Pocos días después, en York, cuando Charlie ya se había olvidado de aquel hombre, tuvo la impresión, hasta el punto de estar dispuesta a jurar que era cierta, de verle de nuevo. Pero la certeza de Charlie no era absoluta. En esta ocasión las luces del escenario eran tan fuertes que Charlie no pudo traspasar la barrera luminosa, y esta vez fue el inquisidor quien la dominó. El hombre no se quedó en la butaca durante los entreactos. De todas maneras, Charlie hubiera jurado que se trataba de la misma cara, en primera fila, en una butaca central, con la vista fija en ella, y también con el mismo blazer rojo. ¿Se trataría de un crítico? ¿De un productor? ¿De un agente? ¿De un director de cine? ¿Sería un empleado de la empresa patrocinadora que había sustituido al consejo artístico en el mecenazgo de la compañía teatral? El hombre era tan flaco y tan observador en su inmovilidad que difícilmente podía tratarse de un profesional del comercio que vigilaba la inversión de la empresa. En cuanto a los críticos, los agentes y todos los demás, sólo por milagro permanecían durante más de un acto en su butaca, y jamás veían dos representaciones consecutivas. Y, cuando Charlie le vio por tercera vez, o pensó verle, justamente cuando se disponía a irse de vacaciones, en realidad en la última representación de la temporada, apostado junto a la salida de artistas de un pequeño teatro del East End, poco faltó para que Charlie le preguntara a gritos qué diablos quería, si era un Jack el Destripador en potencia, un cazador de autógrafos, o un normal maníaco sexual como todos nosotros. Pero el aire comedido y decente de aquel hombre impidió a Charlie llevar a efecto sus propósitos.
En consecuencia, la visión de dicho hombre, ahora, situado a menos de una yarda de ella, aparentemente inconsciente de su presencia, contemplando los libros exhibidos con el mismo solemne interés que pocos días antes había dedicado generosamente a la propia Charlie, fue causa y motivo de que ésta se sintiera profundamente agitada. Charlie se volvió hacia él, fijó la mirada en sus ojos tranquilos, y, durante un segundo, Charlie miró al hombre con mucha más intensidad de lo que jamás el hombre la hubiera mirado a ella. Y Charlie tenía la ventaja de llevar gafas de cristales oscuros que se había puesto para ocultar un morado. Visto de cerca, el hombre pareció a Charlie mayor de lo que antes había supuesto, más delgado y de aspecto más fatigado. Charlie pensó que a aquel hombre le hacía falta dormir, y se preguntó si acaso padecía las consecuencias de rápidos viajes en avión, sí, ya que el punto externo de unión de los párpados apuntaba hacia abajo. Sin embargo, el hombre no daba la más leve muestra de excitación o de reconocimiento. Devolviendo el Herald Tribune al montón, Charlie emprendió una rápida retirada hacia el seguro territorio de una taberna del puerto.
Mientras con mano temblorosa se llevaba la taza de café a los labios, Charlie pensó: «Estoy loca.» Todo es invención mía. Es su doble. No hubiera debido tomarme esa píldora euforizante que Lucy me dio para levantarme los ánimos, después de que Long Al me atizara con el cinturón. Charlie había leído en alguna parte que la sensación de deja-vu era la consecuencia de un fallo en las comunicaciones entre el cerebro y la vista. Pero cuando Charlie miró hacia la carretera, en la dirección por la que ella había llegado, le vio allí sentado, perfectamente perceptible para la vista y para el cerebro, en una cercana taberna, tocado con un gorro de golf, con visera, levemente inclinada hacia adelante para que le diera sombra a los ojos, leyendo un libro en inglés, debido al francés Debray, titulado Conversaciones con Allende. Ayer mismo, Charlie tuvo tentaciones de comprar aquel libro.
«Este hombre ha venido a rescatar mi alma -pensó Charlie mientras pasaba negligentemente ante él, con el fin de demostrarle que era inmune-. Sin embargo, ¿cuándo le pedí a este hombre que rescatara mi alma?»