Charlie dirigió una furtiva mirada a Joseph, y vio que éste tenía la vista fija en el horizonte, cual si contemplara a un enemigo. Bajó la vista al paquete y volvió a mirar a Joseph. Metió un dedo en el sobre y lo desgarró. Era la misma roja caja de joyero, aunque más pesada. Vio un pequeño sobre blanco, sin cerrar, con una tarjeta blanca en su interior. En la tarjeta leyó: «Para Joan, espíritu de mi libertad. Eres fantástica. Te quiero.» La caligrafía era inconfundible, pero la firma, en lugar de «M» era «Michel», palabra escrita en letras grandes, con el trazo final de la «l» retrocediendo, alargado, para dar mayor importancia al nombre. Charlie cogió la caja y sintió un suave y excitante golpe en su interior.
Con cómicos acentos, Charlie dijo:
- ¡Santo Dios!
Pero no consiguió con ello aliviar la tensión que la embargaba, ni la que embargaba a Joseph. Charlie dijo:
- ¿La abro? ¿Qué hay dentro?
- ¿Cómo voy a saberlo? Haz lo que debes.
Charlie levantó la tapa. Sobre el forro de satén reposaba un grueso brazalete de oro con piedras azules.
En voz baja, Charlie exclamó:
- ¡Cristo! -Cerró bruscamente la caja y dijo-: ¿Y qué debo hacer para ganarme esto?
Inmediatamente, Joseph dijo:
- Muy bien, ya tenemos tu primera reacción. Echas una ojeada, sueltas una exclamación irreverente, y cierras la caja. Acuérdate. Recuérdalo con toda exactitud. Esta fue tu reacción, a partir de ahora, y nunca debes variarla.
Charlie volvió a abrir la caja, cogió cautelosamente el brazalete y lo sopesó en la palma de la mano. Pero Charlie carecía de experiencia en lo tocante a joyería, como no fuera la de las piedras falsas que lucía en escena. Preguntó:
- ¿Es auténtico?
- Desgraciadamente no tienes aquí peritos que puedan darte su dictamen. Decide por ti misma.
Por fin, Charlie decidió:
- Es antiguo.
- Muy bien, has decidido que es antiguo.
- Y pesado.
- Pesado y antiguo. No es una baratija de árbol de Navidad, no es una chuchería para una niña, sino que es una joya verdadera. ¿Qué haces a continuación?
La impaciencia de Joseph los distanciaba. Charlie estaba pensativa y alterada, en tanto que Joseph actuaba rigiéndose por el sentido práctico. Charlie estudió las marcas de fabricación y de quilates, pero nada entendía de ello. Rascó el metal levemente, y advirtió que era aceitoso y suave.
- Te queda muy poco tiempo, Charlie. Tienes que salir a escena dentro de un minuto, dentro de treinta segundos. ¿Qué haces? ¿Lo dejas en tu camerino?
- ¡No!
- Te llaman a escena. Debes ir allá. Debes decidir.
- ¡Deja ya de apremiarme! Se lo doy a Millie para que me lo guarde. Millie es otra actriz que me sustituye de vez en cuando. Sabe improvisar.
La idea de Charlie no pareció gustar ni pizca a Joseph.
- Pero tú no confías en ella.
Charlie se hallaba próxima a la desesperación. Dijo: -Lo escondo en el retrete. Detrás de la cisterna.
- ¿No te parece demasiado fácil?
- Lo pongo en la papelera y lo cubro con papeles.
- Cabe la posibilidad de que entre alguien y vacíe la papelera. Medita.
- ¡Joseph, déjame en paz de una maldita vez! ¡Si! ¡Lo pongo detrás de los botes de maquillaje! ¡Eso! En una de las estanterías altas, a las que nadie ha quitado el polvo en no sé cuántos años.
- Excelente. Lo pones en el fondo de la estantería y vas corriendo a escena. Tardíamente. Te dicen: «Charlie, Charlie, ¿dónde estabas?» Y se levanta el telón. ¿No es así?
- Si, de acuerdo.
Y, acto seguido, Charlie soltó un gran suspiro.
Joseph preguntó:
- ¿Y qué sientes ahora? ¿Acerca del brazalete y de quien te lo ha regalado?
- Bueno, pues me siento aterrada.
- ¿Y por qué estás aterrada?
- Pues porque no puedo aceptarlo. Es valioso, representa dinero.
- Pero lo has aceptado. Has firmado el recibo y has ocultado la joya.
- Sólo hasta el final de la representación.
- ¿Y qué harás luego?
- Lo devolveré.
Relajándose un poco, Joseph exhaló un suspiro de alivio, como si Charlie, por fin, hubiera demostrado la tesis propuesta por él. Dijo:
- Y entretanto, ¿qué sientes?
- Me siento pasmada. Hecha trizas. ¿Qué quieres que sienta?
- El se encuentra a pocos metros de ti, Charlie, con la mirada apasionadamente fija en ti. El asiste por tercera vez consecutiva a tu interpretación de la obra. Te ha mandado orquídeas y una joya, y te ha dicho dos veces que te ama. En una ocasión te ha dicho solamente que te ama, y en la otra te ha dicho que te ama infinitamente. Y es un hombre apuesto. Mucho más apuesto que yo.
Llevada por la irritación, Charlie hizo caso omiso, por el momento, de la constante intensificación de la autoridad de Joseph, al describir al admirador en cuestión. Sintiéndose atrapada y, al mismo tiempo, un poco tonta, Charlie repuso:
- Me dejo llevar por mis impulsos.
La propia Charlie apostilló secamente:
- Lo cual no significa que el individuo en cuestión haya ganado la partida.