Pero estas palabras no sirvieron para borrar la expresión preocupada del rostro de Joseph. Charlie extrajo una fotografía en color, enmarcada, tomada con la polaroid de Robert, en la que se veía a la propia Charlie de espaldas, ataviada con un caftán y tocada con un sombrero de paja. Charlie dijo:
- Y ésta soy yo, haciendo pucheros. Estaba furiosa y me negué a posar. Pensé que te gustaría.
La forma en que Joseph expresó su gratitud tuvo una meditativa reticencia que dejó helada a Charlie. Joseph pareció decir: «Muchas gracias, pero no; gracias, pero en otra ocasión será; ni Pauly, ni Lucy, ni tampoco tú». Charlie dudó, pero por fin se lo dijo, se lo dijo suave, dulce y directamente:
- Joseph, no estamos obligados a seguir adelante. Todavía puedo tomar el avión. No quiero que tú…
- ¿Que yo qué?
- No quiero que te empeñes en cumplir una promesa precipitada. Esto es todo.
- No fue precipitada. Te lo dije con toda seriedad.
Ahora le había llegado el turno a Joseph. Sacó un montón de folletos de viaje. Sin que Joseph la invitara a ello, Charlie se levantó y fue a sentarse a su lado, poniendo el brazo izquierdo despreocupadamente sobre el hombro de Joseph, de modo que podían estudiar conjuntamente los folletos. El hombro de Joseph era duro como una piedra, y tan íntimo como pueda serlo una piedra, pero, a pesar de todo, Charlie dejó su brazo allí. Delfos, Joseph, maravilloso, súper. El cabello de Charlie rozaba la mejilla de Joseph. Pensando en Joseph, Charlie se había lavado el cabello anoche. Olimpia: formidable. Meteora: es la primera vez que oigo hablar de este sitio. Las frentes se rozaban. Tesalónica: ¡sopla! Los hoteles en que se alojarían, todo estaba previsto y contratado. Charlie le dio un beso en un pómulo, junto al ojo, como un pequeño picotazo a un blanco móvil. Joseph sonrió y oprimió la mano de Charlie, con el afecto propio de un tío, de modo que Charlie casi dejó de preguntarse qué era lo que aquel hombre tenía, o ella misma tenía, que le concedía el derecho a apoderarse de ella, sin siquiera un poco de lucha, sin siquiera una rendición. O de dónde procedía aquel reconocimiento -e ¡Hola, Charlie, mucho gusto!»- que había transformado su primer encuentro en una reunión de viejos amigos, y la actual reunión en una conferencia para organizar su luna de miel.
Charlie pensó: «Más vale que te olvides de este asunto.» Y, siquiera sin meditar sus palabras, preguntó:
- ¿Nunca has llevado un blazer rojo? ¿De color de vino tinto, con botones de latón, y el corte un poco dentro del estilo de moda en los años veinte?
Joseph levantó lentamente la cabeza, se volvió y su mirada se encontró con la de Charlie, a quien dijo:
- ¿Lo dices en serio o en broma?
- Totalmente en serio.
- ¿Un blazer rojo? ¿Y a santo de qué voy a llevar esto? ¿Es que quieres que vaya a trabajar en un circo?
- No. Es que te sentaría bien. Esto es todo.
Joseph todavía esperaba que Charlie contestara sus preguntas. Charlie, comenzando a encontrar la manera de salir de la situación en que se había metido, dijo:
- Es que, a veces, veo a la gente a mi manera. La veo desde un punto de vista teatral, en mi imaginación. No conoces a actrices, ¿verdad? Maquillo a la gente, le pongo barbas, la cambio de mil maneras. Quedarías pasmado si lo supieras. También la visto. Le pongo pantalones de golf, uniformes. Todo en mi imaginación. Es una costumbre.
- ¿Quieres decir con esto que quieres que me deje la barba?
- Cuando lo quiera te lo diré.
Joseph sonrió y Charlie le devolvió la sonrisa -fue otro encuentro con las candilejas en medio-, la mirada de Joseph dejó libre a Charlie, y ésta se fue al servicio de señoras, y allí, rabiosa, contempló su propia cara en el espejo, mientras intentaba descifrar la manera de ser de Joseph. Pensó: «No es de extrañar que tenga cicatrices de balas; fueron mujeres quienes le pegaron los tiros.»
Ya habían comido, habían hablado con la cortesía propia de recién conocidos, y Joseph había pagado la cuenta sacando el dinero de un billetero de piel de cocodrilo que seguramente costó la mitad de la deuda nacional del país al que Joseph perteneciera, fuera cual fuese.
Mientras contemplaba cómo Joseph doblaba el recibo y se lo guardaba, Charlie le preguntó:
- ¿Es que vas a incluirme en tu lista de gastos?
Joseph no contestó la pregunta debido a que, de repente, a Dios gracias, su reconocido talento de director administrativo se había hecho cargo de la situación, y resultaba que tenían mucha prisa. Mientras ordenaba a Charlie que corriese, a lo largo de un pasillo estrecho procedente de la cocina, Joseph, cargado con el equipaje de Charlie, le dijo:
- Por favor, busca un Opel verde, con los guardabarros abollados, y con un chófer de diez años de edad.
Charlie repuso:
- De acuerdo.