguiera hablando. Pero Joseph ya había terminado.

Перейти на страницу:

Похожие книги