¿Dímelo? ¿En qué otro lugar hubiéramos podido encontrar tan abundante y preciosa correspondencia, durante un período tan largo?» Habían buscado a otros recepcionarios de las cartas de Charlie, amigos, amigas, su repulsiva madre, una antigua profesora… En un par de ocasiones habían fingido ser agentes de una empresa comercial interesada en adquirir los manuscritos y los autógrafos de los que en el futuro serían grandes personalidades. Esto hicieron hasta que Kurtz, con el consentimiento de Gavron, abandonó esta campaña. Kurtz decretó que más valía dar un gran golpe que dar muchos golpes pequeños y peligrosos.
Además, Kurtz necesitaba los valores intangibles. Necesitaba sentir el calor y la textura de su presa. Y, para esto, ¿quién mejor que Quilley, con su largo e inocente conocimiento de Charlie? Y Kurtz impuso su voluntad sobre Quilley y obtuvo la información deseada. El día siguiente, se trasladó a Munich, tal como había dicho a Quilley, a pesar de que la producción en que Kurtz estaba interesado no era la misma que había insinuado a Quilley. Kurtz visitó sus dos pisos francos. Volvió a dar ánimos a sus hombres. Además, organizó un cordial encuentro con el buen doctor Alexis, consistente en un largo almuerzo en el curso del cual de casi nada importante hablaron. Pero ¿acaso los viejos amigos necesitan hablar de cosas importantes?
Y, desde Munich, Kurtz se trasladó en avión a Atenas, prosiguiendo su avance hacia el
sur.
5
El buque llegó al Pireo con dos horas de retraso, y si Joseph no se hubiera guardado en el bolsillo el billete de avión de Charlie, ésta hubiera muy bien podido dejarle plantado, sin más. Aunque, por otra parte, tampoco era muy capaz de hacer tal cosa, debido a que bajo sus enérgicas apariencias externas, Charlie padecía la maldición de tener una personalidad muy propensa a depender de los demás, lo cual difícilmente se notaba cuando se hallaba en compañía de la gente con quien solía tratar. Además, Charlie había tenido mucho tiempo para pensar, demasiado tiempo, y aun cuando ahora estaba convencida de que el espectral observador de Nottingham, York y East London o bien era otro hombre o bien era un ser inexistente, sentía todavía una inquietante voz interior que no podía acallar. Tampoco hay que olvidar que comunicar sus planes a la familia teatral no había sido tan fácil cual Joseph había supuesto. Lucy había llorado y se empeñó en darle dinero -«mis últimos quinientos dracmas, Chas, todos para ti»-, Willy y Pauly, que estaban borrachos, se habían puesto de rodillas ante Charlie, en el puerto, con un público que se podía estimar en miles de personas, y habían gritado: «¡Chas, Chas! ¿Cómo puedes hacernos esto?» Para escapar, Charlie tuvo que abrirse paso a codazos por entre una multitud de gente sonriente. Y luego recorrer una calle entera, con la correa de su bolsa de viaje, para llevar al hombro, rota, y con la guitarra inestablemente sostenida bajo el otro brazo, mientras ilógicas lágrimas de remordimiento le resbalaban por las mejillas. Quien la salvó fue nada menos que el chico hippy con el cabello del color del lino, al que había conocido en Mikonos, quien forzosamente tuvo que hacer la travesía en el mismo barco, a pesar de que Charlie no le vio. El muchacho pasaba a bordo de un taxi, recogió a Charlie, y la dejó a cincuenta yardas de su destino. El chico dijo que era sueco y que se llamaba Raoul. Su padre se encontraba en Atenas, en viaje de negocios. Raoul tenía esperanzas de encontrar a su padre y pegarle un sablazo. Charlie quedó un poco sorprendida al ver a Raoul en tal estado de lucidez, y al percatarse de que ni una sola vez hizo referencia a Jesús.
Mientras se dirigía hacia el hotel, Charlie tomó una decisión e incluso ensayó las palabras con que la expresaría: «Lo siento mucho, Joseph, pero no es el momento oportuno ni el lugar pertinente. Lo siento, Joseph, fue una gran fantasía, pero las vacaciones han terminado, y Charlie se va a esfumar, dame el billete de avión y desaparezco.»
O quizá escogiera un medio más fácil y le dijera que le habían ofrecido un contrato.