En lo referente al apartamiento de Alastair, digamos que dio lugar, en aquel mismo día, en Londres, a un divertido estrambote a todo lo planeado hasta el presente momento. La escena se produjo, ni más ni menos, en los dominios del pobre Ned Quilley, mientras Charlie todavía dormía profundamente, y Ned se obsequiaba a sí mismo con un pequeño refresco, en la intimidad de su despacho, en vistas a enfrentarse con los rigores del almuerzo. Se encontraba en trance de abrir la botella cuando tuvo el sobresalto de oír un torrente de palabrotas, pronunciadas con fuerte acento celta, masculino, procedentes del cuartito en que trabajaba la señora Longmore, en el piso inferior, torrente de obscenidades que terminó con la exigencia de que la señora Longmore sacara «al viejo chivo de su guarida antes de que vaya yo y personalmente le arrastre de la covacha». Preguntándose cuál sería, entre todos sus excéntricos clientes, el que había decidido tener un ataque de nervios en escocés y antes del almuerzo, Quilley anduvo delicadamente de puntillas hasta la puerta y aplicó el oído. Pero no pudo reconocer la voz. Instantes después se oía un terremoto de pasos, la puerta se abría violentamente, y Quilley vio ante sí la balanceante figura de Long Al, a quien conocía de sus ocasionales visitas al camerino de Charlie, en donde Alastair solía esperar que Charlie terminara la representación, lo cual hacía con la ayuda de una botella, durante los largos períodos de inactividad que el muchacho padecía. Ahora, Alastair iba hecho un cerdo, con barba de tres días, y una borrachera que no se tenía. En su mejor estilo de Pickwick, Quilley intentó preguntar a Alastair cuál era el motivo de aquel escándalo, pero más le hubiera valido ahorrarse el aliento. Además, Quilley había vivido bastantes escenas de aquel mismo tipo, en sus buenos tiempos, y la experiencia le había enseñado que lo mejor era hablar lo menos posible.

De forma harto halagüeña, Alastair comenzó diciendo, meneando el dedo índice bajo las mismísimas narices de Quilley:

- ¡Viejo y despreciable mariconazo, mezquino e intrigante simio, te voy a partir el pescuezo!

Quilley dijo:

- ¿Y con qué motivo, mi querido amigo?

Desde el piso inferior, la señora Longmore gritó:

- ¡Ahora mismo llamo a la policía, señor Quilley! ¡Estoy ya marcando el nueve, nueve, nueve!

Severamente, Quilley dijo:

- O se sienta usted y explica inmediatamente el motivo de su visita o la señora Longmore llamará a la policía.

La señora Longmore, que en alguna que otra ocasión había tenido que actuar de forma semejante, gritó:

- ¡Estoy llamando!

Alastair se sentó. Quilley, altivo dominador de la situación, dijo:

- Bien, bien… Creo que una buena taza de café no le sentará mal, mientras me explica qué he podido hacer para ofenderle.

La lista de agravios era larga. Quilley los había engañado. En beneficio de Charlie. Había fingido la existencia de una imaginaria empresa cinematográfica. Había conseguido que alguien mandara telegramas a Mikonos. Había urdido una conspiración con astutos amigos de Hollywood. Había comprado billetes de avión. Y todo para dejar a Alastair en ridículo ante sus amigos. Y para conseguir que se apartara de Charlie.

Poco a poco, Quilley se enteró de la historia. Una empresa cinematográfica de Hollywood, llamada Pan Talent Celestial, había llamado por teléfono, desde California, a su representante en Inglaterra, diciéndole que su principal actor había caído enfermo, y que pedían que se hicieran pruebas inmediatamente a Alastair, en Londres. Estaban dispuestos a pagar lo que fuera, con tal de que Alastair acudiera, y cuando supieron que se encontraba en Grecia mandaron un cheque de mil dólares al agente en Londres. Alastair regresó a toda velocidad, y estuvo esperando impacientemente durante una semana, sin que le hicieran prueba alguna. Los telegramas decían: «ESPERE.» Y todo se desarrolló mediante telegramas, lo cual no dejaba de ser curioso. Otro telegrama decía: ((PREPARATIVOS EN MARCHA.» Nueve días después, cuando Alastair ya se encontraba en un estado rayano con la demencia, recibió instrucciones para presentarse en los Shepperton Studios, y preguntar por cierto Pete Vychinsky, en el estudio D.

No había tal Vichinsky en lugar alguno. No había tal Pete.

El agente de Alastair llamó al teléfono de Hollywood. La telefonista le dijo que Pan Talent Celestial había cancelado su abono telefónico. El agente de Alastair llamó a otros agentes. Nadie había oído hablar de Pan Talent Celestial. Tragedia. La lógica de Alastair, que era tan buena como la de cualquier mortal, en el curso de dos días de borrachera, y después de hacer balance de lo que le quedaba de los mil dólares de gastos, le había inducido a concluir que la única persona que tenía motivos y habilidad suficiente para jugarle tan mala pasada era Ned

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