Las dos muchachas llevaron a Charlie al retrete y estuvieron con ella, muy tranquilas, mientras ésta usaba el servicio. Una era rubia y la otra morena, y las dos parecían haber recibido órdenes de tratar amablemente a Charlie. Llevaban zapatos de suela blanda, no se habían metido los faldones de la camisa en los tejanos, habían dominado físicamente a Charlie sin la menor dificultad, cuando ésta se lanzó sobre ellas, y cuando Charlie las insultó, le contestaron con una sonrisa dotada de la lejana dulzura de los sordos.
La morena dijo a Charlie en el curso de una breve tregua:
- Me llamo Rachel. Y mi amiga se llama Rose. ¿Te acordarás? Piensa en RR.
Rachel era la guapa. Tenía remilgado acento del norte y ojos alegres. Fue la espalda de Rachel lo que detuvo a Yanuka en la frontera. Rose tenía rizado cabello rubio, y el nervudo cuerpo propio de una atleta. Cuando abrió las manos, sus palmas parecían hojas de hacha salidas de sus delgadas muñecas.
Con un acento seco que bien hubiera podido ser sudafricano, Rose dijo a Charlie:
- No te preocupes, Charlie. Ya verás cómo no te pasará nada malo.
Charlie intentó una vez más, y en vano, forcejear con ellas, y dijo:
- Gracias, ya se me ha pasado.
Del retrete la llevaron a un dormitorio en la planta baja, en donde le dieron un peine y un cepillo para el pelo, así como un vaso de turbio té, sin leche. Charlie se sentó en el borde de la cama y comenzó a tomar sorbos de té, mientras maldecía, trémula de rabia, e intentando acompasar la respiración. Musitó:
- «¡RAPTO DE UNA ACTRIZ SIN UN PENIQUE!» ¿Qué rescate pensáis pedir, muchachas? ¿El pasivo de mi cuenta corriente?
Pero estas palabras sólo sirvieron para que las muchachas le sonrieran con más dulzura, a uno y otro lado de Charlie, caídos los brazos, esperando el momento de hacerla subir la gran escalinata. Al llegar al primer descansillo, Charlie volvió a atacar a las dos muchachas, en esta ocasión a puñetazos, lanzando los puños en curva trayectoria paralela al suelo, furiosamente, lo cual sólo sirvió para que Charlie se encontrara suavemente depositada de espaldas en el suelo, con la vista fija en los vidrios policromos en lo alto de la escalinata, que quebraban la luz lunar transformándola en un mosaico de pálido color dorado y de color de rosa. Charlie explicó a Rachel:
- Sólo quería romperte las narices.
Pero la reacción de Rachel consistió en una radiante sonrisa de comprensión.
La casa era vieja y olía a gatos que apestaba. Estaba atestada de malos muebles griegos, del estilo imperio, y tenía marchitas cortinas de terciopelo, y candelabros de latón. Pero en el caso de que hubiera estado limpia como un hospital suizo o sucia como la bodega de un buque carguero, ella nada hubiera cambiado. Sólo hubiera significado otra clase de pesadilla, ni peor ni mejor. En el segundo descansillo, unos agrietados tiestos con flores trajeron a la memoria de Charlie, una vez más, la imagen de su madre. Charlie se vio a sí misma, siendo niña, sentada al lado de su madre, llevando pantalones de pana, y mondando vainas de guisantes, en un invernadero. Pero fue incapaz de recordar, en aquellos momentos y luego, una casa que tuviera un invernadero y en la que ella hubiera vivido, como no fuera la primera que la familia tuvo en Branksome, cerca de Bournemouth, cuando Charlie contaba tres años de edad.
Se acercaron a una puerta de dos hojas, que Rachel abrió, echándose después a un lado. Charlie vio ante sí una estancia con aspecto de caverna, en cuyo centro había dos figuras sentadas a una mesa, una de ellas ancha y grande, y la otra encorvada y muy delgada, las dos ataviadas con ropas de nebulosos colores castaños y grises, y que, contempladas desde lejos, tenían fantasmal aspecto. Sobre la mesa vio papeles diseminados, a los que una luz pendiente del techo daba desproporcionada importancia, y que, incluso vistos desde lejos, tenían aspecto de recortes de prensa. Rose y Rachel se habían rezagado, cual si fueran personas de inferior importancia. Rachel dio un empujón en el trasero a Charlie y dijo:
- ¡Adelante!
Charlie recibió un impulso que la hizo recorrer involuntariamente los últimos veinte pies, sintiéndose como feo ratón mecánico, de esos que funcionan con cuerda. Charlie pensó: «Finge que te ha dado un ataque, ponte las manos en el estómago, di que tienes apendicitis. ¡Chilla!» Cuando Charlie entró, los dos hombres se pusieron, simultáneamente, en pie de un salto. El delgado se quedó junto a la mesa, pero el corpulento avanzó decidido hacia ella, y su mano derecha se engarabitó en un movimiento propio de un cangrejo, cogiendo la mano de Charlie y estrechándola, antes de que ésta pudiera evitarlo.
Como si Charlie hubiera tenido que desafiar incendios forestales e inundaciones para llegar hasta ellos, Kurtz exclamó en veloz tono de felicitación:
¡Charlie, no sabe cuánto nos alegra que esté por fin sana y salva entre nosotros!