Esta era la manera en que actuaban en casos como el presente. Oficialmente, por lo menos, el corpulento Kurtz marcaba el ritmo y el flaco Litvak emitía suaves murmullos, detrás del primero, y mantenía su constante media sonrisa privada.
La escalera que conducía al despacho de Ned Quilley era de peldaños muy altos y carecía de alfombra, por lo que, en los cincuenta años de experiencia en su cometido que llevaba la señora Longmore, la mayoría de los norteamericanos solían hacer amargos comentarios acerca de la escalera y detenerse en su ascenso. Pero ni Gold ni Karman lo hicieron. Mientras la señora Longmore los contemplaba por su ventanita, pudo comprobar que aquel par se saltaban tranquilamente los peldaños y se perdían de vista, como si en su vida hubieran visto un ascensor. Seguramente se debía al nuevo deporte del jogging, pensó la señora Longmore, mientras reanudaba su labor de calceta que le daba cuatro libras por hora. ¿Es que, actualmente, en Nueva York no hacían más que jogging? ¿Es que los pobrecillos neoyorquinos se pasaban el día corriendo alrededor del Parque Central, esquivando perros y mariquitas? La señora Longmore había oído decir que más de uno había muerto, por culpa del jogging.
En el momento en que el menudo Ned Quilley les abrió alegremente la puerta, Kurtz dijo por segunda vez:
- Señor, somos Gold y Karman. Yo soy Gold.
Y la manaza de Kurtz cogió la mano de Ned, antes de que éste hubiera tenido tiempo de ocultarla. Kurtz dijo:
- Señor Quilley, Ned, es un gran honor conocerle. Goza usted de gran reputación en el
ramo.
Mirando por encima del hombro de Kurtz, con igual respeto que éste, Litvak explicó por su parte:
- Y yo soy Karman, señor.
Pero Litvak aún no había alcanzado la altura social precisa para estrechar manos. Kurtz había estrechado la mano de Ned, por cuenta de los dos.
Con su humilde encanto eduardiano, Ned protestó:
- Mi querido amigo, quien se siente honrado soy yo, y no usted.
E inmediatamente los llevó junto a la legendaria y alargada Ventana de Quilley, de los tiempos del padre de Ned, en la que, según la tradición, uno se sentaba para contemplar el mercado de Soho y beber a sorbitos el jerez de Quilley, y ser espectador de la marcha del mundo, mientras se cerraban negocios con el viejo Quilley y los clientes que éste representaba. Sí, ya que Ned Quilley, a los sesenta y dos años, seguía siendo, en gran parte, un hijo. A lo sumo a que aspiraba era a procurar que el agradable estilo de vida de su padre continuara. Era un hombre de dulce condición, con el cabello blanco, y un tanto aficionado a vestir bien, como suele ocurrir en el caso de las personas enamoradas del teatro, con ojos de raro mirar, mejillas sonrosadas, y cierto aire de demorarse y estar agitado al mismo tiempo, como si tuviera que explicarle a uno algo de vital importancia, pero que no pudiera hacerlo antes de que el tren partiera.
Agitando valerosamente una mano elegante y menuda en dirección a la ventana, Ned Quilley declaró:
- El tiempo es demasiado húmedo para las fulanas.
Si, en opinión de Ned, la despreocupación era media vida. Pro-siguió:
- Por lo general, y en esta época del año, ganan bastante dinero. Las hay gordas, las hay negras, amarillas, de todas las formas y colores que quepa imaginar. Hay una vieja fulana que lleva aquí más tiempo que yo. Mi padre solía darle una libra esterlina, por Navidad. En nuestros días poco se puede comprar con una libra… ¡Y tan poco, ciertamente!
Mientras los dos visitantes reían obsequiosamente, Ned Quilley extrajo, de su bien cuidado mueble librería, una botella de jerez, de la que pulcramente olisqueó el tapón, y luego escanció el caldo en tres copas de cristal, dejándolas mediadas, sin que los visitantes dejaran de observarle. Cuando le vigilaban, Ned Quilley se daba inmediatamente cuenta de ello. Ahora tuvo la impresión de que aquellos dos le estuvieran valorando, que le valoraran a él, que valoraran su despacho. Se le ocurrió una terrible idea, idea que había estado oculta en el fondo de su cerebro desde que recibió la carta. Con nerviosos acentos, Ned Quilley preguntó:
- Oigan, ¿no pretenderán comprarme o cometer otra barbaridad, supongo?
Kurtz soltó una tranquilizadora carcajada:
- Ned, puede usted tener la seguridad de que no queremos comprarle.
Litvak también rió. Ned les entregó las copas, y dijo con profundo sentimiento:
- ¡Doy las gracias a Dios por ello! ¿Saben ustedes que en la actualidad se compra a todo el mundo? Tipos de todo género, de quienes en mi vida he oído hablar, me ofrecen dinero por teléfono. Se están tragando a todas las firmas pequeñas y antiguas, las firmas decentes, como si tal cosa. Es escandaloso. A su salud. Buena suerte. Bienvenidos.
Y meneó la cabeza, llevado todavía por sus escandalizados sentimientos.