Sólo Charlie quedó insatisfecha. Se le puso roja la cara y dijo:
- Somos un parásito, ¿verdad Joseph? Leemos, comerciamos, gastamos dinero, y de vez en cuando vamos a una isla griega sexy, para gozar de los correspondientes placeres. ¿No es eso?
Con una sencilla sonrisa, Joseph asintió a las palabras de Charlie. Pero Charlie no quedó contenta. Charlie perdió la compostura y se pasó de rosca:
- ¿Y se puede saber qué diablos lees? Sólo pregunto esto. ¿Y en qué negocias? Supongo que puedo preguntar, ¿verdad?
Joseph asintió silenciosamente, lo cual sólo sirvió para provocar todavía más a Charlie. Ocurría simplemente que aquel tipo era demasiado veterano para quedar afectado por los sarcasmos de Charlie. Esta preguntó:
- ¿Vendes libros? ¿En qué clase de bolsillos metes los deditos?
Joseph tardó en contestar. Si, podía hacerlo. Sus largos momentos de meditación eran ya populares entre la familia, y se les conocía como las «Cautelas de tres minutos de Joseph». Poniendo énfasis en la interrogante, Joseph dijo:
- ¿Meter los dedos? ¿Meter los dedos? Charlie, seré muchas cosas, pero no ladrón.
Acallando las risas de los demás, Charlie los interpeló:
- ¿Es que no veis, imbéciles, que este hombre no puede estar ahí sentado, sin hacer nada, en un vacío, y, al mismo tiempo, negociar? ¿Qué hace? ¿Cuál es su oficio?
Charlie se reclinó desmadejadamente en la silla, y dijo: -¡Oh Dios! ¡Cretinos!
Y Charlie renunció a seguir luchando, adquiriendo el aspecto de estar agotada y de ser una viejecita, lo cual podía conseguir en menos que canta un gallo.
Cuando nadie había acudido todavía en auxilio de Charlie, Joseph dijo muy amablemente:
- ¿No crees que es muy aburrido hablar de estas cosas? Yo diría que el dinero y el trabajo son las dos cosas que venimos a olvidar a Mikonos, ¿no crees lo mismo, Charlie?
Con rudeza, Charlie repuso:
- Lo que yo digo es que esto es más aburrido que hablar con un gato.
De repente, algo estalló en la personalidad de Charlie. Se puso en pie, soltó una exclamación entre dientes y, reuniendo las fuerzas precisas para despejar toda incertidumbre, atizó un puñetazo a la mesa. Era la misma mesa a la que estaban sentados cuando Joseph apareció milagrosamente con el pasaporte de Al. Ahora, el mantel de plástico resbaló, y una botella vacía de limonada, que utilizaban para cazar avispas, fue a caer al regazo de Pauly. Charlie soltó una larga cadena de palabrotas, lo cual dejó a todos un poco avergonzados ya que, en presencia de Joseph, moderaban su lenguaje. Charlie acusó a Joseph de ser un saco de hipocresías y perversiones, de ir a la playa para intentar dominar a unos muchachos a quienes doblaba en edad, y de buena gana le hubiera acusado también de robar viviendas y tiendas de Nottingham, York y Londres, pero no lo hizo debido a que no estaba muy segura, y temía quedar en ridículo ante sus amigos. Ninguno de los presentes supo con certeza hasta qué punto Joseph había comprendido las palabras de Charlie. Esta había hablado con voz ahogada y furiosa, y utilizando su acento más populachero. Ahora bien, en el rostro de Joseph sólo vieron la expresión propia de estudiar cuidadosamente a Charlie.
Después de su habitual pausa dedicada a meditar, Joseph preguntó:
- Bueno, ¿qué es lo que quieres saber exactamente, Charlie?
- Para empezar, ¿tienes un nombre, supongo?
- Vosotros me lo disteis. Es Joseph.
- ¿Cuál es tu nombre verdadero?
Se formó un triste silencio en todo el restaurante, e incluso aquellos que amaban sin reservas a Charlie, como, por ejemplo, Willy y Pauly, sintieron que su lealtad hacia ella quedaba sometida a una dura prueba. Por fin, como si lo hubiera seleccionado entre una amplia lista, Joseph contestó:
- Richthoven, lo mismo que el aviador pero con uve. Joseph, como si la idea le gustara, repitió sonoramente: -Richthoven. -Luego dijo-: ¿Es que este nombre me convierte de repente en una persona diferente? Y, por otra parte, si soy tan perverso como dices, ¿a santo de qué vas a creerme?
- Y antes de Richthoven, ¿cómo te llamas? ¿Cuál es tu nombre de pila?
Antes de decidirse, Joseph hizo otra pausa:
- Peter. Pero me gusta más Joseph. ¿Que dónde vivo? Vivo en Viena. Pero viajo. ¿Quieres mis señas? Si quieres te las daré, sí, porque desdichadamente no me encontrarás en el listín telefónico.
- ¿Eres austríaco?
- Charlie, por favor… Digamos que soy un ser de razas cruzadas, con orígenes europeos y orientales. ¿Te basta con esto?
En estos momentos, el grupo ya estaba acudiendo en auxilio de Joseph, murmurando avergonzadamente:
- Charlie, ¡por el amor de Dios!… Vamos, vamos, Charlie… No imagines que estás en la plaza de Trafalgar, ahora…
Pero Charlie ya no podía parar. Alargó el brazo por encima de la mesa y chascó los dedos debajo de las narices de Joseph. Los chascó una vez y luego otra, de manera que todos los camareros y todos los clientes de la taberna se fijaron en el espectáculo. Charlie dijo: