Sistema, principalmente cuando el Sistema le ha enviado a uno allí, en avión, pagando el Sistema. Por la noche, en la casa de campo, mientras cenaban con pan, tomate, aceite de oliva y retsina, comenzaron a hablar nostálgicamente de la lluvia y de los fríos días de Londres, y de las calles en las que se olía al desayuno dominical de tocinilla. La partida de Alastair y la incorporación de Joseph les dio una nueva perspectiva. Aceptaron a Joseph ávidamente. No contentos con recabar la compañía de Joseph en la playa y en la taberna, le ofrecieron una velada en la casa de campo, una Joseph-Abend, como la llamaron, y Lucy en su papel de futura madre sacó platos de papel, taramasalata, queso y fruta.
Charlie, sintiéndose a merced de Joseph, en méritos de la partida de Alastair, y atemorizada por sus propios y desordenados sentimientos, fue el único miembro de la familia que se mantuvo alejado de Joseph, diciendo:
- ¿Es que no veis, idiotas, que es un falsario de cuarenta años? ¿No lo veis? Claro, es que no podéis verlo. Sois un hatajo de falsarios drogados y por esto no lo podéis ver. No lo podéis ver literalmente.
El comportamiento de Charlie les dejó a todos intrigados. ¿Qué había sido de su antigua generosidad espiritual? Argüían: ¿Cómo puede ser un falsario si no pretende nada? ¡Vamos Chas, dale una oportunidad! Pero Charlie no quería. En la taberna se estableció de forma espontánea un orden de lugares en la mesa. Joseph, por voluntad popular, presidía la alargada mesa, sentándose en medio, siempre discreto, con la mirada atenta, y diciendo muy poco. Pero Charlie, en el caso de que acudiera a la taberna, se sentaba, nerviosa o atontada, lo más lejos posible de Joseph, a quien despreciaba por ser demasiado accesible a todos. Charlie dijo a Pauly que Joseph le recordaba a su padre. Y lo dijo como si ello fuera un dramático descubrimiento. Joseph tenía el mismo encanto hipocritón que su padre: «Aunque retorcido, Pauly, retorcido, pero no lo digas a nadie.» Si, Charlie se había percatado de ello con una sola mirada.
Pauly juró que nada diría a nadie.
Aquella misma noche, Pauly explicó a Joseph que a Charlie le había dado una de sus manías en contra de los hombres. No, no era nada personal, era antes bien político. La asquerosa madre de Charlie era una maldita conformista, y su padre era un chorizo, dijo Pauly.
Joseph, con una sonrisa que indicaba que conocía bien a los chorizos, dijo:
- ¿Su padre es un chorizo? Me parece maravilloso. Háblame del padre de Charlie.
Así lo hizo Pauly, a quien le gustó mucho poder hacer confidencias a Joseph. En lo tocante a confidencias, Pauly no fue el único en hacérselas a Joseph, ya que después del almuerzo o de la cena, siempre había dos o tres miembros de la familia que se quedaban para hablar de su talento teatral con su nuevo amigo, o bien hablaban de sus amoríos o de los grandes sufrimientos que ser artista comporta. Si sus confesiones corrían peligro de carecer de picante interés, les añadían datos imaginarios, con el fin de que Joseph no se aburriera. Joseph los escuchaba gravemente, efectuaba graves movimientos afirmativos con la cabeza, e incluso reía un poco, gravemente. Pero jamás les daba consejos, ni tampoco, cual no tardaron en descubrir con gran pasmo y admiración, difundía lo que le comunicaban. Guardaba dentro de sí todo lo que le decían. Mejor aún, Joseph jamás contestaba con sus monólogos los monólogos de los demás, ya que prefería estimular soterradamente el habla de los otros mediante cautelosas preguntas acerca de ellos mismos, e incluso acerca de Charlie, ya que ésta estaba muy presente en los pensamientos de los miembros de la familia.
Incluso la nacionalidad de Joseph era un misterio. Por razones que sólo él sabía, Robert afirmaba que era portugués. Otro insistía en que Joseph era un superviviente armenio del genocidio cometido por los turcos; sí, había visto una película sobre el asunto. Pauly, que era judío, aseguraba que Joseph era «Uno de los Nuestros», pero Pauly tenía la costumbre de decir esto último de todo quisque. Por esto, durante cierto tiempo, y con el solo fin de irritar a Pauly, consideraron que Joseph era árabe.
Pero jamás preguntaron a Joseph de dónde era, y cuando intentaron acosarle para que dijera a qué se dedicaba, Joseph se limitaba a contestar que había viajado mucho, pero que ahora se había asentado. Lo decía de tal manera que casi parecía que se hubiera retirado.
Pauly, siempre más valeroso que los otros, le preguntó:
- ¿Y cuál es tu empresa, Joseph? Bueno, quiero decir, ¿por cuenta de quién trabajas?
Con cautela, Joseph contestó que en el fondo no creía que realmente tuviera una empresa. Y antes de contestar se tocó pensativamente la visera de la gorra de golf. No, ahora ya no tenía una empresa. Leía un poco, negociaba un poco, recientemente había heredado algún dinero, y esto le inducía a pensar que, técnicamente hablando, era un trabajador autónomo. Si, era un autónomo. Esta era la expresión correcta.