Y siguió gritándole, sintiendo cómo la fuerza se le iba con el aliento. Vio a Raoul, el hippy con el cabello del color del lino, junto a la puerta, en pie, y también vio que una de las chicas, la africana Rose, se ponía ante la ventana y abría los brazos en cruz, por si acaso a Charlie le diera por saltar a la galería exterior que había abajo. Y Charlie deseó ardientemente perder la razón, con el fin de que todos se apiadaran de ella. Deseó estar loca de atar, para que todos se dispusieran a internarla a la fuerza, en vez de ser una estúpida insensata, actriz de ideas radicales, que se inventaba débiles historias acerca de sí misma a medida que iba hablando, que renegaba de su padre y de su madre, y que predicaba una fe poco convincente, pero que no tenía el valor suficiente para abandonarla, aunque, de todas maneras, ¿con qué podía sustituir dicha fe? Oyó la voz de Kurtz que, en inglés, ordenaba a todos que se mantuvieran quietos. Vio que Joseph volvía la cara y se sacaba un pañuelo del bolsillo con el que se secaba la sangre del labio, haciendo de Charlie tanto caso como hubiera podido hacer de una mal educada niña de cinco años. Charlie volvió a llamarle hijo de mala madre, y volvió a golpearle, aunque esta vez en un lado de la cabeza y con la palma abierta, en un golpe sonoro que le torció la muñeca y le dejó momentáneamente la mano insensible. Pero ahora Charlie estaba agotada y sola, y sólo quería que Joseph le devolviera los golpes.

Desde su silla, con voz tranquila, Kurtz le advirtió:

- Adelante, Charlie, no te prives de nada. Ya has leído a Fanon. La violencia es una fuerza purificadora, ¿no te acuerdas? Nos libera de los complejos de inferioridad, nos quita el miedo, y nos devuelve el respeto hacia nosotros mismos.

A Charlie sólo le quedaba una salida. En consecuencia, la utilizó. Echó los hombros hacia adelante y hundió dramáticamente la cara en las palmas de las manos. Lloró inconsolablemente hasta que Rachel, obedeciendo a un movimiento de la cabeza de Kurtz, abandonó la ventana, se acercó a Charlie y le puso un brazo sobre los hombros, a lo cual Charlie se resistió por unos instantes, y luego cedió.

Mientras las dos muchachas avanzaban hacia la puerta, Kurtz dijo a Rachel:

- Le concedo tres minutos, no más. No puede cambiarse las ropas ni adquirir una nueva identidad. Y la devuelves directamente aquí. Quiero mantener el motor en marcha.

Dirigiéndose a Charlie, Kurtz dijo:

- Charlie, párate, aquí, donde estás. Es sólo un instante. ¡He dicho que te pares!

Charlie se detuvo, pero no dio media vuelta. Se quedó quieta, expresándose con la espalda, mientras se preguntaba doloridamente si Joseph hacía algo a su cortada cara.

Sin condescendencia, desde la silla, Kurtz dijo:

- Has actuado bien, Charlie. Te felicito. Tropezaste y te caíste, y propusiste levantarte. Mentiste, te extraviaste, pero aguantaste las embestidas, y cuando ya no supiste qué hacer, te dio una rabieta y acusaste al mundo entero de todos tus males. Estamos orgullosos de ti. La próxima vez te daremos una historia más verosímil para que tú la cuentes. No tardes en volver. Ahora ya nos queda muy poco tiempo.

En el cuarto de baño, Charlie estuvo llorando con la frente apoyada en la pared, mientras Rachel llenaba de agua la pileta, y Rose se quedaba junto a la puerta, por si acaso.

Mientras disponía el jabón y la toalla, Rachel dijo:

- No sé cómo pudiste vivir en Inglaterra tanto tiempo. Yo estuve allí quince años, y pensaba que me moría. ¿Conoces Macclesfield? Es la muerte. Por lo menos lo es cuando una es judía. Con todas sus manías de clase social, de frialdad y de hipocresía. Macclesfield es el peor lugar del mundo, para un judío; realmente esto es lo que pienso. Solía frotarme la piel con limón, en el baño, porque me decían que tenía la piel grasienta. Oye: no te acerques a esta puerta sola; no, porque tendría que detenerte.

Amanecía y, por lo tanto, era la hora de acostarse. Charlie se encontraba de nuevo en compañía de aquella gente, que era en aquellos momentos lo que más le gustaba. Le habían explicado un poco el asunto de que se trataba, le habían esbozado la historia de la misma manera que una linterna ilumina fugazmente un oscuro pasillo, dando una rápida visión de una parte de lo que hay oculto en él. Imagina, le dijeron, y le hablaron de un amor perfecto que Charlie no conocía.

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