¿Por que? (Es que ya desconfías de ti misma? ¿Acaso no te sientes ya responsable de lo que me ocurre? Un muchacho joven como yo, tan apuesto, tirando el dinero en orquídeas y en joyas caras…
- ¡Claro que si! ¡Y te lo he dicho ya!
En tono de impaciencia, Joseph insistió:
- Pues dímelo. Protégeme. Sálvame de los maleficios de mi enamoramiento.
- ¡Es lo que intento!
- Este brazalete me ha costado cien libras, e incluso tú puedes adivinarlo. Desde tu punto de vista, quizá miles de libras. Quizá yo lo haya robado para poder ofrecértelo. Quizá haya matado. Tal vez haya malbaratado mi herencia. Todo por ti. ¡Estoy hechizado, Charlie! ¡Entontecido! ¡Sé caritativa! ¡Ejerce tu poder!
Charlie, en la pantalla de su imaginación, se había colocado al lado de Michel, sentada en la butaca contigua. Con las manos prietamente unidas, la una contra la otra, en su regazo, se inclinaba ansiosamente hacia Michel para hacerle entrar en razón. Era para él como una niñera, como una madre. Una amiga.
- Pues voy y le digo que quedaría muy defraudado si me conociera de veras.
- Dilo con las palabras exactas.
Charlie efectuó una profunda inhalación, y se lanzo:
- Oye, Michel: soy una muchacha normal y corriente. Llevo medias rotas, tengo en descubierto la cuenta corriente y puedes tener la absoluta certeza de que no soy Juana de Arco. No soy virgen, no soy soldado, y Dios y yo no hemos intercambiado ni media palabra desde que me expulsaron del colegio por…
Charlie meditó un instante y dijo:
- No, esto no lo diría. Diría: soy Charlie, una desvergonzada chica occidental.
- Excelente. Prosigue.
- Michel, tienes que salir del atolladero en que te has metido. Y estoy haciendo todo lo posible para ayudarte a ello. Por lo tanto, toma el regalo, conserva tu dinero y conserva también tus ilusiones. Y muchas gracias. De veras, muchas gracias. Considera que este asunto está ya acabado.
Tozudo, Joseph insistió:
- Pero tú no quieres que conserve sus ilusiones. ¿Si o no?
- ¡Bueno, pues que se quede sin ilusiones!
- En este caso, ¿cómo termina la cosa?
- Pues terminó pura y simplemente. Dejé el brazalete en la butaca contigua a la suya y me fui. Muchísimas gracias, y adiós muy buenas. Si voy corriendo hasta la parada del autobús, llegare a tiempo para comer el pollo frío con sabor a plástico que dan en el hotel Astral.
Joseph quedó aterrado. Así lo expresaba su cara, y, por otra parte, su mano izquierda abandonó el volante y trazó un ademán de austera súplica:
- Pero, Charlie, ¿cómo puedes hacer esto? ¿No te das cuenta de que me abandonas y que quizá me suicide? ¿Que quizá me pase la noche entera vagando bajo la lluvia por las calles de Nottingham? ¿A solas? ¿Mientras tú reposas junto a mis orquídeas, en la calidez y la elegancia del hotel Astral?
- ¡Elegancia! ¡Incluso las malditas pulgas están húmedas en el hotel ese!
- ¿Es que no tienes sentido de la responsabilidad? ¿Tú, nada menos que tú, la defensora de los oprimidos, tú tienes sentido de la responsabilidad con respecto a un muchacho al que has enloquecido con tu belleza, tu talento y tu pasión revolucionaria?
Charlie intentó refrenar a Joseph, pero éste no le dio la oportunidad de hacerlo. Joseph
dijo:
- Charlie, tú eres una muchacha con corazón. Otros pensarán, en los presentes momentos, que Michel es un refinado seductor. Pero tú no piensas eso. Tú tienes fe en los seres humanos. Y ésta es la razón por la que esa noche estás con Michel. Sin pensar en ti misma, has quedado sinceramente afectada por Michel.
Ante ellos, un pueblecito medio derruido marcaba la cumbre de su ascenso. Charlie vio las luces de una taberna, al borde de la carretera.
Después de dirigir una rápida mirada de valoración a Charlie, Joseph prosiguió:
- De todas maneras, tu reacción en aquel momento concreto carece de importancia, debido a que, por fin, Michel decide dirigirte la palabra. Con agradable y suave acento, en parte francés y en parte correspondiente a otro idioma, Michel se dirige a ti, sin dar muestras de timidez ni de inhibición. Dice que no tiene el menor interés en discutir, dice que tú representas cuanto él ha podido soñar en su vida que desea ser tu amante, a ser posible a partir de esta misma noche, y te llama Joan, a pesar de que tú le dices que te llamas Charlie. Si aceptas cenar en su compañía y si después de cenar sigues deseando no volver a verle nunca más, pensará en la posibilidad de aceptar que le devuelvas el brazalete. Pero tú le dices que no, que debe aceptar ahora mismo que se lo devuelvas, debido a que ya tienes amante y a que, además, no sea ridículo, ya que, ¿dónde se puede cenar, en Nottingham, a las diez y media de una noche lluviosa? ¿Dirías esto? ¿Te parece certero?
Negándose a mirar a Joseph, Charlie reconoció:
- Sí, aquella ciudad es así.
- ¿Y en cuanto a la cena? ¿En realidad dirías textualmente que cenar es un sueño imposible?
- Siempre queda el recurso de los restaurantes chinos, o del pescado con patatas fritas.
Joseph advirtió:
- Sin embargo, con tus palabras ya has hecho una peligrosa concesión.