El coche en cuestión esperaba en la puerta lateral y, realmente, tal como Joseph había prometido, tenía los guardabarros abollados. Con presteza, el chófer se hizo cargo del equipaje de Charlie y lo puso en el portamaletas. Este chófer era un hombre pecoso, rubio, de aspecto saludable, con una amplia sonrisa que mostraba unos grandes dientes, y, sí, ciertamente, aparentaba, si no diez años, quince a lo sumo. Mientras abría la puerta trasera para que Charlie entrara en el automóvil, Joseph dijo:
- Charlie, te presento a Dimitri. Su madre le ha dado permiso para regresar tarde esta noche. Dimitri, haz el favor de llevarnos al sitio que, en belleza, es el segundo del mundo.
Joseph se sentó al lado de Charlie. El automóvil se puso en marcha inmediatamente, al mismo tiempo que Joseph comenzaba su monólogo en burlona imitación de los guías de turismo:
- Charlie, aquí vemos el hogar de la moderna democracia griega, que es la plaza de la Constitución, en la que puedes ver cuántos son los demócratas que gozan de su libertad al aire libre en los restaurantes. A la izquierda puedes ver el Olimpeón y la puerta de Adriano. Sin embargo, debo advertirte, antes de que te formes falsas ideas, que este Adriano no es el mismo que construyó la célebre muralla. El Adriano de Atenas tenía más fantasía, ¿no crees?, era más artista.
Charlie dijo:
- Si, mucho más.
Irritada, Charlie se dijo, en su fuero interno: «¡Despierta, Charlie, despierta! Sal de este marasmo en que te encuentras. Es un viaje gratis, con un hombre nuevo y encantador, estás en la antigua Grecia, y a esto se le llama diversión.» Ahora, el automóvil circulaba más despacio. Charlie divisó ruinas a su derecha, pero los altos autobuses las ocultaron una vez más. Tomaron una curva, ascendieron despacio por una cuesta adoquinada, y se detuvieron. Joseph saltó del coche y abrió la puerta correspondiente a Charlie, para que ésta bajara. Joseph le cogió la mano, y la condujo de prisa, casi con aires de conspirador, hasta una estrecha escalera de piedra, bordeada de altos árboles. En un teatral murmullo, Joseph le dijo:
- Hablaremos sólo en susurros, en la más compleja clave. Charlie le contestó con palabras tan carentes de significado como las de Joseph.
Joseph parecía llevar en la mano una carga de electricidad. El contacto con la mano de Joseph hacía arder los dedos de Charlie. Avanzaban por un sendero en un bosque, en ocasiones pavimentado con piedras y en otras ocasiones de tierra, aunque siempre ascendente. La luna había desaparecido y estaba muy oscuro, pero Joseph iba delante, de prisa y sin la menor duda, como si hubiera luz del día. En una ocasión pasaron junto a una escalera con peldaños de piedra, en otra ocasión cruzaron un sendero más ancho, pero los caminos fáciles no parecían haber sido hechos para Joseph. Ya no había árboles, y Charlie vio a su derecha las luces de la ciudad, muy hacia abajo. A la izquierda, y en lo alto, vio una especie de picacho recortado en negro contra el cielo anaranjado.
Charlie oyó pasos y risas a su espalda, pero se trataba sólo de un par de críos jugando.
Sin reducir la velocidad de su paso, Joseph preguntó:
- ¿No te molesta la caminata?
- Enormemente.
Joseph se detuvo y dijo:
- ¿Quieres que te lleve en brazos?
- Desgraciadamente tengo un esguince en la espalda. Oprimiendo con más fuerza la mano de Joseph, Charlie dijo:
- Ya lo vi.
Charlie volvió a dirigir la vista a la derecha y vio algo que le pareció las ruinas de un antiguo molino inglés, con una ventana arqueada inmediatamente encima de otra ventana arqueada, y la ciudad iluminada a su espalda. Miró hacia la izquierda y advirtió que el picacho se había convertido en la negra silueta rectangular de un edificio, con algo que parecía una chimenea sobresaliendo en uno de sus extremos. Luego, volvió a haber árboles, con el ensordecedor canto de las cigarras, y un olor a pino tan fuerte que picaba en los ojos a Charlie.
Tirando de Joseph para que se detuviera, por lo menos durante unos instantes, Charlie murmuró:
- Es una trampa, ¿verdad? Sexualidad en la colina. ¿Cómo has sabido adivinar mis secretos deseos?