Al pasar ante una tienda de souvenirs, Charlie, que se sentía maravillosa y peligrosamente viva, compró, para regalárselo a su maldita madre, un mantel de labor de punto, y, pensando en su venenoso sobrino Kevin, compró un gorro griego, con borla. Luego compró una docena de tarjetas postales, que dirigió al viejo Ned Quilley, su inútil agente teatral de Londres, en las que escribió cómicos mensajes, con la intención de avergonzar al agente ante las remilgadas señoras que trabajaban en su oficina. En una de ellas escribió: «Ned, Ned, te voy a hacer todos los papeles.» En otra escribió: «Ned, Ned, ¿es posible que una mujer caída se hunda?» Sin embargo, en otra tarjeta postal escribió con toda seriedad, y en ella le decía que estaba pensando seriamente en demorar su regreso a Inglaterra, con la finalidad de poder visitar con detenimiento la Grecia continental. Haciendo caso omiso de los consejos de Joseph, en el sentido de no hablar o decir demasiado, Charlie explicó a su agente: «Ya es hora de que tu Charlie supere un poco sus niveles culturales, Ned.» Cuando Charlie se disponía a cruzar la calle con el fin de echar las postales al buzón, experimentó la extraña sensación de estar siendo observada por alguien. Sin embargo, cuando Charlie dio media vuelta sobre sí misma, para mirar hacia atrás, diciéndose que probablemente vería a Joseph allí, a su espalda, vio únicamente a aquel muchacho hippy, con el cabello del color del lino, el muchacho a quien le gustaba unirse a la familia de actores con la que Charlie había vivido hasta el momento, y que estuvo presente en las gestiones efectuadas por Alastair para salir de Grecia. El muchacho con el cabello del color del lino caminaba cansinamente detrás de Charlie, con los brazos caídos y adelantados, igual que un gran simio. El muchacho vio a Charlie, y levantó muy despacio el brazo derecho, agitando la mano en un gesto que recordaba la figura de Cristo. Charlie le contestó agitando el brazo, y con una sonrisa en los labios. Llevada por un estado de humor benévolo, Charlie se dijo que aquel muchacho había emprendido un mal «viaje», viaje de drogas, y que se encontraba en tal estado que no podía regresar al punto de partida. Charlie echó al buzón las tarjetas postales, una a una, y, entretanto, pensó que quizá debiera hacer algo para ayudar al muchacho con el cabello del color del lino.
La última postal estaba dirigida a Alastair y rebosaba fingidos sentimientos. Sin embargo, Charlie, después de escribirla, no la leyó. A veces, principalmente en momentos de incertidumbre o de cambio, o cuando se disponía a hacer algo audaz, a Charlie le gustaba creer que su simpático, inútil y blandengue Ned Quilley, que en su próximo cumpleaños cumpliría los ciento cuarenta, era el único hombre a quien verdaderamente había amado en toda su vida.
4
Kurtz y Litvak visitaron a Ned Quilley, en su despacho de Soho, en un neblinoso y húmedo mediodía de un viernes -visita de carácter social con finalidad comercial-, tan pronto se enteraron de que el asunto Joseph-Charlie se desarrollaba a pedir de boca y con toda seguridad. Poco les faltaba para estar desesperados, por cuanto desde el estallido de la bomba de Leyden sentían en el cogote, a todas las horas del día, el aliento de Gavron. Ningún sonido recogía su mente, como no fuera el implacable tictac del viejo reloj de pulsera de Kurtz. Pero, aparentemente, aquella pareja no era más que dos respetables y muy diferentes norteamericanos, procedentes del centro de Europa, con nuevas y chorreantes gabardinas Burberry, uno de ellos corpulento y con un andar impetuoso y recio, con cierto aspecto de capitán de barco, y el otro flaco y joven, y con cierto aire insinuante, así como una sonrisa de persona educada en ámbitos académicos. Dijeron que se llamaban Gold y Karman, de la firma GK Creations Incorporated, y sus cartas y tarjetas, apresuradamente impresas, lucían un monograma azul y dorado, como una aguja de corbata de los años treinta, que demostraba su aserto. Habían concertado la cita desde la embajada, aunque aparentemente lo hicieron desde Nueva York, cita que concertaron personalmente con una de las señoras empleadas en el despacho de Ned Quilley, y llegaron con rigurosa puntualidad, como correspondía a los diligentes hombres de negocios que no eran.
Exactamente a las once menos dos minutos, y habiendo llegado directamente de la calle, Kurtz dijo a la senil recepcionista, la señora Longmore:
- Somos Gold y Karman. Tenemos una cita con el señor Quilley a las once en punto. Muchas gracias; no, señora, esperaremos en pie. Cuando llamamos por teléfono, ¿hablamos con usted quizá?
En el tono que se emplea para seguir la corriente a un par de locos, la señora Longmore les dijo que no, que no habían hablado con ella. El asunto de las citas estaba en manos de la señora Ellis, que era una persona absolutamente diferente.
Sin dejarse amilanar, Kurtz dijo:
- Si., comprendo, comprendo.