Cuidadosamente, como si no quisiera perturbar a Charlie, Joseph puso en marcha el automóvil. La luz del día había muerto, y el tránsito había disminuido hasta convertirse en intermitentes filas de rezagados. Estaban siguiendo la costa del golfo de Corinto. Por el agua plomiza del mar, una fila de sucios petroleros avanzaban hacia el oeste, como si fueran magnéticamente atraídos por el sol, ya puesto. Por encima de ellos, una cadena montañosa destacaba en oscuro a la luz del último ocaso. La carretera se bifurcó, y comenzaron el largo ascenso, curva tras curva, hacia el cielo vacío.

Joseph dijo:

- ¿Recuerdas cuánto te aplaudí? ¿Recuerdas que me puse en pie y estuve en pie para aplaudirte, cuantas veces se alzó el telón?

«Sí, Joseph, me acuerdo.» Pero Charlie no tenía la suficiente confianza en sí misma para decirlo en voz alta. Joseph dijo:

- Bueno: en este caso también te acuerdas del brazalete.

Si., se acordaba. Un ejercicio de imaginación destinado únicamente a él, un regalo de correspondencia a su apuesto y desconocido benefactor. Terminada la obra, Charlie saludó cuantas veces fue preciso, y tan pronto quedó libre fue corriendo a su camerino, sacó el brazalete de su escondrijo, se quitó el maquillaje a toda velocidad, y se vistió de calle para ir a su encuentro, al encuentro de aquel hombre.

Pero, después de haberse plegado a la versión que Joseph había dado de los hechos, hasta el presente momento, Charlie se retrajo bruscamente de seguir haciéndolo, en el instante en que cierto sentido de la corrección acudió en su ayuda. Dijo:

- Oye, un momento, por favor. ¿Y por qué el caballero en cuestión no viene a mi encuentro? Es él quien tiene la iniciativa. ¿Por qué no me quedo yo en mi camerino, esperando tranquilamente a que el caballero aparezca, en vez de internarme en la selva, en su busca?

- Quizá el caballero carezca de la intrepidez precisa. Te admira y te teme… ¿Por qué no ha de ser así? A fin de cuentas, tú le has dejado totalmente trastabillado.

- Bueno, pero ¿por qué no me quedo esperando, aunque sólo sea un ratito, a ver qué

pasa?

- Charlie, ¿qué intentas expresar? ¿Qué es lo que mentalmente le dices al señor en cuestión?

En tono remilgado, Charlie repuso:

- Pues le digo: «Llévese esto; yo no puedo aceptarlo.»

- Muy bien. En este caso te arriesgas a que el señor en cuestión se desvanezca en la noche, para no reaparecer jamás, dejándote con este valioso obsequio que tu sinceramente no quieres aceptar.

De mala gana, Charlie accedió a ir al encuentro del caballero. Joseph le preguntó:

- Pero ¿dónde esperas encontrarle? ¿En qué lugar le buscas, primeramente?

La carretera estaba desierta, pero Joseph conducía despacio a fin de que el pasado reconstruido no quedara excesivamente influido por el presente.

Antes de haber pensado seriamente la respuesta, Charlie contestó:

- Pues hubiera salido por la puerta trasera y me hubiera plantado en la delantera, a fin de encontrarle en el vestíbulo.

- ¿Y por qué no ir a su encuentro en el mismo teatro?

- Pues porque hubiera tenido que abrirme paso por entre la muchedumbre. Y él ya hubiera salido mucho antes de que yo pudiese alcanzarle.

Joseph meditó esta respuesta y dijo:

- En este caso, necesitas el impermeable.

Una vez más, Joseph estaba en lo cierto. Charlie había olvidado que, en aquella noche, llovía en Nottingham, y que cayó chaparrón tras chaparrón, durante toda la representación. Charlie volvió a comenzar la historia. Después de haberse cambiado las ropas a velocidad de rayo, se puso encima su nuevo impermeable -el largo impermeable francés comprado en unas liquidaciones-, se abrochó el cinturón, y salió velozmente a la calle, bajo la lluvia, recorrió la calleja, dobló la esquina, y se situó en la parte delantera del teatro.

Joseph la interrumpió:

- Y encontraste a casi todo el público, o por lo menos la mitad, atestado bajo la marquesina, esperando que escampara. ¿Por qué sonríes?

- Necesito llevar el pañuelo amarillo en la cabeza, ya sabes, el pañuelo Jaeger que llevaba en el anuncio de la televisión.

- En este caso también debemos advertir que, incluso a pesar de tus prisas para desembarazarte del señor en cuestión, no te olvidas de tu pañuelo de cabeza. Bueno: el caso es que Charlie, con su pañuelo de cabeza y su impermeable, sale corriendo bajo la lluvia, en busca de su enamorado. Llega a la atestada marquesina. ¿Va, quizá, gritando: «¡Michel, Michel!»? ¿Si? Precioso. Sin embargo, Charlie grita en vano. Michel no está. Entonces, ¿qué hacemos?

- Oye, ¿escribiste esto, Joseph?

- Da igual, no te preocupes por esto.

- ¿Y regreso a mi camerino?

- ¿Y no se te ocurre mirar la sala?

- Bueno, sí, de acuerdo.

- ¿Y por dónde entras?

- Por la entrada de platea, que es donde tú estabas sentado.

- Yo no, Michel. Vas a esta entrada, empujas la puerta, y, ¡viva!, la puerta se abre, debido a que el señor Lemon no la ha cerrado todavía. Entras en la vacía platea, caminas despacio a lo largo del pasillo.

En voz baja, Charlie dijo:

- Y allí está el tipo. ¡Dios, qué cachondo es esto!

Sí, pero da juego.

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