Pero Joseph ya volvía a avanzar vigorosamente, precediendo a Charlie. Charlie estaba jadeante, pero podía seguir adelante durante un día entero, cuando se lo proponía. Otra era la causa de su falta de aliento. Penetraron en un ancho sendero de piedras. Ante ellos, dos figuras grises vestidas de uniforme hacían guardia junto a una pequeña cabaña de piedra en la que brillaba una luz dentro de una jaula de alambre. Joseph se acercó a los dos hombres uniformados, y Charlie oyó el saludo en murmullos. La cabaña se levantaba entre dos puertas de hierro, en forma de reja. Detrás de una de ellas se volvía a ver la ciudad que ahora no era más que un distante resplandor de luces apretujadas. Pero detrás de la otra puerta no había más que una oscuridad total, y aquella oscuridad era el lugar al que iban a penetrar, ya que Charlie oyó el sonido de llaves entrechocando, y el gemido del hierro al girar la puerta sobre sus goznes. Durante un instante, Charlie se sintió dominada por el miedo. «¿Qué estoy haciendo aquí? ¿En dónde estoy? ¡Sal corriendo, muchacha, sal corriendo!» Aquellos hombres eran policías o funcionarios, y, por su servil comportamiento, Charlie pensó que Joseph seguramente los había sobornado. Todos miraron sus relojes, y Charlie, una vez más, recordó el maltratado cronómetro de Joseph y lo comparó con el nuevo reloj de oro que ahora llevaba, con su brazalete de oro, con su elegante camisa de color de crema, y con sus gemelos. Joseph le indicaba con la mano que avanzara. Charlie miró hacia atrás y vio a dos muchachas en pie, más abajo, en el sendero de piedra, mirando hacia arriba. Joseph la llamaba. Charlie se dirigió hacia la puerta abierta. Sintió que los policías la desnudaban con la mirada, y se le ocurrió que Joseph todavía no la había mirado de esta manera. No, Joseph aún no le había dado rudas muestras de que la deseara. En su incertidumbre, Charlie deseaba ardientemente que se las diera.
La puerta se cerró a sus espaldas. Había unos peldaños, y después de los peldaños un sendero de resbaladiza piedra. Oyó que Joseph le recomendaba que anduviera con cuidado. Charlie, de buena gana, hubiera pasado el brazo por la cintura de Joseph, pero éste la colocó delante de él, diciéndole que no quería que su propio cuerpo le impidiera ver el panorama. «Se trata de un panorama», se dijo Charlie. El panorama que, en belleza, es el segundo del mundo. Aquella piedra seguramente era mármol, por cuanto resplandecía incluso en la noche, y las suelas de cuero resbalaban peligrosamente. En una ocasión poco faltó para que Charlie se cayera, pero la mano de Joseph la cogió con una rapidez y con una fuerza que, comparadas con las de Al, dejaban a éste convertido en un mequetrefe. En otra ocasión, Charlie oprimió el brazo de Joseph contra su costado, de modo que tocara su pecho izquierdo. Mentalmente, Charlie le dijo con desesperación: «Toca. Es mío, el primero de dos, el izquierdo es un poco más erógeno que el derecho. Pero ¿a quién importa?» El sendero avanzaba en zigzag, la oscuridad menguaba y daba calor a Charlie, como si aún retuviera el sol del día. Abajo, por entre los árboles, la ciudad estaba lejana, como un planeta que se fuera. En lo alto, Charlie sólo podía percibir la mellada negrura de torres y estructuras. El murmullo del tránsito había cesado, dejando la noche a las cigarras.
- Camina despacio, por favor.
A juzgar por el tono de Joseph, Charlie pensó que fuera lo que fuere aquello que los esperaba, no podía estar lejos. El sendero volvió a avanzar en zigzag, y se encontraron ante una escalera de madera. Peldaños, un descansillo, más peldaños. En aquel punto, Joseph caminaba a pasos leves, y Charlie le imitó, de tal manera que, una vez más, quedaron unidos por la cautela. El uno al lado del otro, pasaron por una gran entrada cuya grandiosidad obligó a Charlie a levantar la vista. Al hacerlo vio una roja media luna deslizándose entre las estrellas, lejana, para situarse entre las columnas del Partenón.
Charlie musitó:
- ¡Dios…!