Picada, Charlie preguntó:
- ¿Ah, sí? ¿Cómo?
- Le has puesto una objeción de carácter práctico. Le has dicho: No podemos cenar juntos debido a que no hay ningún restaurante abierto.» Es algo muy parecido a que le hubieras dicho: «No podemos acostarnos juntos debido a que no tenemos cama a nuestra disposición.» Michel se da perfecta cuenta de ello. Y se las arregla para intentar superar tus dudas. Si, Michel conoce un sitio, y ya ha tomado las medidas precisas para poder ser atendido en tal sitio. De modo y manera que sí, podemos cenar. En este caso, ¿por qué no cenar?
Joseph apartó el coche de la carretera, deteniéndolo en el espac¡o de aparcamiento, con suelo de grava, que se extendía delante de la taberna. Charlie, un tanto deslumbrada por el imponente paso efectuado por Joseph, desde lo fingido a lo real y presente, se sintió perversamente excitada por el acoso a que Joseph la sometía, así como aliviada de que, a fin de cuentas, Michel no la dejara. Charlie se quedó quieta en su asiento, dentro del automóvil. Y Joseph se comportó de igual manera. Charlie se volvió hacia Joseph, con lo que pudo advertir a la colorida luz de la iluminación de feria de la taberna, el lugar hacia el que Joseph miraba. Joseph miraba las manos de Charlie, que se encontraban unidas sobre su regazo, la derecha encima de la izquierda. La cara de Joseph, en la medida que Charlie podía apreciar a la colorida luz, estaba rígida e inexpresiva. Joseph alargó una mano, cogió la muñeca derecha de Charlie, y lo hizo en un movimiento rápido, de quirúrgica confianza, y, levantando la mano, dejó al descubierto el brazalete de oro que relucía en la oscuridad. Impasible, Joseph observó:
- Bien, bien, debo felicitarte. ¡Las muchachas inglesas no perdéis el tiempo!
Irritada, Charlie retiró bruscamente la mano y, con sequedad, dijo:
- ¿Qué te pasa? ¿Tenemos celos?
Pero Charlie no consiguió ofenderle. Joseph tenía una cara inmune. Mientras le seguía, Charlie se preguntó: «¿Quién es ese hombre? ¿Quién eres? ¿Eres él? ¿0 eres tú? ¿O no eres nadie?»
9
Sin embargo, a pesar de que Charlie bien hubiera podido suponerlo con notable convicción, ella no era el único centro del universo de Joseph, aquella noche. Ni tampoco lo era el de Kurtz, y menos todavía el de Michel.
Mucho antes de que Charlie y su hipotético amante hubieran dicho su último adiós a la casita ateniense, mientras en su ficción se encontraban todavía el uno en brazos del otro, recuperándose con el sueño de sus frenesíes, Kurtz y Litvak estaban castamente sentados en diferentes butacas de un avión de la Lufthansa que volaba rumbo a Munich, yendo cada uno de ellos protegido por la bandera de diferente país. Kurtz iba bajo la protección de la bandera francesa, y Litvak, bajo la de Canadá. Tan pronto aterrizaron, Kurtz se dirigió a la ciudad olímpica, en donde los fotógrafos argentinos, según propia definición, le esperaban con ansia, en tanto que Litvak fue al hotel Bayerischer Hof, donde fue recibido por un experto en balística, del que Litvak sabía que se llamaba Jacob, quien era un tipo como recién llegado de otro mundo, dado a emitir suspiros, ataviado con una manchada chaqueta de ante, y que llevaba consigo un paquete de mapas a gran escala, dentro de una barata carpeta de plástico. Haciéndose pasar por agrimensor, Jacob había pasado los tres últimos días dedicado a la minuciosa medición en la autopista de Munich a Salzburgo. Su función era la de calcular el probable efecto, en diferentes circunstancias atmosféricas y de tránsito, que produciría una fuerte carga explosiva que estallara junto a la autopista, a primeras horas de una mañana de un fin de semana. Mientras tomaban varias tazas de excelente café en el vestíbulo del hotel, los dos hombres estudiaron las diferentes hipótesis de Jacob, y, después, en un automóvil de alquiler, recorrieron despacio los ciento cuarenta kilómetros de autopista, molestando a los conductores que iban, más de prisa, y deteniéndose en casi todos los puntos en que se lo permitieron, e incluso en algunos puntos en que no se lo permitieron.
Desde Salzburgo, Litvak se dirigió a Viena, en donde le esperaba un nuevo equipo de actividades exteriores, con nuevos medios de transporte y también con nuevas caras. Litvak les dio instrucciones en una sala de conferencias, insonorizada, de la embajada de Israel, y después de haber prestado su atención a otros asuntos de menor importancia, entre los que se contaba la lectura de los últimos boletines de Munich, los llevó hacia el sur, en un convoy de viejos automóviles, hasta llegar a la zona inmediata a la frontera con Yugoslavia, en donde, con la tranquilidad de veraniegos turistas, estudiaron los aparcamientos urbanos de automóviles, las estaciones de ferrocarril y las pintorescas plazas con mercado, antes de dispersarse para ir a diversas humildes pensiones de la región de Villach. Después de haber tendido su red, Litvak regresó a toda prisa a Munich, a fin de contemplar la crucial preparación de la carnada.