Al principio Charlie no pudo creerle, y pensó que Joseph bromeaba. Luego, cogiendo por los brazos a Joseph, le dio bruscamente media vuelta, y le obligó a desandar lo caminado, mientras le repetía cuanto le había dicho.
Habían llegado al final del trayecto. Charlie preguntó:
- ¿Satisfecho? ¿Me he ganado el segundo premio?
Charlie esperó a que transcurriera el ya famoso silencio que Joseph observaba antes de hablar. Por fin, Joseph habló:
- No es el trono de Agripa, sino el monumento de Agripa. Con la salvedad de este pequeño error, creo que tu recitado ha sido perfecto. Mi felicitación.
En el mismo instante, Charlie oyó, abajo, la bocina de un automóvil, tres medidos bocinazos, y supo que se trataba de un aviso dirigido a Joseph, ya que éste levantó la cabeza y prestó atención al sonido, como un animal olisqueando el viento, antes de volver a mirar el reloj. Charlie pensó que el profesor se había convertido en niñera. Había llegado el momento de que los niños buenos se metieran en la cama y se contaran los acontecimientos del día.
Habían ya comenzado a bajar por la falda de la colina, cuando Joseph se detuvo para contemplar el melancólico teatro de Dionisos, como un cuenco vacío iluminado por la luna, y el resplandor de lejanas luces. «Es una última mirada», pensó Charlie, pasmada, mientras contemplaba la inmóvil silueta negra de Joseph, recortada contra las luces de la ciudad.
Joseph observó:
- He leído, no sé dónde, que ninguna representación dramática puede ser una manifestación privada. Las novelas y las poesías, sí, pueden serlo. Pero la representación dramática, no. La representación dramática debe tener una aplicación a la realidad, ha de ser útil. ¿Crees que es verdad?
Riendo, Charlie replicó:
- ¿En el Instituto Femenino de Burton-on-Trent? ¿Interpretando el papel de Helena de Troya en la sesión de tarde dedicada a las jubiladas?
- He hablado en serio. Quiero saber tu opinión.
- ¿Acerca del teatro?
- Acerca de su utilidad.
Charlie quedó desconcertada ante el interés que Joseph mostraba. Parecía que Joseph esperase mucho, demasiado quizá, de la respuesta que ella diera. Torpemente, Charlie repuso:
- Pues sí, estoy de acuerdo. El teatro debiera ser útil. Debiera inducir a la gente a compartir y a sentir. Debiera despertar la sensibilidad de la gente.
- En consecuencia, ¿debiera ser realista? ¿Estás segura?
- Estoy segura de que estoy segura.
Como si, siendo así las cosas, Charlie no tuviera derecho a acusarle de nada, Joseph dijo:
- Pues eso.
Alegremente, Charlie repitió:
- Pues eso.
Charlie decidió: «Estamos locos. Somos un par de dementes merecedores de un certificado médico.» El policía los saludó cuando pasaron junto a él, camino de vuelta a la tierra.
Al principio, Charlie pensó que Joseph le gastaba una broma de mal gusto. Con la salvedad del Mercedes, la carretera estaba desierta, y el Mercedes destacaba en su soledad. En un banco, algo más allá, había una pareja besándose. Y nadie más había. El color del automóvil era oscuro, aunque no negro. Se encontraba junto a la zona cubierta de césped, y la placa delantera de la matrícula apenas se distinguía. A Charlie le habían gustado siempre los Mercedes, y por la solidez de éste podía advertir que había sido construido por encargo, así como también pudo advertir, gracias a sus antenas y accesorios, que era el juguete favorito de su propietario. Joseph la había cogido del brazo, y hasta que no se encontraron a la altura de la puerta del automóvil correspondiente al conductor, Charlie no se dio cuenta de que Joseph se disponía a abrirla. Vio cómo Joseph metía la llave en la cerradura, y que los botones de las cuatro puertas se ponían simultáneamente en la posición de cerradura abierta. A continuación, Joseph la llevó hacia la puerta correspondiente al asiento contiguo al del conductor, mientras Charlie se preguntaba qué diablos estaba pasando.
Con un despreocupado acento que hizo entrar inmediatamente a Charlie en sospechas, Joseph dijo:
- ¿No te gusta? ¿Quieres que encargue otro? Pensaba que tenías una debilidad por los buenos automóviles.
- ¿Lo has alquilado?
- No. Nos lo han prestado para nuestro viaje.
Joseph mantenía la puerta abierta. Charlie entró y preguntó:-¿Quién te lo ha prestado?
- Un buen amigo.
- ¿Cómo se llama?
- Charlie, por favor, no seas ridícula. Se llama Herbert. Karl Herbert. ¿Qué importa el nombre? ¿O es que prefieres las igualitarias incomodidades de un Fiat griego?
- ¿Dónde está mi equipaje?
- En el portamaletas. Dimitri lo ha guardado ahí, siguiendo mis instrucciones. ¿Quieres comprobarlo por ti misma, para quedarte tranquila?
- No quiero viajar en este coche.