Joseph no le propuso desayunar, y si lo hubiera hecho Charlie hubiera rechazado la oferta. Joseph se limitó a llamar al camarero y a preguntarle en griego qué pescado fresco tenían aquel día. Lo hizo con autoridad, sabedor de que a Charlie le gustaba el pescado, y levantando el brazo con aire de director de orquesta para llamar al camarero. Despidió al camarero, y siguió hablando de teatro a Charlie, como si la cosa más natural del mundo fuera comer pescado y beber vino a las nueve de la mañana de un día de verano. Sin embargo, para él pidió Coca Cola. Sabía de lo que hablaba. Quizá no hubiera estado en el norte de Inglaterra, pero poseía un profundo conocimiento del teatro londinense, conocimiento que no había revelado a ninguna otra persona del grupo. Mientras Joseph hablaba, Charlie experimentó aquel inquietante sentimiento que Joseph había inspirado en ella desde un principio: su naturaleza exterior, lo mismo que su presencia en aquel lugar, no eran más que un pretexto, y la tarea que Joseph se había propuesto era abrir una brecha por la que pudiera colar su otra naturaleza, que era la naturaleza de un ladrón. Charlie le preguntó si iba a Londres con frecuencia. Joseph dijo que, después de Viena, Londres era la única ciudad que valía la pena en todo el mundo. Afirmó:
- En cuanto se me presenta la menor oportunidad la cojo, aunque sea por el rabo.
En ocasiones, incluso el inglés que hablaba parecía haber sido adquirido deshonestamente. Charlie le imaginaba robando horas al sueño para leer un libro de frases hechas inglesas, con el fin de aprender de memoria un determinado número de giros todas las semanas. Charlie dijo:
- También representamos Santa Juana en Londres. Si., hace pocas semanas.
- ¿En el West End? ¡Charlie esto es terrible! ¿Cómo es que no me enteré? ¡Hubiera ido inmediatamente! Con lúgubres acentos, Charlie le corrigió:
- En el East End.
El día siguiente volvieron a encontrarse en otra taberna. Instintivamente, Charlie dudaba que hubiera sido por casualidad. Y, en esta ocasión, Joseph le preguntó sin dar importancia a sus palabras, cuándo pensaba Charlie comenzar a ensayar Como gustéis, a lo que Charlie contestó, con la sola intención de proseguir la conversación, que hasta octubre no comenzarían los ensayos, y, conociendo como conocía la compañía, quizá ni siquiera en octubre. De todas maneras, no creía que las representaciones durasen más de tres semanas. Explicó que el Consejo de las Artes había gastado excesivamente en su presupuesto, y que se hablaba de retirarles la ayuda para efectuar giras. Para impresionar a Joseph, Charlie añadió un pequeño adorno de su propia cosecha:
- El caso es que nos han dicho que nuestro espectáculo sería el último que financiarán, a pesar de que hemos tenido ese formidable apoyo que nos dio el Guardian, y de que nuestro trabajo cuesta al contribuyente una trescientava parte de lo que vale un tanque. Pero ¿qué podemos nosotros hacer?
Con espléndido desinterés, Joseph le preguntó de qué manera emplearía Charlie su tiempo libre. Y fue muy curioso, según concluyó Charlie más tarde, que mediante el hecho de dejar claramente establecido que se había perdido la representación de Juana de Arco, Joseph dejó también establecido que los dos debían resarcirse de una forma u otra de semejante pérdida.
Charlie contestó la pregunta de una forma negligente. Lo más probable es que se dedicara a camarera de bar en algún sitio junto a algún teatro. O que quizá pintara su piso. ¿Por qué lo preguntaba?
Joseph quedó terriblemente preocupado, y dijo:
- Pero, Charlie, esto es muy poca cosa. No cabe duda de que tu talento merece una ocupación más importante que la de camarera. ¿Por qué no se te ha ocurrido pensar en la enseñanza o en la política? ¿No crees que sería más interesante para ti?
En una reacción nerviosa, Charlie se rió, con notable descortesía, de la falta de conocimientos de la vida que afectaba a Joseph, diciendo:
- ¿En Inglaterra? ¿Con el paro que hay? No digas tonterías. ¿Y quién me va a pagar cinco mil libras al año para destruir el orden establecido? ¡Por el amor de Dios, soy una subversiva!
Joseph sonrió. Pareció sorprendido y poco convencido. Rió en cortés reprensión. Dijo:
- Vamos, vamos, Charlie… ¿Qué significa lo que acabas de decir?
Dispuesta a enfadarse, Charlie dirigió una penetrante mirada a Joseph, pero una vez más se tropezaba con la mirada de Joseph, allí, ante la suya, como un muro. Charlie contestó:
- Pues significa exactamente lo que he dicho. Estoy mal vista. Con énfasis, Joseph preguntó:
- Pero ¿qué es lo que subviertes, Charlie? En realidad, me pareces una persona muy ortodoxa.
Fueran cuales fuesen las creencias que Charlie tenía aquel día, experimentaba la incómoda sensación de que, en un debate, Joseph la avasallaría. En consecuencia, para protegerse, Charlie utilizó modales de cansancio. Con fatigados acentos, aconsejó a Joseph: