Pero Charlie se equivocó. No sólo había una butaca libre para Alastair, sino una butaca reservada para él, con su nombre completo, lo cual se había hecho desde Londres hacía tres días, y se había reconfirmado el día anterior. Este descubrimiento disipó las últimas dudas de la familia. Long Al iba camino de las alturas. A ninguno de ellos le había ocurrido jamás algo parecido. Incluso la filantropía de sus mecenas quedaba pálida al lado de esto. ¡Un agente -y entre todos los agentes el de Al era, por unánime acuerdo, el más bruto en todo el mercado ganadero- había reservado billetes de aviación por télex, en nombre del gran Al!

Después de haber tomado unos cuantos ouzos, mientras esperaban el autobús que los devolvería a la playa, Alastair les dijo:

- A ese tipo le voy a recortar la comisión. No estoy dispuesto a que un maldito parásito me quite el diez por ciento durante el resto de mis días.

Un joven hippy, de cabello del color del lino, tipo raro que de vez en cuando se unía a la familia de actores, recordó a Alastair que toda propiedad es un robo.

Absolutamente separada de Alastair, aunque deseándolo dolorosamente, Charlie estuvo con las cejas fruncidas y sin beber. En una ocasión, Charlie musitó:

- Al…

Y alargó la mano en busca de la de Alastair. Pero Long Al no era más dulce en los momentos de triunfo que en los momentos de fracaso o en los momentos de amor, en demostración de lo cual Charlie llevaba, aquella mañana, un labio partido, labio que exploraba nostálgicamente con las puntas de los dedos. De nuevo en la playa, el monólogo de Alastair, con la ayuda de la retsina siguió tan implacable como el sol. Dijo que exigiría conocer al director de la película y dar su aprobación al mismo, antes de firmar. Y anunció:

- No estoy dispuesto a que me dirija un maricón inglés de provincias. No, hija mía, no. Y, en lo tocante al guión debes saber que yo no soy esa clase de actor, que más que actor es un dócil histrión, que se está siempre sentado, calentándose las nalgas, dispuesto a recitar cuanto le echen, como si fuera un loro. Ya me conoces, Charlie. Y si esa gente quiere conocerme, si quiere saber cómo soy de verdad, más valdrá que comiencen a enterarse ahora, Charlie, porque, de lo contrario, esa gentuza y yo vamos a tener una batalla en toda la regla, sí, una de esas batallas en las que no hay prisioneros. Sí, muchacha, sí.

En la taberna, para que todos se fijaran en él, Long Al se sentó en la cabecera de la mesa, y éste fue el momento en que todos se dieron cuenta de que Long Al había perdido su pasaporte, su billetero, su carta de crédito, su billete de avión, y casi todo aquello que un buen anarquista considera basura de la sociedad esclavizada y que, como tal basura, debe tirarse.

El resto de la familia no comprendió el asunto, cual por lo general el resto de la familia no comprendía esos asuntos. Pensaron que se trataba de otra negra pelea entre Alastair y Charlie. Alastair había agarrado la muñeca de Charlie y, torciéndole el brazo, se la oprimía contra el omóplato. La cara de Charlie estaba contorsionada, mientras Alastair la insultaba en voz baja con su cara muy cerca de la de ella. Charlie soltó un ahogado grito de dolor e inmediatamente después, en el silencio subsiguiente, todos oyeron por fin lo que Alastair había estado diciendo, de una forma u otra, a Charlie, durante un buen rato:

- Te dije que lo pusieras todo en la maldita bolsa, te lo dije, estúpida vaca. Estaba todo allí, en el mostrador de la compañía de aviación, y te lo dije, te lo dije, te lo dije: «Cógelo todo y ponlo en tu bolsa, Charlie; sí, en la bolsa que llevas colgada al hombro.» Sí, porque los hombres, a no ser que sean puercos maricones, como Willy y Pauly, los hombres no llevan bolsos ni bolsas, ¿no es cierto, pequeña? ¿Si o no, pequeña? Y ahora quiero que me digas dónde lo has escondido, ¿dónde? No hay manera de impedir que un hombre vaya al encuentro de su destino, puedes estar segura de ello. No hay manera de refrenar el compañerismo entre los hombres, por mucha envidia que tengan del éxito de un camarada. ¡Tengo mucho que hacer allá, pequeña, tengo que conquistar muchos éxitos!

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