- Minutos antes de que se levantara el telón te dejaron en la puerta de artistas unas orquídeas doradas y castañas, con una nota dirigida a Joan, Juana, que decía: «Joan, te quiero infinito.»

- No hay puerta de artistas.

- Hay una puerta trasera para entregar material de escenario. Tu admirador llamó a la puerta y dejó las orquídeas en manos de un portero, un tal señor Lemon, juntamente con un billete de cinco libras. El señor Lemon quedó debidamente impresionado por semejante propina, y prometió entregarte las orquídeas al instante. ¿Lo hizo?

- Entrar en los camerinos de las señoras sin anunciarse previamente es la especialidad de Lemon.

- Muy bien. ¿Y qué hiciste al recibir las orquídeas?

Charlie, después de dudar, preguntó:

- La firma era «M».

- Efectivamente. ¿Qué hiciste?

- Nada.

- Tonterías.

Charlie, picada, contestó:

- ¿Qué iba a hacer? Faltaban diez segundos para que me llamaran a escena.

Un camión cubierto de polvo avanzaba velozmente hacia ellos, invadiendo su carril. Con mayestática indiferencia, Joseph metió el Mercedes en el suave margen de la carretera y aceleró para evitar el patinazo. Dijo:

- O sea que arrojaste unas orquídeas que valían treinta libras a la papelera, encogiste los hombros y saliste a escena. Perfecto, te felicito.

- Las puse en agua.

- ¿Y dónde pusiste el agua?

La imprevista pregunta tuvo la virtud de avivar la memoria de Charlie:

- Una jarra pintada. Por las mañanas, el teatro Barrie es una escuela de artes plásticas.

- Es decir, encontraste una jarra, la llenaste de agua pusiste las orquídeas en el agua. Bien. ¿Y qué era lo que sentías mientras hacías esto? ¿Te sentías impresionada? ¿Excitada?

La pregunta pilló a Charlie en un momento de indefensa desorientación:

- Pues seguí la comedia. -Y soltó una risita, sin quererlo. Luego añadió-: Esperé a ver quién venía a visitarme.

Se habían detenido ante un semáforo. La quietud creó una nueva intimidad. Joseph preguntó:

- Y el «te amo», ¿qué?

- Esto es teatro, ¿no? En el teatro todo el mundo ama a todo el mundo, en algún momento u otro. Sin embargo, el «infinitamente» me gustó. Si, era una demostración de clase.

La luz del semáforo cambió, y reanudaron la marcha.

- ¿No se te ocurrió examinar al publico a ver si había algún conocido?

- No tenía tiempo.

- ¿Y en el entreacto?

- En el entreacto miré, pero no vi a conocido alguno.

- Y después de la representación, ¿qué hiciste?

- Regresé a mi camerino, me cambié, esperé un poco. Pensé: «¡Al cuerno!», y me fui a

casa.

- Al decir «a casa», ¿quieres decir al hotel Astral Commercial, cerca de la estación del ferrocarril?

Charlie había perdido, hacía ya tiempo, la capacidad de que Joseph la sorprendiera. Repuso:

- Sí, «casa» significa el Astral Commercial, cerca de la estación.

- ¿Y las orquídeas?

- Me las llevé al hotel.

- Sin embargo, no preguntaste al señor Lemon cómo era la persona que te había obsequiado con las orquídeas.

- Lo hice al día siguiente. No la misma noche.

- ¿Y qué te contestó el señor Lemon?

- Me dijo que era un caballero extranjero, pero respetable. Le pregunté la edad. Me dirigió una sonrisa picaresca y repuso que tenía la edad adecuada. Intenté recordar a un M extranjero, pero no lo conseguí.

- ¿En toda tu colección de individuos no encontraste ni un solo M extranjero? Me defraudas.

- Ni uno.

Los dos sonrieron durante un breve instante, pero no se sonrieron el uno al otro.

- Bueno, Charlie, y ahora pasemos al segundo día, el sábado, con sus dos sesiones.

- Sí, allí estuviste tú, en medio de la primera fila, con tu blazer rojo, la mar de elegante, rodeado de sucios colegiales, todos tosiendo y yendo al retrete cada dos por tres.

Irritado por la ligereza de la contestación de Charlie, Joseph condujo en silencio, centrando su atención en la carretera durante un rato. Y cuando Joseph volvió a la carga con sus preguntas, lo hizo con unos acentos preocupados que tenían su reflejo en el gesto de cejas fruncidas, un poco al estilo de un maestro de escuela. Dijo:

- Me gustaría que me dijeras con exactitud cuáles eran tus sentimientos, Charlie. Es media tarde, la sala recibe un poco de luz del día debido a la mala calidad de las cortinas. Antes parece que estamos en un aula grande que en una sala teatral. Yo me encuentro en primera fila, tengo aspecto claramente extranjero, o, por lo menos, modales extranjeros, con ropas extranjeras. Se me ve de una forma muy destacada, allí, rodeado de colegiales. Tú tienes la descripción que Lemon dio de mí y, además, yo no aparto la vista de ti ni un instante. ¿No sospechaste en momento alguno que yo era el que te había obsequiado con las orquídeas, el extraño individuo que se firmó «M» y que dijo amarte infinitamente?

- Naturalmente. Es más: lo sabía de cierto.

- ¿Cómo? ¿Buscaste la confirmación de Lemon?

- No hacía falta. Lo sabía de cierto. Te vi allí, mirándome, y pensé: «Mira, es éste.» Fueses quien fueres. Después, cuando bajó el telón dando fin a la primera sesión, y tú te quedaste en el asiento y sacaste la entrada de la segunda representación…

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