Charlie iba desnuda. Poniéndose la sábana junto a la barbilla, se incorporó cautelosamente, quedando sentada en la cama. Una semana atrás, en la playa, Joseph hubiera podido estudiar el cuerpo de Charlie cuanto hubiera querido. Sí, pero de ello hacía va una semana. Joseph dijo:

- Apréndete de memoria todo lo que veas en este cuarto. Somos amantes en secreto, y éste es el dormitorio en el que hemos pasado la noche. Si, la cosa pasó así: nos reunimos en Atenas, vinimos a esta casa y la encontramos desierta. Sin Marty, sin Mike, sin nadie; sólo tú y yo.

- ¿Y tú quién eres?

- Aparcamos el automóvil donde lo aparcamos. Cuando llegamos, había una luz en el porche. Abrí la puerta, y, cogidos de la mano, subimos corriendo la ancha escalinata.

- ¿Y el equipaje qué?

- Dos piezas. Mi cartera de negocios, y tu bolsa de viaje. Yo llevé las dos piezas.

- En este caso, ¿cómo te las arreglaste para cogerme la mano?

Charlie pensó que quizá se estaba excediendo con sus preguntas, pero la precisión de las mismas pareció agradar a Joseph, quien dijo:

- Llevaba la bolsa para colgar del hombro, con la correa rota, debajo del brazo derecho, y la cartera en la mano del mismo lado. Yo iba a tu derecha, y mi mano izquierda estaba libre. Encontramos el cuarto exactamente tal como está ahora, con todo dispuesto. Tan pronto hubimos cruzado la puerta nos abrazamos. No podíamos contener nuestro deseo ni un segundo más.

En dos pasos, Joseph se acercó a la cama, y comenzó a buscar por entre las revueltas sábanas, hasta que encontró la blusa de Charlie, que sostuvo ante la cara de ésta para que la viera. Estaba desgarrada en la parte correspondiente a todos sus ojales, y faltaban dos botones.

Joseph dijo:

- Frenesí. -Y lo dijo como si «frenesí» fuera el nombre del día de la semana, con la misma indiferencia. Añadió-: ¿Es ésta la palabra adecuada?

- Es una de las palabras adecuadas.

- Bueno, pues frenesí.

Echó la blusa a un lado y se permitió sonreír levemente. Dijo: -¿Quieres café?

- Me parece una estupenda idea.

- ¿Pan? ¿Yogur? ¿Aceitunas?

- Sólo café.

Joseph había ya llegado a la puerta, cuando Charlie le dijo en voz más alta:

- Lamento mucho haberte raptado, Joseph. Hubieras debido montar una de esas contraofensivas que montan los israelíes y derrotarme antes de que se me ocurriera la idea.

La puerta se cerró, y Charlie oyó los pasos de Joseph alejándose por el pasillo. Charlie se preguntó si algún día volvería. Sintiéndose absolutamente irreal, saltó cautelosamente de la cama. «Es una pantomima», pensó. Trenzas de oro, en la cueva de los osos. Las pruebas de su imaginaria noche de amor se encontraban en todas partes: una botella de vodka, de la que faltaba un tercio del líquido, flotando en el agua de una cubitera, dos vasos usados, dos cuencos con fruta, dos platos con restos de tarta de manzana y semillas de uvas, el blazer rojo sobre una silla, la elegante cartera de cuero negro, con bolsillos a los lados, que formaba parte del equipo de virilidad de todo joven ejecutivo que se precie, colgando de la puerta un kimono de karate, Hermes de París, también de Joseph, de gruesa seda negra. En el cuarto de baño, el neceser de colegiala de Charlie, de piel de becerro, junto a sus esponjas. Charlie podía elegir entre dos toallas, eligió la que estaba seca. Cuando examinó su caftán azul pudo comprobar que era relativamente lindo, de gruesa tela de algodón, con el cuello púdicamente alto, y teniendo todavía, dentro, el papel de seda de la tienda, que era Zelide, Roma y Londres. La ropa interior era propia de una fulana cara, negra y de la medida de Charlie. En el suelo había una bolsa para llevar colgada al hombro, nueva, de cuero, y un par de elegantes sandalias sin tacón. Se probó una Le sentaba a la perfección. Charlie se vistió, y estaba cepillándose el cabello cuando Joseph regresó al dormitorio con una bandeja en la que llevaba el café. Joseph podía moverse pesadamente, y también podía moverse con tal levedad que parecía que la película se había quedado sin banda sonora. Era una persona dotada de una amplia gama de pesos y levedades.

Mientras depositaba la bandeja en la mesa, Joseph observó:

- Tienes un aspecto excelente, hoy.

- ¿Excelente?

- Estás hermosa, encantadora, radiante. ¿Has visto las orquídeas?

No, pero las vio ahora, y el estómago de Charlie dio un vuelco de manera parecida al que había dado en la Acrópolis. Vio las hojas doradas y rojizas, con un envoltorio blanco, junto a un jarrón. Despacio, Charlie terminó de cepillarse el cabello, cogió el envoltorio, v se lo llevó al diván en el que se sentó. Joseph siguió de pie. Del envoltorio, Charlie extrajo una sencilla tarjeta con las palabras «Te quiero», escritas con caligrafía inclinada, poco inglesa, y con la conocida firma «M».

- ¿Qué te recuerda?

Secamente, después de haber efectuado demasiado tarde la conexión de recuerdos, Charlie repuso:

- Lo sabes muy bien.

- Pues dímelo.

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