- Mucho me temo que no permito fumar en el dormitorio. En el restaurante de Atenas te permití fumar porque soy tolerante. Incluso en el Mercedes te permito fumar de vez en cuando. Pero en el dormitorio jamás. En el caso de que anoche tuvieras sed, bebiste agua del grifo. -Comenzó a ponerse el blazer rojo y preguntó-: ¿Te fijaste en el ruido que producía el grifo?
- No.
- Pues en este caso, el grifo no hizo ruido. A veces hace ruido y otras veces no.
Mirándole fijamente, Charlie dijo:
- Es un árabe, ¿verdad? Es el típico árabe machista. Y el automóvil que llevas se lo robaste a él.
Joseph cerraba la cartera de hombre de negocios. Se irguió y la miró fijamente durante un segundo, en parte de una manera calculadora y, en parte, como Charlie no pudo dejar de advertir, rechazándola. Joseph repuso:
- Bueno, yo diría que es algo más que un árabe. Y es algo más que machista. No es vulgar en manera alguna, y menos desde tu punto de vista. Acércate a la cama, por favor.
Joseph esperó en silencio, mirando fijamente a Charlie, hasta que éste llegó al lado de la cama. Entonces dijo:
- Mete la mano debajo de mi almohada. Despacio… ¡Con cuidado! Duerme siempre en el lado derecho.
Cautelosamente, obedeciendo la orden de Joseph, Charlie metió la mano bajo la almohada, que imaginó oprimida por el peso de la cabeza de Joseph.
- ¿Lo has encontrado? Ya te dije que tuvieras cuidado.
- Si, Joseph.
Charlie lo había encontrado.
- Levántala con cuidado. No tiene el seguro puesto. Michel no tiene la costumbre de avisar, antes de disparar. La pistola es como nuestro hijo. Comparte la cama con nosotros. La llamamos «nuestro hijo». Incluso cuando hacemos apasionadamente el amor jamás tocamos esa almohada y jamás olvidamos qué hay debajo de ella. Esta es la manera en que vivimos. ¿Te das cuenta de que no soy vulgar?
Charlie miró la pistola que sostenía en la palma de la mano. Era pequeña, de color castaño y de bonitas proporciones. Joseph preguntó:
- ¿Has manejado alguna vez un arma como ésta?
- A menudo.
- ¿Dónde? ¿Contra quién?
- En el escenario, noche tras noche.
Charlie entregó la pistola a Joseph y vio cómo se la metía en un bolsillo del blazer tan tranquilamente como si fuera el billetero. Detrás de Joseph, Charlie bajó la escalera. La casa estaba desierta y sorprendentemente fría. El Mercedes esperaba en el patio. Al principio, Charlie sólo quería irse, ir a cualquier sitio, salir, ir hacia la carretera y hacia la compañía entre los dos. La pistola le había atemorizado y Charlie necesitaba moverse. Pero en el momento en que el automóvil comenzó a alejarse a lo largo del sendero, algo indujo a Charlie a volver la vista atrás y a mirar el resquebrajado yeso amarillento, las rojas flores, las ventanas cerradas, y las viejas tejas rojas. Y se dio cuenta, demasiado tarde, de lo bonito que era aquello, de lo acogedor que le parecía precisamente en el momento en que se iba. Decidió: «Es la casa de mi juventud, de una de las muchas juventudes que jamás he tenido. Es la casa de la que nunca salí para casarme. Si, Charlie vestida de blanco y no de azul, con mi madre llorando, y yo diciendo adiós a todo eso.»
En el momento en que el automóvil se unía al torrente circulatorio de la tarde, Charlie preguntó:
- ¿Existimos también nosotros? ¿O sólo existen los otros dos? Una vez más, Joseph dejó pasar cierto tiempo, antes de contestar. Por fin dijo:
- Claro que existimos. ¿Por qué no vamos a existir?
Y esbozó su encantadora sonrisa, aquella sonrisa que hubiera inducido a Charlie a hacer cualquier cosa. Joseph dijo:
- Somos berkeleyanos, ¿sabes? Si nosotros no existiéramos, ¿cómo podrían existir los otros dos?
Charlie se preguntó qué diablos era un berkeleyano. Pero su orgullo le impidió preguntarlo.
Joseph llevaba veinte minutos, de acuerdo con el reloj de cuarzo del salpicadero, sin decir palabra. Sin embargo, Charlie no había advertido que Joseph se relajara, sino antes bien algo parecido a una preparación para pasar al ataque.
De repente, Joseph dijo:
- Bueno, Charlie, ¿estás dispuesta?
- Si, Joseph, estoy dispuesta.
- El día veintiséis de junio, viernes, tú estabas interpretando la Santa Juana, en el teatro Barrie de Nottingham. Pero tú no actuabas con tus compañeros habituales. Llegaste en el último instante para sustituir a una actriz que había incumplido su contrato. Llegas tarde, la iluminación aún no es completa, te has pasado el día entero ensayando, y dos actores padecen gripe. Por el momento, ¿recuerdas claramente todo lo anterior?
- Vívidamente.
Desconfiando de la ligereza con que Charlie había contestado, Joseph le dirigió una mirada inquisitiva, pero, al parecer, nada censurable descubrió. Oscurecía rápidamente, pero la concentración de Joseph tenía la fuerza inmediata de la luz solar. Charlie pensó: «Está en su elemento; esto es lo mejor que hace en su vida; este impulso implacable es la explicación que hasta el momento faltaba.»