Sintiéndose muy desaliñada e impresentable con sus tejanos y sus gastados zapatos, Charlie avanzó por entre las mesillas puestas en la calle, y entró en el local. Charlie pensó que de todas maneras lo más probable era que Joseph se hubiera ido, ya que ¿quién espera dos horas para acostarse con una chica, en los presentes tiempos?, por lo que encontraría el billete de avión en conserjería del hotel, situado al lado. «Quizá esto me enseñará a no ir a la caza de vagabundos playeros procedentes de la Europa central, en Atenas», pensó. Para complicar más la situación, anoche Lucy le dio unas cuantas píldoras, las horrendas píldoras que tomaba Lucy, que tuvieron la virtud de iluminar a Charlie cual si fuera una bombilla, para después hundirla en un negro hoyo del que todavía pugnaba por salir. Charlie no usaba esas píldoras por lo general, pero el hecho de encontrarse vacilando entre dos amantes -ya que así había Charlie formulado su situación-, la hizo vulnerable al uso.
Charlie se disponía a entrar en el restaurante, cuando de él salieron violentamente dos griegos que se rieron de Charlie por llevar rota la correa de su bolsa. Charlie se dirigió hacia ellos y los insultó ferozmente, llamándolos cerdos machistas. Temblorosa, abrió la puerta con el pie y entró. El aire era fresco, el murmullo de las conversaciones era apagado, y Charlie se encontró en un restaurante suavemente iluminado, con paneles de madera en las paredes, y allí, en su particular zona de penumbra, estaba sentado San José de la Isla, artero y conocido causante de los remordimientos y desórdenes espirituales de Charlie, con un café griego junto a un codo, y un libro de bolsillo abierto ante él.
Mentalmente, mientras Joseph se acercaba a Charlie, ésta le advirtió: «No me toques; ni siquiera pienses que vas a poseer ni un solo dedo mío; estoy cansada y hambrienta, estoy presta a morder, y he renunciado a la sexualidad durante los próximos doscientos años.»
Pero Joseph se limitó a coger la guitarra y la bolsa con la correa rota. Y lo único que Joseph hizo fue darle un rápido y práctico apretón de manos, desde la otra orilla del Atlántico. En consecuencia, lo único que a Charlie se le ocurrió decir fue:
- !Llevas camisa de seda!
Si, se trataba de una camisa de seda de color de crema, con gemelos de oro del tamaño de tapones de botella. Mientras Charlie se fijaba en los restantes metales que Joseph lucía, exclamó:
- ¡Vas hecho un brazo de mar! ¡Brazalete de oro, reloj de oro! En cuanto te dejo un momento solo, encuentras a una rica protectora.
Palabras que Charlie soltó en parte histéricamente, en parte agresivamente, quizá con la instintiva finalidad de hacer que Joseph se sintiera tan incómodo por su apariencia, cual ella se sentía por la suya. Furiosamente, Charlie se preguntó: «¿Y qué esperabas que llevara? ¿Sus asquerosos calzones de monje para bañarse y su cantimplora?»
De todas maneras, Joseph prefirió pasar por alto las palabras de Charlie, a quien dijo:
- Hola, Charlie. Tu barco ha sufrido un retraso, no sabes cuánto lo siento por ti. Pero en fin, da igual, el caso es que ya estás aquí.
Este, por lo menos, era el Joseph de siempre. En él no había triunfo, no había sorpresa, solamente una grave salutación bíblica, y un movimiento de la cabeza para llamar al camarero. Joseph dijo:
- ¿Qué prefieres en primer lugar, tomar un baño o un whisky? El servicio de señoras está
allí.
Charlie dijo: -Un whisky.
Y se dejó caer sentada en la silla frontera a la de Joseph. Charlie se dio cuenta inmediatamente de que el restaurante era un buen establecimiento, uno de esos establecimientos que los griegos se reservan para sí mismos. Mientras con una mano buscaba detrás de él, Joseph dijo: -Perdón, antes de que me olvide…
Cogiéndose la cabeza con las manos y mirando fijamente a Joseph, Charlie pensó: «¿Olvidarte de qué? Vamos, Joseph, vamos. En tu vida has olvidado nada.»
Ahora Joseph sostenía en la mano un bolso de lana griego, muy colorido, que ofreció a Charlie con ostentosa falta de ceremonia, diciendo:
- Como sea que vamos a recorrer el mundo juntos, ahí tienes tu equipo de escape. Dentro encontrarás un billete de avión desde Tesalónica a Londres, todavía canjeable si es que deseas canjearlo; también tienes los medios precisos para ir de compras, para huir o, simplemente, para hacer lo que se te ocurra, si cambias de parecer. ¿Fue difícil librarte de tus amigos? Estoy seguro de que lo fue. Siempre es desagradable engañar a la gente, sobre todo a la gente a la que se quiere.
Había hablado como si supiera del derecho y del revés el tema del engaño. Como si se entregara diariamente al engaño, aunque lamentándolo mucho. Charlie echó una ojeada al bolso y dijo:
- No hay paracaídas. De todas formas, muchas gracias, Joseph. Es bonito. Y, por segunda vez, Charlie dijo: -Muchas gracias.
Pero Charlie tenía la impresión de haber dejado de creer en sus propias palabras. Pensó que quizá se debía a las píldoras de Lucy. O a la velocidad del vapor. Joseph dijo: