A pesar de ello, Charlie siguió sentada, y, al instante siguiente, Joseph estaba sentado ante el volante, poniendo el motor en marcha. Joseph se había puesto guantes. Guantes negros, para conducir, con orificios de ventilación. Seguramente los había llevado en el bolsillo y se los había puesto al entrar en el automóvil. El oro alrededor de sus muñecas destacaba en contraste con los negros guantes. Conducía de prisa y hábilmente. Esto tampoco gustó a Charlie. No era ésta la manera en que se conducen los automóviles de los amigos. La puerta al lado de Charlie estaba cerrada con llave. Joseph había cerrado con llave las cuatro puertas, mediante el mecanismo automático. Había puesto en marcha la radio, que difundía melancólica música griega.

Charlie preguntó:

- ¿Qué debo hacer para abrir esa maldita ventanilla?

Joseph oprimió un botón, y Charlie sintió el cálido aire nocturno que le traía aroma a resina. Pero Joseph sólo había bajado el cristal cosa de un par de pulgadas. En voz muy alta, Charlie preguntó:

- Lo haces a menudo, ¿verdad? ¿Es una de tus aficiones? Me refiero a eso de llevar a señoras de viaje, con rumbo desconocido, a dos veces la velocidad del sonido.

Joseph no contestó. Con fijeza miraba al frente. ¿Quién es este hombre? ¿Quién es, ¡oh santo Dios!, como diría su maldita madre? La luz inundó el interior del automóvil. Charlie volvió la cabeza y vio un par de faros, a unas cien yardas detrás de ellos, manteniéndose a esa distancia. Charlie preguntó:

- ¿Amigos o enemigos?

La muchacha se estaba acomodando de nuevo en el asiento cuando cayó en la cuenta de otra cosa que su vista había percibido. Se trataba de un blazer rojo, que reposaba en el asiento trasero, con unos botones de latón iguales que los botones de latón de Nottingham y de York. Y, además, Charlie hubiera apostado cualquier Losa a que el corte de la chaqueta en cuestión tenía cierto aire propio de los años veinte.

Pidió un cigarrillo a Joseph. Este, sin volver la cabeza, dijo: -¿Por qué no miras en la guantera?

Charlie abrió la guantera y vio un paquete de Marlboro. Al lado había un pañuelo de cuello, de seda, y un par de caras gafas de sol polaroides. Cogió el pañuelo y lo olisqueó. Olía a colonia para hombre. Cogió un cigarrillo. Con la mano enguantada, Joseph le pasó el incandescente encendedor que extrajo del salpicadero. Charlie dijo:

- Tu amigo es hombre que viste de una forma muy llamativa, ¿verdad?

- Ciertamente. Es verdad. ¿Por qué lo dices?

- ¿Este blazer rojo que hay detrás es suyo o tuyo?

Joseph, como si estas palabras le hubieran impresionado, dirigió una rápida mirada a Charlie y, acto seguido, devolvió la vista a la carretera. Con calma, mientras aumentaba la velocidad del automóvil, Joseph repuso:

- Digamos que es suyo, pero que me lo ha prestado.

- ¿Y también le has pedido prestadas las gafas de sol? Pues yo diría que las necesitabas, estando sentado tan cerca de las candilejas que casi te confundías con los actores. Y te llamas Richthoven, ¿no es eso?

- Exactamente.

- Peter es tu nombre de pila, pero prefieres que te llamen Joseph. Vives en Viena, donde comercias un poco y estudias un poco.

Charlie hizo una pausa. Joseph nada dijo. Y Charlie insistió:

- Y tienes un apartado de correos, para hacer tus negocios, que es el apartado siete seis dos, de la oficina principal de correos, ¿verdad?

Charlie vio que Joseph efectuaba un lento movimiento afirmativo con la cabeza, como si de esta manera reconociera la buena memoria de la muchacha. La aguja cuentakilómetros había subido a ciento treinta kilómetros. Animándose, Charlie prosiguió:

- Nacionalidad no declarada. Eres un sensible individuo de razas cruzadas. Tienes tres hijos y dos esposas. Todos en un apartado de correos.

- No tengo esposas ni hijos.

- ¿Nunca has tenido? ¿0 careces de ellos en estos precisos instantes?

- Carezco en los precisos instantes.

- No creas que me importe, Joseph. En realidad, me gustaría que las tuvieras. Me gustaría que hubiera cualquier cosa capaz de definirte, en estos instantes. Cualquier cosa. Las chicas somos así, entrometidas.

Charlie se dio cuenta de que aún conservaba el pañuelo de seda entre las manos. Lo arrojó a la guantera, y cerró el compartimiento violentamente. La carretera era recta, pero muy angosta, y la aguja había alcanzado los ciento cuarenta kilómetros por hora. Charlie sintió cómo se le formaba en su interior una sensación de terror que atacaba su calma artificial. Charlie dijo:

- ¿Te molestaría mucho decirme algo agradable? ¿Algo que me tranquilizara un poco?

- Lo único agradable que puedo decirte es que te he mentido lo menos posible, y que dentro de muy poco comprenderás las muchas razones por cuyos méritos estás con nosotros.

Rápida y secamente, Charlie preguntó:

- ¿Con nosotros?

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