- Tus amigos y tú iréis en barco hasta el Pireo. El barco atraca a última hora de la tarde, aun cuando esta semana probablemente se demorará por culpa del tráfico industrial. Poco después de que el barco entre en el puerto, dirás a tus amigos que quieres ir de viaje sola, vagando a tu antojo, por la península, durante unos días. Sí, será una decisión tomada repentinamente, una de estas decisiones por las que eres famosa. No se lo digas con anticipación, ya que entonces se pasarán todo el día intentando disuadirte.

Después de un breve silencio, Joseph añadió con la autoridad propia de quien está habituado a ejercerla:

- No les des demasiadas explicaciones, ya que esto es un claro síntoma de no tener la conciencia tranquila.

Antes de que hubiera tenido tiempo de meditar sus palabras, y recordando que Alastair, como de costumbre, había gastado el dinero de los dos, Charlie dijo:

- Supón que no tenga ni un dracma.

Charlie lamentó no haberse mordido la lengua. Y si Joseph le hubiera ofrecido dinero en aquellos instantes, Charlie se lo hubiera arrojado a la cara. Pero Joseph pareció darse cuenta de ello. Joseph dijo:

- ¿Saben que no tienes ni cinco?

- Claro que no.

- En este caso, la historia que vas a contarles es inatacable.

Y como si estas palabras dejaran zanjado el asunto, Joseph se metió en el bolsillo de su chaqueta el billete de avión de Charlie. Esta, bruscamente alarmada, chilló:

- ¡Eh, dame eso!

Pero fue un chillido en sordina, aunque por poco. Joseph dijo: -Una vez te hayas desembarazado de tus amigos, coge un taxi y ve a la plaza Kolokotroni.

Joseph deletreó el nombre de la plaza, y añadió:

- Te costará unos doscientos dracmas.

Esperó a ver si este último gasto podía ser un problema, pero resultó que no lo era. Charlie tenía todavía ochocientos dracmas, aunque no lo dijo a Joseph. Joseph repitió el nombre de la plaza y comprobó que Charlie se lo había aprendido. Causaba cierto placer someterse a la militar eficiencia de Joseph. Junto a la plaza había un restaurante con terraza. Joseph le dijo el nombre -Diógenes-, y se permitió un comentario humorístico: un nombre muy hermoso, uno de los mejores de la historia, y, a su juicio, el mundo necesitaba más Diógenes y menos Alejandros. El la esperaría en el Diógenes. No en la terraza sino en el interior, que era fresco e íntimo. Repite, Charlie: Diógenes. Con absurda pasividad, Charlie así lo hizo.

- Al lado de Diógenes está el Hotel París. Si por alguna circunstancia imprevista no puedo acudir a tiempo, dejaré una nota en la conserjería del Hotel París. Pide por el señor Larkos. Es un buen amigo mío. Si necesitas cualquier cosa, dinero o lo que sea, muéstrale esto al señor Larkos y te proporcionará lo que le pidas.

Joseph entregó una tarjeta a Charlie, y añadió:

- ¿Recuerdas todo lo que te he dicho? Naturalmente, no en vano eres actriz. Esto te permite recordar palabras, ademanes, números, colores, todo.

Charlie leyó: «Richthoven Enterprises, Export.» Y, a continuación el número de un apartado de correos, en Viena.

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