Aquella misma tarde, cómo no, el hombre fue a la playa y se situó a menos de sesenta pies de distancia del lugar en que había acampado la familia teatral. Llevaba unos calzones de baño muy castos, de monje, negros, e iba provisto de una cantimplora metálica de la que de vez en cuando tomaba cortos sorbos de agua, como si el próximo oasis se encontrara a un día de marcha. Y así estuvo sin jamás lanzar una mirada, sin prestarles la menor atención, leyendo a Debray, con los ojos a la sombra de la visera de la abollada gorra de golf blanca. Sin embargó, a Charlie le constaba que el hombre seguía cada uno de sus movimientos, y le constaba en méritos de la mismísima inclinación e inmovilidad de la hermosa cabeza del hombre. De entre todas las playas de Mikonos, el hombre había elegido la de la familia teatral de Charlie. De entre todos los lugares de esta playa, el hombre había elegido aquel punto elevado, entre las dunas, desde el que se dominaban todas las entradas y salidas, con lo que podía observar a Charlie cuando se chapuzaba al igual que cuando iba a la taberna a buscar otra media botella de retsina para Al. Desde su alto punto de observación, el hombre la podía contemplar tranquilamente, en tanto que ella no podía hacer absolutamente nada para desalojarle de allí. Decir lo que ocurría a Long Al era exponerse al ridículo o a algo peor. Charlie no tenía la menor intención de dar a Long Al tan magnífica ocasión para que se burlara de lo que él denominaría otra de sus fantasías. Y decirlo a cualquier otra persona era lo mismo que decirlo a Long Al. Si, se enteraría antes de que terminara el día. Charlie no tenía otra solución que guardar el secreto en su fuero íntimo, que era exactamente lo que más deseaba.

Charlie nada hizo, y el hombre nada hizo. Pero Charlie sabía que, a pesar de todo, el hombre estaba a la espera. Charlie tenía clara conciencia de la paciente disciplina con que el hombre contaba las horas. Incluso cuando el hombre se tumbaba y quedaba tan quieto como si estuviera muerto, su cuerpo enjuto y tostado emitía una misteriosa señal de alerta que el sol transmitía a Charlie.

A veces, la tensión de la espera, en el hombre, parecía quebrarse bruscamente, y el hombre se ponía en pie de un salto, se quitaba la gorra de golf, bajaba gravemente de la duna camino del agua, con el aire de individuo de una selvática tribu, aunque sin lanza, y se zambullía silenciosamente, sin apenas alterar la tranquila superficie del mar. Charlie esperaba; y esperaba más y más tiempo. Sin duda alguna, el hombre se había ahogado. Hasta que, por fin, cuando Charlie ya le daba por muerto, el hombre salía a la superficie, en un punto muy lejano de la ensenada, nadando en estilo libre, despacito, como si se dispusiera a recorrer millas y millas, mientras su corto cabello negro relucía cual el pelo de las focas. Había motoras que surcaban las aguas de un lado para otro, pero el hombre no les hacía el menor caso. Había chicas, pero el hombre jamás volvía la cabeza hacia ellas, mientras Charlie le vigilaba para ver si lo hacía. Y después de haber nadado, el hombre hacía lentos y metódicos ejercicios físicos, antes de volverse a poner la gorrita de golf, inclinada hacia delante, y dedicar de nuevo su atención a Allende y Debray.

¿Quién es el empresario de este hombre?, se preguntaba Charlie inútilmente. ¿Quién le escribe el libreto y le dirige? El hombre actuaba en un escenario para ella, de la misma manera que ella lo había hecho para él en Inglaterra. El hombre era un animal de escena, igual que ella. Con aquel sol de justicia temblando entre el cielo y la arena, Charlie era capaz de mirar el cuerpo cuidado y maduro de aquel hombre durante minutos y minutos, y utilizarlo como instrumento de sus excitadas especulaciones. Tú para mí, pensó; y yo para ti; esos críos no lo comprenden. Pero cuando llegó la hora del almuerzo y todos pasaron cansinamente ante el castillo en que se guarecía el hombre, camino de la taberna, Charlie vio, con rabia, que Lucy soltaba el brazo de Robert, y saludaba coquetamente al hombre, agitando la mano y moviendo las caderas.

En voz alta, Lucy dijo:

- ¿Verdad que el tipo es fabuloso? Cualquier día me lo voy a comer con ensalada.

Willy, en voz más alta todavía, dijo:

- Yo también. ¿Y tú no, Pauly?

Pero el hombre no les hizo caso. Por la tarde, Al llevó a Charlie a la casa de campo, en donde hicieron el amor con feroz desamor. Cuando regresaron a la playa, al atardecer, el hombre se había ido, y Charlie se sintió desdichada por haber sido infiel a su hombre secreto. Charlie se preguntó si acaso sería aconsejable recorrer los lugares de diversión nocturna, a ver si le encontraba. Charlie había decidido que si no podía comunicar con él de día, ello se debía seguramente a que el hombre era de hábitos nocturnos.

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